Durante el gobierno de Nicolás Maduro, por cada 2 dólares generados por la venta de crudo en la estatal (Pdvsa) uno era desviado hacia redes privadas vinculadas al poder, según documentos internos y entrevistas con funcionarios petroleros venezolanos obtenidos por el diario The New York Times. El esquema, sustentado en empresas fantasma y acuerdos opacos, permitió que miles de millones de dólares salieran de las arcas del Estado sin registro ni supervisión. Solo entre 2021 y 2022, compañías asociadas a estas redes exportaron petróleo por más de 11.000 millones de dólares sin pagar a la estatal, cifra equivalente a la mitad de los ingresos petroleros en ese período.
Mientras esto ocurría la pobreza se regaba por todo el territorio, sin control alguno, veíamos cómo crecían las agallas de personas que hasta ese momento considerábamos gente cercana, iguales, buenas personas.
Basta de hacernos los locos y jugar al papel de víctimas. La pregunta sin medias tintas es ¿Por qué bajamos la cabeza y nos rendimos cuando veíamos los desmanes, las explosiones de riqueza de gente sin méritos? Cuando caminábamos en nuestras calles, urbanizaciones y veíamos erigir muros imponentes en viviendas que “sabíamos” habían sido obtenidas ilícitamente.
El informe periodístico dice que el criterio de reparto de la gente en el poder era mitad y mitad. La mitad para este gobiernito y la otra, lo que sobraba, para el país.
Sin embargo, hay que reconocer que mucha gente se opuso, protestó, denunció, muchas de ellas fueron castigadas sin clemencia, cárceles, torturas, miseria. Nunca olvidaremos a Franklin Brito, quien entregó su vida defendiendo “su” pedacito de tierra. Con él y muchos otros creció una nueva Venezuela, la que sabía que podíamos vivir distinto. Partidos políticos llenos de fervor como Vente y fracciones de partidos tradicionales que afrontaban ser disidentes en sus propias organizaciones, aunque sus liderazgos no reaccionaran como debían.
Hoy tenemos un país por reconstruir, partidos tradicionales que deben reencontrarse en sus orígenes como Copei y AD. Líderes que deben ceder el paso a otro porque la fuerza por la verdad que está naciendo es arrasadora. En este momento se está trabajando arduamente para definir el camino, gentes como Gustavo García quien, desde el inicio, desmonta la idea de un repunte sostenido. A su juicio, el principal obstáculo no es técnico, sino político e institucional. “En Venezuela lo que hay fundamentalmente es una gran incertidumbre institucional”, afirma, al señalar que las decisiones económicas carecen de coherencia con el marco legal y constitucional. Es el momento de agregar a la magnífica visión del economista, algo más que quizás es lo que siempre nos faltó, a riesgo de recibir descalificaciones, siento con todas mis fuerzas que carecimos, además de lo político e institucional, habernos llenado de una visión ética que superara las formalidades legales e institucionales.
Las instituciones son creaciones humanas, como las define Douglas North:
Reglas del Juego, constreñimientos o limitaciones ideadas por el ser humano para estructurar la interacción política, económica y social, determinan el éxito o fracaso económico al establecer incentivos que pueden fomentar la innovación y el crecimiento, o llevar al estancamiento. Incluyen reglas formales (constituciones, leyes, derechos de propiedad) y restricciones informales (normas de comportamiento, convenciones, códigos de conducta autoimpuestos).
North argumenta que la evolución de estas reglas, a menudo lenta, explica la trayectoria histórica del desarrollo de las economías.
En resumen, la perspectiva de North sostiene que las instituciones son fundamentales para reducir la incertidumbre y los costos de transacción en los mercados, siendo la causa raíz del desempeño económico diferencial entre naciones.
Gustavo García plantea que el núcleo de la tragedia venezolana lo genera el hecho de que las decisiones económicas carecen de coherencia con el marco legal y constitucional. Evidentemente esto significa una superación del “desmadre” que significa actuar en nombre del poder fáctico, pero falta algo que a mi modo de ver es lo fundamental. ¿Cuál es la relación entre las reglas de juego propias del institucionalismo y la dimensión ética que deben prevalecer en cualquier movimiento individual y social?
Tiendo a pensar que se pueden cometer errores contra las reglas de juego de la lógica económica pero lo imperdonable es omitir los fundamentos de una visión ética ¿para qué gobernamos, ¿qué aspiramos, a quién beneficiamos?, ¿cuáles son los valores morales que alientan nuestras acciones?
Mas allá de los requerimientos legales e institucionales hay unos requisitos que cumplir desde nuestra condición de seres humanos, los únicos en el planeta tierra que podemos ser creativos o destructivos a conciencia.
La moral y la ética constituyen los pilares fundamentales que definen el comportamiento colectivo, la identidad nacional y el rumbo deseado para la sociedad. Aunque a menudo se usan como sinónimos, operan en diferentes niveles:
Como Visión País es el conjunto de normas, costumbres y valores compartidos que una sociedad considera correctos, transmitidos por la cultura y la tradición. En la visión país, se manifiesta como el “deber ser” cultural, incluyendo la honestidad, la solidaridad, el trabajo, el respeto al otro, a la ley y la identidad nacional.
La ética como visión país es la reflexión crítica sobre esa moral. Es la herramienta para repensar los códigos de conducta y adaptarlos a los desafíos presentes, asegurando la justicia, la transparencia y el bien común. Se traduce en la “ética pública”, que guía la conducta de las instituciones y funcionarios hacia la integridad.
Pareciera tonto estar repitiendo estas ideas elementales sobre la visión ética, pero hacerlo se torna urgente porque es la única manera de recordar y actuar como seres humanos, confusos, pero buscando la luz.
La gente que acaba de comenzar a ser desalojada en el poder tenía una sola visión centrada en sus ambiciones personales de poder sobre la riqueza y sobre los otros, para lograrlo no existían barreras que no solo eran institucionales y legales eran impedimentos morales lo que podían frenar que se concentraran en hacer mal a los otros.
La cartilla de como hacer prosperar una sociedad ya la han escrito todos los países que lo han logrado como Noruega, Dinamarca, Finlandia, todas aquellas sociedades donde se privilegian los valores morales, hay respeto y aceptación de la diferencia y sobre todo privilegian la búsqueda de la valoración “del otro” aquel con quien convivimos, con quién compartimos el, aire, el espacio y los valores.
Los países nórdicos son nuestro mejor ejemplo, nunca se exhiben solo por sus logros materiales, aunque los tienen, sino por la calidad de la gente. No son social demócratas como muchos piensan, creen en el mercado, en el valor de la economía y en la responsabilidad individual y social, no son estatistas.
Me atrevo a sugerir que al lado o dentro de los magníficos planteamientos económicos de Gustavo García se considere como la condición fundamental el hecho de alcanzar el mejor índice de integración y consideración moral a nosotros mismos y al otro, porque solo eso es al final lo que aspiramos. No solo consumidores o productores sino entidades con alma y corazón, espíritus capaces de cumplir tareas insólitas, arriesgarnos y entregarnos en el cumplimiento de metas, aunque parezca cursi, estamos en el momento de poder ir más allá del cumplimiento de normas y leyes, rescatemos la oportunidad de actuar movidos por los valores esenciales de la humanidad como es estar juntos al lado del otro, trabajando, produciendo, comprando, vendiendo pero también conociéndonos, confiando en el otro. Como nos repetía Emeterio Gómez: ”La esencia de lo humano es como un ring de boxeo, hay que hacer un gran esfuerzo para mantenerse en él. Si no se da la batalla que se requiere para ser humano, terminaremos siendo si acaso un cuerpo humano. Cuando no simplemente un animal … o hasta una cosa”. Creo que no es mucho pedir.

