Parece que fue hace un siglo cuando Pedro Sánchez quiso iniciar su mandato presidencial con la acogida a un barco cargado de náufragos. El resto de países, con la Italia de Salvini entonces a la cabeza del giro autoritario, se negaban a aceptar el desembarco del Aquarius con sus emigrantes extenuados y hambrientos. El Gobierno español se marcó un guiño de humanidad. En un mundo cargado de gestos brutales contra los pobres y desfavorecidos cabe aplaudir cada guiño de humanidad porque nos va el prestigio de especie en ello. Esta última semana fue noticia otro barco marcado por el desprecio generalizado. El MV Hondius rozaba Cabo Verde cuando se desató la alarma por el contagio de hantavirus entre su pasaje. El pánico condujo de nuevo a una precipitada reacción de desprecio por los valores humanos. En lugar de idear la fórmula más razonable para rescatar a los pasajeros comenzó una carrera desalmada por quitárselos de encima. Daba un poco de pena oír, como si eso fuera lo capital, que entre los atrapados en el barco había 14 de nacionalidad española. La acogida del Gobierno nos salvó de entregarnos a la profunda debacle moral. Ya Groucho Marx preguntó hace un siglo: ¿que si somos personas o roedores? Tire un trozo de queso al suelo y se lo demostraremos.
Empieza a ser evidente que la próxima gran crisis de la humanidad, aparte de las guerras en que nos hemos dejado meter de nuevo, va a venir por un desmoronamiento del sistema ciberinformático o por otra epidemia sanitaria. El origen del virus que ha convertido un apacible crucero de lujo en una pesadilla apunta a un roedor andino. Lo curioso es que en esa Argentina, una de las primeras decisiones del nuevo Gobierno autoritario de Milei fue abandonar la Organización Mundial de la Salud. Y al día de hoy anda desmontando sus hospitales universitarios, privados de fondos. Son ese tipo de decisiones populares y aplaudidas por la masa las que muy poco tiempo después se desvelan como un ahorro trágico y una estupidez de libro. Ha sido precisamente la OMS la que ha coordinado con el gobierno español el modo de proceder en esta alarma. Sólo los mecanismos universales nos van a salvar de la epidemia del nacionalismo ultraorgulloso, ese regionalismo caníbal en el que nos quieren meter algunos. Ya lo vimos con el reparto de los menores no tutelados que se arracimaban en los centros de Canarias, ni tan siquiera las autonomías dentro de un mismo país fueron capaces de trabajar con generosidad y unidas por el bien común. Lo dijo Voltaire, la única ley que guía a los hombres es la del sálvese quien pueda.
Los que pretendían que los pasajeros del barco en cuarentena siguieran en alta mar durante semanas con un cadáver en el congelador tan sólo prolongaban el lema populista de Nosotros primero. Ante cualquier desafío, primero yo. La deshumanización del hombre comenzó exactamente el mismo día en que se convirtió en Yo y miró al de enfrente como un extraño Tú. La cota más baja la hemos alcanzado con ese anuncio de una casa en venta en nuda propiedad donde se explicaba que los propietarios eran diabéticos y se les vaticinaba una muerte rapidita. Leer esa noticia provocaba un asco tremendo, un asco inmobiliario. Lo del barco infectado ha sido otra oportunidad para demostrar si somos roedores o personas. A algunos el humanismo les parece cosmético y facilón, un guiño. Pero ante la ceguera general, un ojo medio abierto es la única grieta por la que se puede colar la luz.


