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Antonio de la Cruz: Cómo las autocracias sobreviven en la globalización

 

La revolución venezolana no murió el día en que se vaciaron los anaqueles. Ni cuando millones comenzaron a cruzar fronteras a pie. Ni siquiera cuando el petróleo dejó de financiar la ilusión de abundancia.

Murió lentamente, como mueren los imperios fatigados: reemplazando la ideología por la supervivencia.

Durante años, el relato oficial insistió en que Venezuela era el último bastión romántico de una rebelión latinoamericana contra el capitalismo occidental. Pero detrás de los discursos sobre soberanía, independencia y justicia social, comenzó a surgir otra cosa: una maquinaria opaca de intermediarios, operadores financieros, empresas fantasma y rutas petroleras clandestinas que ya no se parecía a una revolución. Se parecía más a una corporación sin bandera.

El caso de Alex Saab expone precisamente esa transformación.

La fotografía que acompaña las recientes revelaciones judiciales estadounidenses parece un organigrama empresarial. Hay logos corporativos, estructuras societarias, nombres de compañías registradas en varios países y rutas internacionales de comercialización de crudo. El lenguaje ya no es político. Es financiero. La retórica revolucionaria desaparece y en su lugar aparecen términos como evasión de sanciones, triangulación comercial, operadores offshore y empresas instrumentales.

Eso es lo verdaderamente importante.

La historia contemporánea de muchos autoritarismos no se explica ya desde los viejos modelos de dictadura militar del siglo XX. Las nuevas autocracias no funcionan únicamente con uniformes, propaganda y represión. Funcionan también con abogados corporativos, redes logísticas internacionales, bancos corresponsales y compañías registradas en Delaware, Dubái o Singapur.

El poder ya no se organiza solamente desde los palacios presidenciales. Se administra desde redes.

En Venezuela, Pdvsa terminó convirtiéndose en el corazón de esa estructura. Durante décadas fue presentada como símbolo de soberanía nacional. Hoy opera, en gran medida, como el mecanismo financiero que mantiene viva la arquitectura del poder.

El petróleo dejó de ser únicamente un recurso económico. Se convirtió en un instrumento de resistencia política.

La lógica es simple y brutal: mientras exista capacidad para mover crudo, triangular pagos y sostener redes de lealtad, el sistema puede sobrevivir incluso en medio del colapso nacional.

Por eso el caso Saab importa tanto para Washington.

Durante años, Estados Unidos interpretó la crisis venezolana como un problema principalmente ideológico o democrático. La prioridad era presionar una transición política mediante sanciones, aislamiento diplomático y reconocimiento internacional de la oposición. Pero gradualmente la visión cambió. Las agencias federales comenzaron a observar algo más complejo: una estructura transnacional que mezclaba petróleo, finanzas opacas, operadores privados y redes internacionales capaces de sortear sanciones mediante mecanismos corporativos sofisticados.

El régimen dejó de parecer únicamente una dictadura latinoamericana. Comenzó a parecer una plataforma global de supervivencia autoritaria.

Eso modifica completamente el enfoque estratégico.

La pregunta ya no es solamente cómo promover elecciones libres. La pregunta pasa a ser cómo desmontar la infraestructura financiera que permite la continuidad del sistema.

De allí la importancia del rastreo de compañías, socios comerciales, firmas de transporte y operadores internacionales. El objetivo no es solo encarcelar individuos. Es cartografiar la red.

En el documento que circula estos días, la presencia de operadores mexicanos y empresas registradas en distintas jurisdicciones revela justamente eso: la evolución del modelo venezolano hacia un ecosistema híbrido donde las fronteras entre Estado, negocio privado y estructura clandestina prácticamente desaparecen.

Es un patrón que se repite en otros sistemas autoritarios contemporáneos.

Las nuevas autocracias aprendieron algo fundamental después de la Guerra Fría: el aislamiento absoluto ya no funciona. Para sobrevivir necesitan integrarse parcialmente a la globalización. Deben utilizar los mismos mecanismos del capitalismo internacional que públicamente denuncian. Necesitan acceso a seguros marítimos, sistemas bancarios, intermediarios legales, traders energéticos y estructuras corporativas internacionales.

Por eso muchas de estas redes terminan pareciéndose menos a gobiernos tradicionales y más a conglomerados transnacionales.

La ideología permanece como narrativa emocional. Pero el verdadero sistema operativo es financiero.

En Venezuela, esa mutación comenzó hace años. Primero apareció el arbitraje cambiario. Luego las importaciones opacas. Más tarde el sistema CLAP. Después surgieron las rutas alternativas de comercialización petrolera. Finalmente, la supervivencia del poder terminó dependiendo de una economía paralela sostenida por intermediarios internacionales.

La revolución fue sustituida gradualmente por una lógica de administración del riesgo.

Ese es quizás el elemento más perturbador del caso Saab: revela que el sistema dejó de funcionar como un proyecto político clásico y empezó a operar como una estructura de resiliencia.

Incluso el lenguaje revolucionario perdió centralidad. Ya no se habla de construir un hombre nuevo. Se habla de licencias, exportaciones, rutas comerciales y mecanismos financieros. El viejo sueño utópico fue reemplazado por una obsesión pragmática: mantenerse vivo.

Las sanciones aceleraron esa transformación.

Contrario a lo que muchos imaginaron en Washington, el aislamiento financiero no produjo una implosión inmediata. Produjo adaptación. El sistema aprendió a operar en la clandestinidad. Construyó mecanismos alternativos de comercio y desarrolló nuevas formas de triangulación internacional.

Eso explica por qué las recientes investigaciones estadounidenses parecen concentrarse menos en discursos políticos y más en estructuras comerciales concretas.

La batalla ya no ocurre solamente en Caracas.

Ocurre en cortes federales de Florida, oficinas regulatorias del Tesoro, registros corporativos británicos y rutas marítimas invisibles para el ciudadano común.

Es una guerra financiera.

Y como todas las guerras modernas, se libra en gran parte fuera de la vista pública.

Mientras tanto, dentro de Venezuela, la consecuencia más devastadora ha sido moral. El país pasó de imaginarse como una potencia energética soberana a convertirse en un territorio administrado mediante redes opacas de supervivencia. La noción misma de Estado comenzó a erosionarse. Las instituciones dejaron de actuar como árbitros nacionales y pasaron a operar como piezas funcionales de una maquinaria de preservación del poder.

En ese contexto, el ciudadano desaparece.

La prioridad ya no es el bienestar colectivo ni el desarrollo económico. Es la continuidad operativa del sistema.

Por eso muchas decisiones aparentemente irracionales terminan teniendo lógica interna. La destrucción económica puede tolerarse. La migración masiva puede tolerarse. Incluso el deterioro institucional puede administrarse. Lo único verdaderamente intolerable es perder control sobre las fuentes financieras que sostienen la red.

Allí reside el verdadero centro de gravedad del modelo venezolano contemporáneo.

No en la ideología.

No en el discurso revolucionario.

No siquiera en la popularidad política.

Sino en la capacidad de mantener funcionando la arquitectura económica paralela que garantiza cohesión interna y supervivencia externa.

El caso Saab representa entonces algo más profundo que un episodio judicial. Es la ventana hacia la anatomía real del poder venezolano en el siglo XXI.

Una anatomía donde el petróleo sigue siendo central, pero ya no como instrumento de prosperidad nacional. Ahora funciona como combustible geopolítico de una estructura que aprendió a sobrevivir en la sombra.

Y quizás esa sea la lección más incómoda para Occidente.

Las autocracias modernas no siempre colapsan bajo presión. Algunas evolucionan. Se adaptan. Mutan. Aprenden a vivir dentro del sistema internacional mientras simultáneamente lo desafían.

Como organismos anfibios.

Mitad Estado.

Mitad corporación.

Mitad red clandestina.

El problema para las democracias occidentales es que estas estructuras son extremadamente difíciles de combatir porque no operan únicamente desde el territorio nacional. Operan desde la globalización misma.

Utilizan sus bancos.

Sus rutas comerciales.

Sus vacíos regulatorios.

Sus mercados energéticos.

Y mientras el mundo siga necesitando petróleo, financiamiento opaco y zonas grises legales, siempre existirán espacios para que sobrevivan.

Por eso el expediente Saab importa mucho más de lo que parece.

No es solamente el juicio de un operador financiero.

Es el retrato de cómo las revoluciones del siglo XXI pueden terminar convirtiéndose en redes internacionales de supervivencia autoritaria disfrazadas de Estados soberanos.

 

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