No es nuevo señalar el poder de las grandes fortunas, las corporaciones, en fin, la clase dominante en los Estados de las superpotencias, específicamente, de los Estados Unidos. Es algo más específico que el concepto general de Marx, de que el Estado es la junta administradora de la burguesía. Más bien es la confirmación de aquella advertencia de un presidente norteamericano, Dwight Eissenhoward, en 1961, acerca de la influencia creciente de lo que llamó “complejo militar industrial” en la política de su país. Hoy ese conglomerado de corporaciones se dedica a la innovación tecnológica, a la IA, el Big Data, la Tecnología de las Cosas, la robótica y otros campos adyacentes. Con Trump ese poder de las supercorporaciones se ha ampliado y fortalecido, mientras se elaboran sus ideologías funcionales, que han animado el núcleo del movimiento MAGA y sus ramificaciones, que hoy declaran abiertamente su afán de dominación global, reñido con los principios liberales y hasta neoliberales, como se evidenció, hace una semana, con el “manifiesto” de Palantir Technologies, la empresa que desarrolla software de inteligencia artificial con fines militares y policiales.
El documento aludido, el libro “La República tecnológica, Poder Duro, Creencias Suaves y el Futuro de Occidente”, de Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, CEO de la empresa ultratecnológica Palantir, resumido en 22 tesis en un mensaje por las redes, es una especie de doble siniestro del Manifiesto Comunista; mucho más peligroso que aquel viejo “manifiesto anticomunista” de Rostow de la década de los sesenta, que colocaba la historia de EEUU como ejemplo a seguir por las demás naciones para conseguir el desarrollo. Nada que ver con las supuestas “buenas intenciones” de esos dos nobles antecedentes. Ahora, la intención es clara y francamente dicha: la dominación.
Un resumen de las tesis 1, 2, 3, 4, 5 y 7, nos afirma la deuda moral que Silicon Valley tiene con el poderío de los Estados Unidos. Por ello, no más innovaciones civiles, que solo han llegado a estupideces como compartir Fotos y pedir sushi, o una app donde se puede conversar con un Jesucristo, hecho con rasgos de actor de cine, o con los familiares fallecidos a partir de los datos sustraídos de la web. Ahora se trata de desarrollar la IA para la guerra y la vigilancia policial. En las tesis, 6, 8, 9, 18 y 19, se reafirma el principio de la obligatoriedad del servicio militar y la necesidad de la censura a cualquier crítica a la expansión del poder militar norteamericano.
El Tercer tema, disuasión y geopolítica, se aborda en las tesis 11, 12, 14 y 15: la era nuclear también ha terminado: ahora comienza la era de la disuasión mediante IA. ¿Hemos olvidado que desde hace tres generaciones no vivimos una guerra mundial? El pacifismo impuesto a Alemania y Japón en la posguerra debe ser reconsiderado. Marchar a una conflagración universal donde reine la IA desarrollada por Palantir, por supuesto. En los puntos 13, 16 y 17, los autores elogian efusivamente a los Estados Unidos, como el país con más oportunidades en el mundo para quienes no heredan nada. Cualquiera que intente construir donde el mercado ha fracasado, merece ser aplaudido, incluso si se llama Musk. Silicon Valley también debe abordar los problemas más turbios (¡otra vez lo mismo!), incluyendo la lucha contra la delincuencia violenta. El último tema aboga descaradamente por una “guerra santa” cultural, en las tesis 10, 20, 21 y 22. Lo que ellos llaman “la tolerancia elitista hacia la fe religiosa” debe dejarse de lado. Algunas culturas generan maravillas, otras disfunciones, y decirlo no es racismo. El pluralismo vacío, ese que lo incluye todo porque no cree en nada, debe rechazarse.
El manifiesto destila suprematismo blanco norteamericano. No habla de una IA para la humanidad, sino de una IA como herramienta de dominio geopolítico exclusivo. Nada que ver con frases compasivas, de sabor hipócrita, como el “equilibrio global”. Se trata de conquistar la hegemonía tecnológica donde la innovación se mide por la capacidad de someter al “otro”.
El ultraconservadurismo, paradójico en una empresa que se presenta como la vanguardia de saber tecnológico, se advierte en el ataque al realismo científico, fundamento epistemológico básico de la ciencia. Se plantea suspender el valor gnoseológico de la objetividad, propio del positivismo tradicional, en favor de un misticismo que fundamenta en creencias religiosas, extraídas de interpretaciones abusivas de la Biblia, el “destino manifiesto” de EEUU, y todas las “culturas superiores” que, “por algo”, hoy en día dominan a las otras, “inviables”. La ciencia, que debería ser un terreno de escepticismo y validación universal, es aquí secuestrada por una narrativa teocrática donde la IA es el nuevo oráculo de las guerras.
La IA venía siendo una tecnología que ofrecía mejoras en ámbitos como la salud (telemedicina, procesamiento de datos, impresión biotecnológica, cuidados, etc.), educación (formación personalizada, nuevos recursos didácticos, gamificación, entre otras innovaciones), ingeniería, gerencia, agricultura, incluso creación artística, pese a las quejas de algunos escritores acerca de la capacidad de la IA de remedar estilos literarios, sin pagar derechos de autor. Este manifiesto de la ultraderecha tecnológica, de una empresa milmillonaria, implica un viraje significativo del rumbo de la innovación tecnológica. Nada que ver con los problemas de la Humanidad, soluciones a crisis climáticas, pandemias, educación, una vida más amable, mejora de cosechas, promoción de turismo, etc. El manifiesto de Palantir es explícito. La prioridad absoluta es ahora la innovación militar.
Denunciar el tecnofascismo, que es además política científica y tecnológica, ideología y plan de negocios milmillonarios, no implica caer en un nuevo “ludita”, aquel movimiento obrero de principios de la revolución industrial del siglo XIX que destruía las máquinas porque sustituían a las personas con telares o martillos automatizados. El rechazo a la visión de Palantir no es un rechazo a la tecnología per se. Es claro el potencial transformador de la IA en Salud, educación, industria, comercio, finanzas, agricultura y muchos otros ámbitos. Ni siquiera se trata de volver a advertir acerca del “desempleo estructural”, un desafío real pero gestionable, sino de denunciar la transformación de la tecnología en un arma de control totalitario. Mucho menos de hacerse eco de los miedos de la ciencia ficción acerca de una supuesta rebelión de las máquinas contra los seres humanos, como en “Terminator”. La ONU, la Comunidad Europea, China y otros países ya han elaborado códigos de ética y leyes acerca de la IA que reducen esos riesgos, reales, pero no tan peligrosos como estos proyectos tecnofascistas. El tecnofascismo de Palantir es una amenaza porque busca eliminar la agencia humana y la ética global en favor de un algoritmo de guerra.
El manifiesto insiste en que “Occidente”, que en este lenguaje designa a EE. UU., no a logros como la filosofía clásica, o la música de Beethoven ni siquiera al cristianismo, posee una superioridad moral intrínseca que le otorga el derecho y la obligación de dominar la IA militar. Se establece una jerarquía donde los valores “occidentales” de los blancos anglosajones protestantes son superiores, ignorando olímpicamente la pluralidad cultural. Declarar abiertamente que solo ciertas naciones deben poseer estas capacidades, o sea, una nueva doctrina del “Destino Manifiesto”. Palantir utiliza términos como “defensa de nuestra civilización” frente a “adversarios externos”. Países o potencias no blancas o culturas no occidentales, pasan a ser amenazas existenciales. El enemigo es un “otro” que no merece el desarrollo tecnológico civil, sino el control tecnológico militar.
El manifiesto prioriza el desarrollo de herramientas para la detección de “amenazas” internas y externas. Al alimentar IAs con datos históricos de vigilancia que ya están viciados por el racismo sistémico (como el perfilamiento racial en fronteras y ciudades), Palantir propone un sistema que automatiza la discriminación. Si el manifiesto aboga por una IA que actúe sin los “obstáculos” de la regulación ética convencional, está promoviendo un racismo de alta precisión donde el algoritmo decide quién es peligroso basándose en parámetros históricamente racistas.
El peligro no está en las “machine learning”, el “Big Data”, la IA en general. No se trata de Skynet, el sistema que extermina humanos en “Terminator”; ni de Hal 9000, el robot que asesina a los astronautas en “2001, una Odisea espacial”. Ni siquiera se trata del robot rebelde de “Yo, Robot”, que confundió las tres leyes de la robótica de Asimov, aquellas que empezaban por el deber de la máquina de proteger a los seres humanos aun a costa de la propia supervivencia de la máquina. La amenaza hoy es humana, demasiado humana: la de unos humanos racistas, suprematistas, psicópatas. En fin: los tecno nazis milmillonarios que hoy dominan el mundo.

