Acabo de percatarme de una especie de numerología de la historia reciente del país. Especialmente, de la significación que han adquirido los números 3 y 5, ejemplos de las maravillas de la sinécdoque (designar un todo con el nombre de una parte, o viceversa).
Empecemos con el 3. El 3 de enero es un hito histórico. Todos los venezolanos que nos enteramos de una u otra forma, porque nos despertó una esposa emocionada, una llamada telefónica desquiciada o unas explosiones extraordinarias, vistas desde un apartamento de los edificios de El Valle, frente a Fuerte Tiuna, supimos al instante que éramos testigos de lo que en los grandes discursos se llama “un momento histórico”.
No hubo invasión de territorio. Tampoco resistencia a la intervención. Llegamos a la funcionalidad de los Rodríguez para EEUU con base en una traición a Maduro, una capitulación, como han denunciado hasta los rusos, y una subordinación que podemos llamar “tutelaje”, solo porque el Amo le da cierto margen de acción a sus nuevos empleados.
En Panamá, la intervención de los marines se debió a una resistencia que aquí no hubo Tampoco aquí habrá una guerra civil que justifique la entrada de los Marines, como la que hubo en República Dominicana. La oposición al madurismo estaba reducida por la represión. No había la excusa de “restaurar el orden”. Tanto es el peso de EEUU hoy en Venezuela, que el rostro de los tres factores importantes de nuestra política, la Machado, los Rodríguez y Márquez, compiten por los piropos de Trump. Eso puede llevar a una conclusión precipitada: quien decide cuándo y cómo la transición será Trump, no un agente interno del régimen a superar.
Cuando Gómez no hubo ataque, pero sí “diplomacia de cañoneras”. Theodore Roosevelt envió los buques Maine, North Caroline y Dolphin que fueron colocados frente a las costas venezolanas para respaldar la “evolución dentro de la misma causa” de Gómez con su golpe incruento de diciembre de 1908. Estuvieron allí por tres meses, hasta que se firmó en Caracas el Protocolo Buchanan-González Guinán en 1909 que reconoció todas las exigencias presentadas por el gobierno de EEUU contra Venezuela.
Si lo apreciamos desde una perspectiva más amplia, el 3 de enero marca un cambio o, mejor, una redefinición de las relaciones de dominación de EEUU en América latina, enmarcada en la Guerra Fría de EEUU con China por su influencia en el continente, donde el capital chino ha avanzado sin pausa desde inicios del siglo, la formulación de una “nueva” doctrina estratégica norteamericana de seguridad hemisférica, consistente con la reedición de los designios imperialistas norteamericanos (el proyecto MAGA, una doctrina Monroe actualizada). En ese contexto, Venezuela pasó a ser, en un solo día, de un bonapartismo autoritario populista, que aprovechaba oportunistamente la tensión geopolítica, a ser un régimen, con su estructura autoritaria intacta, pero tutelada por el que hasta el día anterior era el “enemigo principal¨, y ahora pasaba a ser “socio y amigo”: el nunca suficientemente imperialismo norteamericano.
Desde comienzos del siglo XX nos sabíamos dependientes, subdesarrollados por neocolonia, pero algo habíamos avanzado. En ese solo día, retrocedimos a la condición de principios del 1900, cuando Gómez le dio el golpe a su compadre Castro, bajo la observación de unos buques de guerra estadounidenses muy cerca de nuestras costas.
En cuestión de horas, el sector, burocracia, el elenco de políticos, militares y policías, empresarios todos en virtud del usufructo de la renta petrolera en el poder, el llamado “chavismo”, sufrió una nueva mutación. Antes, había pasado, de aluvión electoral castigo de la crisis del bipartidismo a bonapartismo demagogo y rentista, de autoritarismo demagogo a régimen de facto neoliberal, aniquilador del derecho laboral y las garantías constitucionales, geopolíticamente oportunista. Ahora pasó a ser un aparato burocrático represivo del capital extractivista norteamericano, con justificación “pragmática-chavista” (con el rubor de los grandes filósofos pragmáticos anglosajones).
Pero el 3 también aparece en las tres etapas de Marco Rubio: estabilización, recuperación, transición. Hasta ahora, ha habido un énfasis en facilitar la inversión norteamericana, echando para atrás todos los avances del nacionalismo petrolero, expresados en otras tantas leyes, incluida la reversión de Caldera, la nacionalización de CAP y la renacionalización de Chávez, homenaje a la frase “siembra del petróleo” en la que se han inspirado por lo menos tres generaciones de dirigentes venezolanos. El Plan Rubio menciona la transición y las elecciones, pero sin fecha, aunque el secretario de energía, Wright, y un funcionario del Departamento de Estado, de apellido Kosak, han mencionado un plazo de 9 a 10 meses. El plan de los partidos de oposición agrupados en la PUD también menciona tres etapas, aunque con matices importantes, porque la democratización tendría que ir antes o por lo menos durante la estabilización económica. Es decir, la llamada etapa de recuperación debiera ser también la re institucionalización. Luego, vendría lo electoral. En esto, incluso en lo referente a las fechas, coinciden los llamados de MCM.
En el mismo sentido, se ha pronunciado la Academia de Ciencias Políticas, al criticar, con un razonamiento impecable, la decisión del TSJ que acuñó el concepto de “ausencia forzada” del presidente, para justificar un interinato de Delcy Rodríguez con término indefinido, negando el principio de la soberanía popular en la elección de los gobernantes. Además, recordó que el cargo de la vicepresidencia ejecutiva no es de elección popular y extender su mandato socava el principio democrático. Las elecciones lucen clave para practicamente todos los actores políticos para una transición hacia la vuelta de la constitucionalidad.
Para Jorge Rodríguez, siguiendo a su hermana, el 3 abre un “nuevo momento político”, donde el énfasis está en la economía, en el estímulo a la inversión extranjera, nuevas leyes de hidrocarburos y minas. Se mantiene el aparato legal represivo de excepción: leyes de odio, etc. Los cambios, es evidente, son gatopardianos, enroques, cambios cosméticos de gabinete; una amnistía limitada, nuevas designaciones, algunas francamente cómicas como la de Vladimir Padrino en Agricultura, incorporación de algunos colaboradores. Cargos veloces, como la de la Ministra de Salud que se negó a dar cifras sobre la fiebre amarilla y luego publicó un boletín epidemiológico con bastantes lagunas d información, solo para sr sustituida al poco tiempo. Rodríguez no se refirió a las tres consabidas etapas.
La nueva mutación del chavismo, hasta tiene su representante intelectual internacional, más allá de los “decoloniales” de siempre. Nada menos que Francisco Mires quien habló de “neochavismo delcista”, dándoles argumentación a los colaboracionistas, donde destacan Fuenmayor, Ochoa, el Foro Cívico y otros.
Ricardo Hausman, economista de trayectoria académica internacional, ex ministro de planificación, hace de aguafiesta de este etapismo de estirpe rubia. La inversión no vendrá, más allá de las compañías que hace tiempo vienen lucrando con el petróleo venezolano, hasta que sea efectiva una recuperación de institucionalidad que brinde suficiente legitimidad y estabilidad. La inversión no se logra sin instituciones. Lo mismo que han dicho las petroleras. Lo mismo que han dicho Nóbeles de Economía.
A todas estas, es claro que nuestra “transición” no se parece mucho a la de Chile, España, Polonia, etc., por la situación más peculiar: la capitulación, la subordinación y el tutelaje que vinieron el 3. Por supuesto, hay fuerzas propicias a la democratización: la movilización social en el país, la exigencia de la oposición demócrata a Trump e incluso de algunos voceros republicanos, lo cual refuerza la posibilidad de un acuerdo bipartidista en EEUU para incrementar la presión internacional. Hace poco, Lula, uno de los representante de un progresismo internacional reencauchado, insistió en la necesidad de unas elecciones en Venezuela.
La principal amenaza contra la “transición” y la democratización, por supuesto, es que el “pragmatismo chavista” logre articularse definitivamente con el de Trump. Mientras tanto, el Chavismo refuerza su dictadura directamente y con colaboradores. Pero ya este chavismo se quedó sin proyecto ni promesa, que no sea convertirse en policía y administrador dentro de la gestión de la dominación norteamericana. Y esto ya lo vienen denunciando algunas voces fantasmáticas como la de Toby Valderrama y Mario Silva.
Desde un punto de vista histórico, de largo aliento, estamos claros en que las elecciones solo significarán un cambio de elenco en la administración de la colonia extractivista. Tal vez habrá mayor libertad y respeto de la Constitución, porque el nuevo hegemón sería lo que hoy llamamos “oposición”, como lo muestran todas las encuestas serias. Además, no se descarta que pueda haber una “justicia de transición” para los criminales de lesa humanidad. Incluso, puede que se pueda establecer el monto del robo de este par de décadas, castigando a los culpables y restableciendo al menos parte de esos recursos. Solamente con lo que se robó El Aisami, alcanza para el presupuesto nacional de un año, por ejemplo. Por otra parte, se cumplirá, con el chingo o con el sin nariz, con el proyecto privatizador radical. No se tratará de la restauración de la Cuarta. Para nada. El ecosistema de partidos políticos, de fuerzas sociales, incluso el mapa de los discursos, es y será totalmente diferente.
O sea, la tarea de la democratización o del rescate de la constitución, que todavía luce difícil y complicado, todavía dejará pendiente, para las futuras generaciones, la de la independencia nacional. Pero, primero viene el 5, o sea, el cumplimiento del artículo 5 de nuestra Constitución, la que consagra el respeto a la soberanía popular. Y ya lo hemos repetido mil veces, sin soberanía popular no hay soberanía nacional.

