Entre la incertidumbre y la pesadumbre nos movemos, hoy por hoy, los seres humanos ante el destino de un mundo que, en palabras de Edgar Morin, se encamina hacia “la noche y la bruma” y en el cual, acaso, sea posible presentir que -siempre según Morin- “lo improbable se produce más que lo probable”. ¿Su conclusión? “Sepamos esperar lo inesperado y trabajemos por lo improbable”.
Me ha dado por relacionar estas ideas ante la realidad de ese tiempo planetario nuestro donde ciertos paradigmas están cambiando o deberían comenzar a cambiar. Cada vez más entendemos hoy que la defensa de los derechos humanos debería ser una prioridad absolutamente central en un mundo moralmente obligado a tomar conciencia de las injusticias, excesos y crímenes cometidos ante nuestros ojos en un espacio donde somos cercanos testigos de cuanto sucede en él.
Tras ese terrible corolario del siglo XX que fue, en el año 1994, el genocidio de Ruanda, cuando alrededor de un millón de personas fueron asesinados a machetazos por razones étnicas; acaso uno de los más urgentes desafíos de nuestro tiempo presente sea la creación de mecanismos multinacionales realmente capaces de intervenir para acabar con los horrores que pudieran producirse aquí y allá. Deberían tener cada vez menor importancia consideraciones sobre una soberanía nacional que, frecuentemente, resulta ser un excusa muy útil para que las peores sevicias tengan lugar donde ciertos regímenes se mantienen, a toda costa y por encima de cualquier consideración, interesados únicamente en evitar a como dé lugar intervenciones foráneas que pudieran privarles de la potestad de perpetuarse en medio de todo tipo de corruptelas, injusticias y crímenes.
Convertir el principio de soberanía nacional en protector escudo para regímenes capaces de conducir al infierno a toda una población, es la expresión de una inmoralidad ideológica que tantos estragos ha causado y sigue causando en el mundo.
Definitivamente, algo cambió tras el genocidio de Ruanda. ¿Se sostuvo entonces la defensa de la soberanía nacional del país? ¿Fue lógico invocarla para no intervenir allí donde se estaba cometiendo tan terrible masacre? Sin lugar a dudas, una consecuencia de ese suceso debería ser la de abrir las puertas a la posibilidad de que el sufrimiento humano a causa de las más diversas razones: étnicas, políticas, religiosas… pueda confrontarse exitosamente por organismos supranacionales amparados en el justísimo derecho de intervenir para finalizar con el sufrimiento allí donde éste resulte inocultable a los ojos de la Humanidad.
Regreso a las palabras de Morin acerca de “esperar lo inesperado” o “trabajar por lo improbable”. En lo personal, quisiera confiar en una por demás necesaria “probabilidad”: organismos internacionales capaces de intervenir cuando terribles realidades exploten ante los ojos de todos; cuando el horror del crimen, la corrupción, la multiplicación de la miseria humana vuelvan ridícula cualquier pamplina ideológica convertida en insostenible complicidad con Estados o Regímenes verdugos.
Más, mucho más que una geografía, una historia o ciertas mitologías, la fuerza y el sentido de una nación reside en la voluntad de su población por convivir humanamente. Solo entonces podrá hacerse posible no esa realidad “improbable” a la que alude Morin, sino, por el contrario, una nueva realidad, mil veces deseable, mil veces impostergable en nuestro dolido planeta.

