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Rafael Fauquié: Lograr lo que uno ama

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La falta de inteligencia, dijo alguna vez Platón, es la peor de las enfermedades. Carecer de inteligencia: desconocer nuestro lugar en el mundo, ignorar los sentidos de nuestro presente, incapacidad de ser nuestra propia compañía… La inteligencia nos lleva a conocernos y a tratar de responder algunas de las interminables preguntas que suscita la vida. Quizá no existan problemas existenciales nuevos que resolver. Los que nos mueven y conmueven hoy afectaron a muchos seres antes que a nosotros y lo seguirán haciendo en el futuro. Lo que sin duda ha cambiado es la manera de aceptar el protagonismo de nuestra conciencia, su papel en la libertad de nuestro comportamiento y nuestra experiencia moldeándola.

Hace dos mil cuatrocientos años, una de las grandes mentes de la humanidad, Aristóteles, se propuso responder una de las perpetuas interrogantes de los hombres: ¿cuál es el sentido de la existencia humana? ¿A qué hemos venido a este mundo? Vinimos a ser felices –se respondió-, a vivir de la manera más plena y más satisfactoria. Compañera de este respuesta no podría ser sino esta nueva pregunta: ¿en qué consiste la felicidad?

Cada ser humano está obligado a descubrir la felicidad por sí mismo, a vislumbrarla en medio de los laberintos de su conciencia. Lo que hace feliz a unos pudiera resultar incomprensible para otros. Nada más absurdo, nada más inútil o, incluso, dañino que toda noción de felicidad impuesta por Estados, gobiernos, religiones o ideologías. Cualquier diseño de una felicidad decidida por poderes externos a la individualidad humana ha estado y estará siempre condenada al más grotesco de los fracasos.

En su discurso, al ser laureado con el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus dijo estas palabras: “Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir. ” Libertad, pues, para vivir “breves y libres momentos de felicidad”. La existencia desentrañada en el más sencillo aprendizaje y más puro propósito: saber atesorar esos momentos que nos acercaron a la felicidad.

La época en que Camus escribe es particularmente difícil. Había finalizado la más atroz de las guerras conocidas por la humanidad, y el mundo descubre con horror la destrucción y la barbarie llevadas a niveles inimaginables. Los seres humanos desesperadamente buscaban respuestas a sus temores. Camus propuso una, acaso la más humana de todas: defender a toda costa el descubrimiento de esa felicidad que cada quien reconoce como suya.

Felicidad: la asociamos con plenitud, armonía, equilibrio… Aristóteles la relacionó, sobre todo, con virtud y madurez. No existe felicidad real -dice- para quien no ha vivido lo suficiente. Tampoco es posible en medio de la irracionalidad o la simpleza de carácter. La asoció, sobre todo, con el cumplimiento de aquello que amamos hacer. “La felicidad –concluyó- es lo más hermoso y lo más agradable, y estas cosas nunca podrían estar separadas unas de otras,  como lo leemos en la inscripción del templo de Delos: Lo más agradable es lograr lo que uno ama.

 

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