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José Rafael Herrera: Verdad y libertad en Vico

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Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres, Juan, 8:31-32.

Verum ipsum factum. G.B.Vico.

En 1710, Giambattista Vico formuló un principio que, aún hoy, conserva una fuerza tan sorprendente como inesperadamente actual: Verum et factum convertuntur: la verdad y lo hecho son recíprocamente convertibles. No sin paciencia, desde la soledad de su estudio, el inalterable profesor de Retórica de la Universidad de Nápoles fue entramando la idea de que la verdad no es algo que simplemente se contemple. Más bien ella es el resultado del hacer. Esta afirmación no es una sutileza escolástica ni una disputa académica, sino una respuesta frontal, abierta y directa, contra el racionalismo dominante en su tiempo, representado por René Descartes y sus seguidores, para quienes la verdad se funda en la “claridad y distinción” de las ideas. Como profundo estudioso del Derecho de gentes y conocedor de “la naturaleza común de las naciones”, Vico sospecha de la excesiva confianza en las evidencias abstractamente subjetivas. Entender la certeza no equivale necesariamente a comprender la verdad. El criterio último no es la claridad de la idea, sino su producción: se conoce verdaderamente aquello que se es capaz de hacer.

Dios -dice Vico- conoce plenamente la naturaleza, precisamente porque ha sido él quien la ha creado. En cambio, como el ser humano no ha hecho el mundo físico, su conocimiento de la naturaleza siempre estará limitado. Pero hay un ámbito dentro del cual los hombres sí pueden llegar a alcanzar una verdad más firme y completa: en el mundo civil. El derecho, las instituciones, la economía, las costumbres, el lenguaje, la historia -todo eso es obra de factura humana-. Y precisamente por ser obra de la humanidad les resulta absolutamente inteligible. La consecuencia que se deriva de la proposición viquiana es determinante: el origen de la verdad no está en la contemplación, sino la actividad sensitiva humana, es decir, en la praxis. En efecto, en su tratado De antiquissima Italorum sapientia, Vico ilustra su tesis con un ejemplo revelador: “las figuras geométricas son verdaderas no porque sean contempladas por su claridad y distinción, sino porque han sido construidas”. Como afirmaba Hobbes: Geometrica demostramus quia facimus: “se puede demostrar la geometría porque la hacemos”. Se sabe lo que es un círculo o un triángulo porque los hombres lo han definido y producido intelectualmente. La verdad matemática es cierta porque ha sido hecha por la humanidad. El conocimiento es pleno ahí donde coincide con la actividad productiva. Pero, más aún, esta sorprendente intuición desarrollada por Vico encierra algo todavía más profundo: el pensar mismo es un hacer.

No se trata simplemente de que conozcamos lo que fabricamos con nuestras manos. El pensamiento no es ni una tabula rasa ni un espejo pasivo que refleja la realidad: es -tal como la definirá Kant más adelante- la actividad productiva que configura al mundo. Pensar es instituir formas, trazar límites, dar nombre, establecer relaciones. Por eso mismo, todo hacer humano -si es verdaderamente humano- implica una forma de pensamiento. No hay praxis sin sentido, ni sentido sin praxis. Aquí se abre una línea que más tarde recorrerán, cada uno a su modo, Hegel y Marx. En el primero, la realidad histórica es el resultado del despliegue de la acción del Espíritu: la razón no contempla el mundo desde afuera, sino que se realiza en él, inmanentemente. En el segundo, la célebre Tesis sobre Feuerbach lo expresa con contundencia: “no basta con interpretar el mundo de diversas maneras, se trata de transformarlo”. En ambos casos -y como ya lo había observado Vico-, el pensar es un hacer y el hacer es un pensar.

Esta absoluta identidad de hacer y pensar tiene, además, consecuencias antropológicas y políticas decisivas. Si el mundo civil es el resultado del hacer humano, entonces la verdad histórica no es un dato que se reciba pasivamente, sino una realidad que se construye colectivamente. La verdad, simplemente, no se hereda: es necesario construirla, elaborarla, conquistarla, en la tupida trama viva de las propias acciones, de los conflictos y de los acuerdos.

Y es justo aquí donde aparece el vínculo esencial con la libertad. Si solo se conoce verdaderamente lo que se hace, entonces conocer implica poder hacer, y poder hacer implica la efectividad de la libre voluntad, la objetividad de la libertad propiamente dicha. La verdad no es, pues, ajena a la autodeterminación, más bien, es su resultado. No hay verdad humana sin el ejercicio de la libertad, pero no hay libertad real sin la creación efectiva de mundo.

En Vico, el origen de la cultura no proviene de la razón abstracta, sino de la sensibilidad imaginativa de los primeros pueblos. El temor ante la naturaleza, la imaginación poética, el lenguaje simbólico. Es desde esa actividad sensitiva humana que nacen los dioses, las leyes y las ciudades. La civilización no surge de un silogismo, de una deducción lógica: surge del hacer histórico, cargado de las experiencias de la conciencia social.

Esto implica una responsabilidad ineludible. Si el mundo civil es de factura humana, entonces no hay coartada metafísica para la decadencia. No se le puede atribuir la degradación de la vida pública a la fortuna o a un destino inevitable. Las instituciones que oprimen o liberan son producto del quehacer humano. La verdad pública no se decreta: se construye. Pero, por eso mismo, también puede destruirse.

En tiempos de redes sociales, de confusión informativa y de crisis de confianza, el principio viquiano adquiere una resonancia particular. La verdad no es un sticker, una etiqueta que se pega e impone, como tampoco es una consigna que se repite. La verdad concreta, la verdad de verdad, es el resultado de una práctica social sostenida: de instituciones sólidas, de deliberaciones honestas, de responsabilidades compartidas. Y por eso mismo, la libertad no es una palabra que se proclama, sino una realidad que se ejerce. Se realiza en la creación de normas justas, en la defensa activa de la dignidad humana, en la construcción cotidiana de un espacio común donde la palabra tenga el peso del honor. Si verum y factum se convierten recíprocamente, entonces la verdad depende del hacer humano, y si ese hacer es libre, la verdad es inseparable de la libertad. Pero si el hacer se vacía de pensamiento -si se convierte en una pura repetición, manipulación o felonía- la verdad se vacía. De nuevo, pensar es hacer y hacer es pensar. En el momento en el cual esa unidad se rompe, se rompe también la posibilidad de una vida auténtica, verdaderamente libre.

La tarea de la filosofía consiste en precisar los límites que van configurando el itinerario de lo verdadero desde las formas de lo verosímil -las cuales resultan de la fantasía y la memoria, como, por ejemplo, la poética, la oratoria y las artes en general, pero también la economía, el derecho, la política y la historia- hasta alcanzar las verdades estrictamente científicas. Representa un grave error la insistencia de querer comenzar la enseñanza de la filosofía partiendo de las disciplinas lógico-analíticas, pues el más grave daño que se le ha causado a la sociedad del presente consiste en que, inmersos en el estudio de la instrumentalización, “se le da escaso valor a la moral y, sobre todo, a aquella parte de ella que trata del ingenio humano y de sus pasiones, en lo relativo a la vida civil”. Presos en los propios temores e inseguridades, se termina descuidando el admirable y fundamental estudio de la res-publica, es decir, delos asuntos ético-políticos. Ahí donde se fractura la unidad de pensar y hacer, se fractura la libertad.

@jrherreraucv

 

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