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Rafael Fauquié: Verdades

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Existen toda clase de verdades. Están las verdades terrenas, a mitad camino entre entrevistos cielos y entrevistos infiernos; o las verdades compañeras de las más transparentes revelaciones; o las verdades insulsas vacuamente repetidas por muchos muchas veces; o las verdades engañosas, tramposos vislumbres de lo falaz y lo equívoco; o las verdades incómodas, siempre ásperas en sus punzantes mordeduras; o las verdades comprometedoras, que obligan a tomarlas en cuenta sin perder de vista su injerencia en nuestras vidas; o las verdades asombrosas, susceptibles de llamar la atención por sus siempre sorpresivas alusiones… Y existen, igualmente, verdades como la esperanza, la perseverancia, la autenticidad, la honestidad, la libertad: genuinas, insoslayables, atemporales…

Y son y serán siempre verdaderos los propósitos por reunir lo posible y lo real. Verdadero cuanto logre sostenernos a lo largo del tiempo. Verdadero aquello de lo cual alejarnos significaría dejar de ser nosotros mismos. Verdaderos los acuerdos entre nuestras ilusiones y nuestra memoria. Verdaderos los espacios conquistados en nuestro  nombre y verdadero el conocimiento que nos permite creer y ser y hacer al lado de ciertas respuestas que solo llegan una vez que aprendimos a reconocernos en los espacios de nuestra conciencia, junto a una creciente claridad; claridad que suele aparecer tras mucha paradójica intención de no ver. Acaso sea la claridad el privilegio de una edad que aprendió a reconocer en la transparencia algo imposible de prescindir. La sabiduría de la vejez pudiera significar haber sabido establecer similitud entre lo transparente y lo oportuno y, sobre todo, haber alcanzado una mayor cercanía a nuestra alma.

 

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