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Janneth Jiménez: El país que las madres ven partir

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Aquí y ahora, Venezuela.

Hay dolores que una madre cree haberlos conocido todos. El del parto, por ejemplo, ese instante en que la vida llega al mundo entre esfuerzo, miedo y esperanza. Muchas madres dicen que ese es el dolor más grande que puede sentir el cuerpo.

Pero en Venezuela ha nacido otro dolor, uno que no se mide en el cuerpo sino en el alma: el de ver a los hijos partir.

No es un viaje cualquiera. No es la despedida alegre de quien va a estudiar o a conocer el mundo. Es la despedida llena de incertidumbre de quien se marcha porque en su propio país no encuentra oportunidades, ni estabilidad, ni un horizonte claro para construir su futuro.

Las madres venezolanas han aprendido a despedirse con una sonrisa que no siempre nace del corazón. Preparan una maleta con lo poco que cabe, revisan documentos, acomodan una foto familiar entre la ropa y abrazan fuerte, como si quisieran guardar ese momento para siempre.

Pero cuando la puerta se cierra y el silencio vuelve a la casa, queda un vacío difícil de explicar.

Porque no solo se va un hijo.

Se va una parte de la vida.

Muchas veces esos caminos no son fáciles. Son rutas largas, inciertas, llenas de riesgos y de historias que nadie quisiera contar. Caminos que atraviesan fronteras, selvas, carreteras y noches interminables, movidos por una sola esperanza: encontrar un lugar donde el esfuerzo sí tenga recompensa.

Y mientras tanto, en Venezuela, quedan las madres mirando el teléfono, esperando un mensaje que diga “llegué bien”.

Ese mensaje, tan simple, puede devolver el aire al pecho.

La migración venezolana no es solo una estadística ni una noticia internacional. Es una herida silenciosa que atraviesa hogares enteros. Es la mesa con una silla vacía, la habitación que se queda intacta, la llamada que intenta reemplazar el abrazo.

Sin embargo, incluso en medio de ese dolor, las madres siguen haciendo lo que siempre han hecho: sostener la esperanza.

Porque cada hijo que se va lleva algo que nunca abandona este país: la memoria de su hogar, el sabor de su comida, el sonido de su acento y el amor de quien lo vio nacer.

Nota:

Dicen que el mayor dolor de una madre es parir.

Pero en Venezuela muchas han descubierto otro más profundo: parir hijos que la vida obliga a sembrar lejos.

Y aun así, las madres siguen esperando.

Esperan el mensaje que calme el miedo.

Esperan la llamada que acorte la distancia.

Esperan el día en que la maleta ya no sea para irse, sino para volver.

Porque aunque los caminos separen geografías, el amor de una madre siempre sabe el camino de regreso.

 

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