Volver a la democracia es como volver a llenar los pulmones después de un buen rato aguantando la respiración. Uno siente que por fin puede enderezar la espalda. Después de tantos años de controles, gritos y órdenes, recuperar la posibilidad de decidir por uno mismo es casi como volver a casa. Claro, no pasa de un día para otro. Hay heridas que duelen, confianzas que hay que remendar y hábitos que cuesta soltar. Pero cuando el camino arranca, la democracia deja de ser un discurso y vuelve a sentirse como algo que se vive, como un aire más limpio.
Y ahora nos toca reconstruirla. No viene en cajita, no se compra en la farmacia, no se prepara en tres minutos. Esto es trabajo, constancia y ganas. Y para empezar, hay dos cosas que debemos hacer sin excusas: despolitizar y ciudadanizar.
En los países donde la democracia funciona, la política ocupa un rinconcito. Apenas un dos por ciento de la gente se dedica a eso. El resto vive su vida: trabaja, estudia, inventa, cría muchachos, monta negocios, discute en la mesa, ayuda al vecino. La política está, pero no se mete en todo. No decide quién consigue empleo, quién recibe un favor o quién puede respirar tranquilo. Ese equilibrio es señal de instituciones sanas: el Estado no es un botín, los partidos no son oficinas de empleo y los cargos se ganan por capacidad, no por gritar consignas.
En esos países, la vida la sostienen médicos, maestros, ingenieros, comerciantes, científicos, emprendedores, trabajadores. Gente común haciendo cosas comunes que sostienen lo extraordinario: la convivencia. La sociedad gira alrededor de la escuela, el hospital, la fábrica, el comercio, la investigación, la calle. La ciudadanía es grande; la política, chiquita.
Pero cuando la política empieza a meterse en todo —en la comida, en la familia, en el trabajo, en la conversación del ascensor— la democracia se enferma. Cuando ser militar y militante se vuelven requisitos para vivir, el país se achica. La política deja de ser herramienta y se convierte en clima. Y un país que respira política todo el día termina agotado, enfermo.
Por diseño, lo militar no es democrático. Funciona con órdenes, jerarquías y obediencia. Así debe ser. Pero justamente por eso tiene que estar bajo mando civil, institucional, democrático. Un militar profesional sirve a la República, no la dirige. Protege a la gente, no la sustituye. Da estabilidad, no la condiciona. Cuando se mantiene en su sitio, fortalece. Cuando se sale del cauce, arrasa.
Y eso nos pasó. Mientras el mundo hacía sus fuerzas armadas más pequeñas, más técnicas, más profesionales, aquí se hizo lo contrario. Se militarizó y politizó todo. Desde la escuela hasta la bolsa de comida. El país se volvió un cuartel sin paredes. La política se volvió respiración obligatoria. Y en ese proceso nos quitaron algo íntimo: la capacidad de pensar sin miedo, de decidir sin consignas, de ser ciudadanos sin permiso.
Estuvimos al borde de una guerra civil. ¿Lo entendemos de verdad? Nos pusieron a pelear venezolanos contra venezolanos. No por ideas profundas, sino por una estrategia que convirtió la vida diaria en un ring. Familias divididas, amigos distanciados, vecinos que dejaron de saludarse. Reconocerlo no es autoflagelarse; es abrir los ojos. Sólo cuando aceptamos que estuvimos al borde del abismo podemos prometer no volver allí. Un país no se levanta enfrentando a su gente, sino recordando que todos vivimos bajo el mismo techo.
Por eso despolitizar es urgente. No es callarse ni hacerse el desentendido. Es liberar a la sociedad. Tampoco es entregar el país a expertos fríos. Es devolverle la vida a la gente y poner la política en su lugar.
Despolitizar es sacar la propaganda de la sala, de la escuela, del mercado. Es dejar de ver enemigos donde hay vecinos. Es recordar que el Estado es de todos, no de un grupo. Despolitizar no apaga la ciudadanía; la enciende.
Y allí viene la otra parte: Ciudadanizar.
Ciudadanizar es poner el poder donde siempre debió estar: en la gente. Es formar criterio, no obediencia. Es fortalecer instituciones, no caudillos. Es construir comunidad, no clientelismo. Es entender que la calle, la escuela, el hospital, el parque y el transporte público son extensiones de la casa propia.
La democracia no vive sólo de elecciones. Vive del día a día: del respeto, la corresponsabilidad, la vigilancia, la participación, la exigencia. En un país ciudadanizado, la política deja de ser show y vuelve a ser servicio. Los funcionarios sirven, no mandan. Las instituciones arbitran, no atacan. La diferencia de opinión no es una amenaza. La identidad colectiva se construye desde la pluralidad, no desde la imposición.
Despolitizar para ciudadanizar es un acto de madurez. Es sacar a la política de donde nunca debió estar —la intimidad, la conciencia, la supervivencia— y devolverla a donde sí pertenece —la gestión, la deliberación, el futuro—. Es un proceso cultural, educativo, institucional. Y también un acto de libertad: recuperar la vida para la vida, y la política para la democracia.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

