Domingo Kultural.
A cierta edad uno piensa que los achaques de los años son infortunios de los otros. No conozco a nadie que se vea feo en el espejo. Empecé a perder cabello a los 40 años; aunque en mi mente el copete seguía firme, desafiante, juvenil. Hasta que una noche entre rancheras y brindis en el cumpleaños del compadre Arturo Rojas, el director de Los Mariachis, micrófono en mano gritó:
-A ver acá, tú el calvito.
¡Sí, era conmigo!
No sabemos cómo haría *Matusalén* con todas esas cosas que pasan o se caen a cierta edad. Según la Biblia ese señor vivió 969 años. No es ficción, fue confusión; los especialistas en ciclos lunares con los solares dicen que la verdad vivió 72 años, uno más que yo; tres más que Willie Colón.
“Este puede ser mi último concierto, estoy muy agradecido”, y arrancó con Idilio: “…Es que la nieve cruel de los años mi cuerpo enfría…” El “Chico malo de Bronk”, anunciaba su pausa.
Vamos al grano, como a ustedes les gusta.
Más allá de tristezas y bromas, el mundo anda desvelado por el tema de la edad. La ciencia también.
En el año 2012 los científicos Shinya Yamanaka y John Gordun ganaron el *Premio Nobel de Medicina* por el trabajo cómo reprogramar células adultas en células madres. De allí en adelante el asunto no para y esa apuesta de prolongar la vida es más posible. No llegaremos a la supuesta edad de Matusalén, pero podemos conformarnos con 120 años. De lo que se perdió Willie Colón; nos quedamos con el regalo eterno de su música.
El lugar común pilla que uno tiene los años que le faltan, y la vida es lo que uno recuerda -dijo García Márquez-; yo le pongo otro condimento: no tendremos voluntad para frenar la muerte, pero si para cerrarle el paso a una vejez cagalitrosa. Me conformo con ser un abuelito encantador.
Caí en cuenta en la pandemia. Fui a lo de la vacuna disfrazado de deportista (shorts, cachucha, zapatos de goma) y dándome de vitoqueado y carajito.
Estando en plena cola me tomo del brazo la enfermera: “Venga por aquí abuelito bello”. Encantador, pues.
Mientras, hay que aplaudir a los científicos enfocados en acorralar a las enfermedades crónicas: Cáncer, díabetes, Alzheimer, corazón o fabricando prótesis y órganos vitales. ¡Aleluya!
Otros andan obsesionados y en carrera contra reloj por vencer la edad: Políticos Ultrapoderosos y los Megamillonarios de Silycon Valley (la Tecnocasta), el furor les apremia para ver cómo llegan a los 150 años. ¡Retan a Dios!
Al ritmo de destrucción que lleva el planeta producto de guerras y contaminación ocasionadas por ellos mismos; creo terminarán cantando cumpleaños en el mismísimo Planeta Marte.
La inmortalidad de los líderes no es nada nuevo; los nazis ya investigaban cómo inmortalizar a Hitler.¡Susto!
Los comunistas se quedaron con las ganas de revivir algún día a Lenin.
Vivir 100 años: Los secretos de las zonas azules
Pero hay otra mirada más simple y hermosa; la docuserie de Netflix, realizada por el escritor Dan Buettner, en la búsqueda de los lugares del mundo con mayor concentración de centenarios: Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Nicoya (Costa Rica), Icaria (Grecia) y Loma Linda (California). Buettner, explorador de National Geographic recorre esos poblados y entrevista a los lugareños. No haré spóiler; solo les diré: que todos esos señores y señoras mayores de 100 años, no llegaron a esa edad por un milagro o una receta comercial milagrosa; practicaron rutinas sencillas, afectos sólidos, curiosidades intactas y ganas de reír. Vean el documental.
Hace pocos años despedimos al tío Pastor, vivió 94 años. Andaba en bicicleta, comía con apetito, jugaba dominó con lucidez, tiraba coñazos y también haría otras cosas. Perdí una apuesta: yo estaba seguro que llegaría a los 100 años. Lo mató el COVID.
Me quedan dos apuestas en la misma sintonía: en pocas semanas estaré en el cumpleaños 100 de una gran amiga y en unos pocos años celebraremos los 100 de la jefa de la familia. No las nombro por Cábala.
Estás personas envejecieron con personalidad, vitalidad y aspecto excepcional, hicieron lo mismo que los entrevistados en los Puntos Azules de Netflix; y además tienen un gran secreto contra la vejez, muy simple: no piensan en ella.
Nos vemos por ahí

