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Emiro Rotundo Paúl: Venezuela, Tierra de (des)Gracia

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Desde un principio, Venezuela ha sido un país contradictorio, enguerrillado, desunido y consecuentemente desafortunado. Su Guerra de Independencia (1810 a 1823) comenzó como un conflicto civil de índole social cruel y sangriento. Superado ese punto inicial, se enfrentó al imperio español en su propio suelo y más allá de la cordillera andina, en lejanas tierras. Con todo, fue la guerra más larga, sangrienta y destructiva de las que, con fines de libertad, se libraron en el continente americano. Luego de obtener a tan alto costo la libertad y de separarse de Colombia para constituirse en país soberano, se debatió entre las dos grandes concepciones fundacionales del Estado moderno que contendían en la época: la República, inspirada en la Francia revolucionaria y el Estado Federal, creado en América del Norte por las trece colonias inglesas allí establecidas. No hubo consenso sobre el particular y ese antagonismo la llevó a otra guerra larga (1859-63) tan sangrienta y destructiva como la anterior. Al final, adoptó una forma de Estado mixto y ambiguo que ha perdurado hasta el presente, que no es ni lo uno ni lo otro (y no soporto las ganas de agregar: “sino todo lo contrario”).

Poseyendo los recursos materiales y humanos en cantidad y calidad suficientes y, me atrevo a decir, superiores a cualquier otro país latinoamericano y de haber logrado, a mediados del siglo pasado, gracias a su riqueza petrolera, el ingreso per cápita más alto de América Latina y de muchos otros países del mundo, se encuentra hoy en condiciones deplorables, muy cerca de ser la nación de peor desempeño económico, político y social del Tercer Mundo. ¿Cómo ha sido posible tal desatino? La respuesta es sencilla: por culpa del caudillismo del siglo XIX, el militarismo del siglo XX y el castro-comunismo del siglo XXI, que han sido las formas de gobierno prevalecientes en Venezuela a lo largo de sus 214 años de vida independiente.

Los mandatos civiles y democráticos han sido excepcionales y fugaces, siempre asediados por las fuerzas del autoritarismo. Han sido muy breves los intervalos de mandatos civiles entre dictaduras militares y autocracias caudillistas, con excepción de los cuarenta años de gobiernos democráticos habidos entre enero de 1958 y diciembre de 1998. El ejercicio arbitrario y unilateral de los gobiernos de fuerza, personalistas y de mando único, sin controles ni contrapesos, ha impedido el desarrollo y la aplicación de políticas públicas eficientes y de largo alcance, indispensables para una buena gestión administrativa.

La única excepción a la regla ha sido la política petrolera que se mantuvo acertada y coherente por espacio de siete décadas. La industria petrolera venezolana se inició realmente en 1922, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-35), con el célebre reventón del pozo Barroso 2 en Cabimas, Estado Zulia. Continuó sin cambios significativos durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-57) y mejoró bastante con los gobiernos democráticos de Acción Democrática y Copei (1958 y 1998). Hasta que fue asaltada y desmantelada por los regímenes autocráticos de Hugo Chávez (1999-2013) y Nicolás Maduro (2013-26).

Hoy, a los 214 años de la Independencia y 165 de la Federación (aforismo con el que terminan todos los documentos emanados del poder público), Venezuela, que pudo haber sido el país más desarrollado de América Latina y de muchos otros países del mundo, se encuentra en una situación deplorable, dependiendo su destino inmediato de un país extranjero, la gran potencia del norte, que tuvo que intervenirla militarmente para detener su carrera hacia el naufragio final.

Tengo muchos años a cuestas y muchas ilusiones perdidas, no sobre el “grandioso destino” de Venezuela que ha sido siempre un mito, sino sobre el justo, natural y bueno que por sus excepcionales condiciones le debía corresponder, para creer ahora que lo que está ocurriendo es, ¡por fin!, el inicio de la Gran Venezuela. Puede que lo sea. Puede que con mejor fortuna de la que ha tenido hasta hoy, ese deseo se cumpla, pero yo, y los demás integrantes de mi generación, no lo veremos ni lo disfrutaremos.  Para nosotros, hablando con toda franqueza, Venezuela ha sido, salvo por muy breves instantes, un país desafortunado.

 

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