Estos tiempos parecen una noche oscura para la dignidad de los seres humanos. Se desconoce su vigencia en gran parte del planeta: en países bajo brutales dictaduras (como Norcorea, Cuba, Irán, Guinea Ecuatorial o Afganistán) o en largos conflictos (como Congo, Myanmar, Libia, Sudán) o más recientes (Ucrania, Gaza); pero también en muchos de aparente calma (incluidas grandes potencias). No obstante, la Carta de las Naciones Unidas (1945), organización a la que pertenecen, proclama su “fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres”.
Ilustración de Juan Diego Avendaño.
La dignidad de los seres humanos no es un principio de reciente creación. Fue reconocida desde los comienzos de su existencia. Por supuesto, no se formuló entonces una teoría sobre la materia. Pero, se establecieron prácticas (como los ritos funerarios) que mostraban el respeto por quienes formaban parte de los primeros grupos, evolución última de los homínidos. Parece que, desde sus orígenes, el hombre se sintió distinto de los animales, a los que podía dominar y de los que se podía servir. Según el Bereshit (o Génesis) de la Torá, fue creado por Dios a su imagen y semejanza, hombre y mujer: hecho “de polvo de la tierra” (como los seres de los que deriva), “le exhaló alma de vida”. Y para los no creyentes, la dignidad era – y es – una manifestación de la naturaleza del hombre: ser que piensa y cuestiona, sufre y se recrea, trabaja y produce, ama y sueña.
La dignidad está ligada al ejercicio de la libertad y a la vida en democracia. El valor del ser humano se reconoció en pueblos que gozaban de algunas libertades (al menos de pensamiento y expresión) y participaban en decisiones de poder. El concepto se desarrolló plenamente cuando se consideró al hombre como “centro” de la sociedad. La dignidad precede – es el origen – de todas las libertades y derechos. En realidad, los implica a todos. Su fundamento es el hombre: le permiten el desarrollo de su personalidad: hacerse, “ser”. Por eso, cuando se coartan, se limita al titular, se le disminuye, se le des-humaniza. Pero, la dignidad no puede manifestarse plenamente sino en una sociedad democrática, cuyo fin es la búsqueda del bien común (y no el de una persona o grupo), que no es otra cosa que el conjunto de condiciones concretas que permiten el desarrollo de la personalidad de cada uno.
La Declaración Universal de Derechos Humanos, proclamada por la Naciones Unidas (10/12/1948), señala “que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. El artículo 1 de la Declaración precisa: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Conviene, por tanto, aclarar conceptos. La dignidad –del latín dignitas: excelencia, grandeza– es un valor o cualidad; y en el caso, inherente, intrínseco (propio de su naturaleza, no otorgado), inviolable, inalienable (no puede ser revocado, suspendido o restringido) e irrenunciable de cada ser humano que lo acompaña desde el comienzo hasta el final de su existencia. Forma parte de su esencia: se adquiere por el solo hecho de serlo, cualquiera sea su origen, sexo o situación, y pasado un tiempo condición social, credo o pensamiento.
El concepto de dignidad humana surgió entre los israelitas (al menos 3.000 años atrás), pero luego lo refirieron, especialmente, al pueblo judío. El cristianismo –el propio Jesús– lo universalizó y atribuyó a cada ser humano. Sin embargo, el concepto ya había comenzado a formarse en Grecia y Roma, pero siempre determinado: Platón por el conocimiento, Aristóteles por la virtud y la política, Cicerón por el comportamiento. En realidad, es una idea occidental. En Oriente, apareció tardíamente, aunque se menciona la grandeza del hombre en el Daodé jïng y su perfección en textos de Confucio. Con el Renacimiento y la Ilustración se difundió por el mundo. Immanuel Kant insistió en su origen natural: “El valor de la persona, su libertad, sus derechos, surgen del orden de las cosas naturalmente sagradas … del Padre de los seres”; y Jacques Maritain, en época de negaciones, en la dignidad de todos los seres humanos.
No todos aprecian la dignidad de los seres humanos: muchos no han escuchado hablar de esa cualidad de las personas. La ignoran. Como Áshoka, emperador Maurya (303-231 aC) , quien, sorprendido al observar la destrucción y sufrimiento causados por sus conquistas, proclamó la “ley de piedad”. Otros, a quienes se explicó su significado y efectos, no le dieron importancia ni le atribuyeron consecuencias prácticas: el asunto no era de su incumbencia (mientras no les afectara). No faltan aquellos que piensan – son los materialistas– que el hombre es sólo carne y hueso, materia que se desintegra: por tanto, se puede disponer de hombres y mujeres para obtener los fines que se persiguen, especialmente económicos o políticos. Joseph Conrad narró (El corazón de las tinieblas, Londres, 1899) la brutalidad – hasta la muerte– de los colonizadores belgas en las riberas del río Congo. Y Alexander Solshenitzin la de los carceleros soviéticos (Archipiélago Gulag, París, 1973).
Las violaciones a la dignidad humana, como la indiferencia ante tales actos, no son conductas del pasado lejano. Entonces, casi todas las guerras terminaban en esclavitud y genocidio. “La violencia y el terror son muy propios de la guerra” sentenció Hugo Grocio (1625). También en las cercanas: contra armenios, ucranianos y judíos. “La guerra – recordó Benedicto XVI (Luanda, 2009) – puede destruir todo lo que tiene valor”. Y estallaron muchas después de la última guerra mundial: en Corea, Sureste Asiático, Argelia, Medio Oriente. En los Balcanes con eventos terribles. En África que fue –y es – un continente ensangrentado: Biafra, Darfour, Ruanda, los Grandes Lagos, el Sahel. Hubo otras formas de ofensa a la dignidad humana: la del apartheid en Sudáfrica, la revolución “cultural” en China, la del racismo (contra diversos pueblos), la de las “desapariciones” de las dictaduras del Cono Sur, la de la catástrofe económica del chavismo-madurismo en Venezuela.
A pesar de los propósitos formulados al crearse la ONU y al proclamarse los derechos humanos, la dignidad humana sigue siendo objeto de discusión. Ahora se afirma que el carácter universal de los derechos, mediante los cuales se expresa, debe verse “a través del prisma de la situación real de cada país”. Además, que “no existe un modelo único” de democracia: sus formas y métodos, “son los que mejor se adapten a su estado particular” (Declaración conjunta Rusia-China del 4 de febrero de 2023). Tal interpretación niega, en la práctica, la universalidad de aquellos conceptos. Y vacía los términos de contenido preciso. Así, pueden autodefinirse como democracias, un estado totalitario (China de Xi Jinping) y otro de régimen autocrático (Rusia de Putin). No extraña que aleguen su larga historia para obtener esa calificación Afganistán (que priva a las mujeres de los derechos esenciales) o Irán (una teocracia que llama al genocidio de los “infieles”).
Preocupa, sin embargo, que el gobierno de una de las democracias más antiguas del mundo discuta el imperio de la ley y la sumisión de los órganos de poder, defendido por T. Jefferson y los padres fundadores, como medio de control de su actividad. En efecto, muchos actos de la administración de D. Trump (del orden interno como de las relaciones internacionales) son considerados por juristas – y aún por jueces – como contrarios a la ley. De otro lado, preocupa también que Estados Unidos deje de ser lugar de realización de quienes se ven impedidos de lograrlo en su tierra de origen. Millones buscaron allí seguridad para sus vidas, libertad para sus ideas y superación de sus carencias; y tuvieron éxito. Al mismo tiempo, contribuyeron a hacer la grandeza de ese país en todos los campos. Hoy, 68 millones de sus habitantes son de origen latino (que aportan al PIB nacional 4,1 billones de dólares).
El desconocimiento de la dignidad y de los derechos inherentes al ser humano continúa en nuestro tiempo. Se creyó que no se repetirían los crímenes que se observaron durante el siglo XX, precisamente cuando parecía que se podía construir un mundo mejor. Pero todavía se mata a miles de personas, incluidos niños, en guerras en las que no participan; se esclaviza a pueblos a los que se impide ejercer la libertad; se discrimina a millones de mujeres a las que se niega tener vida propia; en fin, se somete a millones de trabajadores a condiciones vergonzosas y salarios insuficientes.
X: @JesusRondonN

