Actualmente soy profesora de Análisis Económico del Derecho en la Universidad Metropolitana. En las evaluaciones de mis cursos anteriores, hay un comentario recurrente de mis estudiantes: mi profundo sesgo liberal.
Es absolutamente cierto. Mi carta de presentación el primer día de clases es señalar la filosofía que adscribo y cómo se evidencia en la materia. Claro está, estando en una universidad, en la que debe privar una universalidad de ideas, les expongo la visión tradicional del Derecho y de la Economía y la contrasto con la visión liberal que enseño, con principal acento en la Escuela Austríaca de Economía (EAE) y la Public Choice –Escuela de la elección pública-.
Pensé que eso era suficiente. Pero este año decidí dar un paso más e incluir a la Economía conductual con sus principales exponentes, después de todo, Cass Sunstein dirigió la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios durante el gobierno de Obama, fue responsable de los programa de ahorro obligatorio y es una autoridad ampliamente citada. El análisis conductual del Derecho es el mainstream del Análisis Económico del Derecho. Mis austríacos no han gozado ni gozan de la misma popularidad. Tal vez lo más cercano es lo que está viviendo Argentina con Javier Milei y su apoyo intelectual con el profesor Alberto Benegas Lynch hijo.
En el análisis conductual del Derecho vemos converger una triada de disciplinas. En primer lugar tenemos a Daniel Kahnenman, psicólogo y premio Nobel de Economía de 2002. Su libro Piensa rápido, piensa despacio destaca que en nosotros podemos identificar un sistema 1, que es instintivo e inmediato, y un sistema 2, que es racional y funciona despacio. La mayoría de nuestras decisiones proviene del sistema 1. Richard Thaler, economista y Premio Nobel de Economía de 2017, destaca el factor supuestamente irrelevante, según el cual las cosas más tontas son determinantes en nuestra toma de decisiones, por ejemplo, una ubicación fácil o cercana de los productos. Cass Sunstein, abogado, junto con Thaler, destaca la tesis del arquitecto de decisiones, que puede ser cualquier persona que organiza el contexto de elecciones, pero a través de un nudge (empujón) del Estado se puede inclinar a las personas hacia opciones que mejoren su calidad de vida. De ambos proviene el paternalismo libertario.
Esta escuela reúne los hallazgos desde la psicología, la economía y el derecho. Kahnenman muestra cómo falla la mente (psicología), Thaler aplica estos fallos en el mercado (economía) y Susntein se enfoca en las herramientas legales para regular dichos fallos (política y regulaciones).
Los austríacos, escuela por la cual me inclino y lo he hecho los últimos 15 años, también se basa en hallazgos de la psicología. No estamos en presencia de un homo economicus que estudia la economía tradicional. Ludwig von Mises nos advierte en La mentalidad anticapitalista que el hombre es profundamente irracional también.
Pero la EAE entra en conflicto con la Economía conductual. Sunstein sostiene que el derecho puede crear preferencias, que aunque parezca sutil, parece inclinarse por un Derecho que regula conductas, lo cual no se diferencia mucho del cuestionable concepto del padre Olaso, cuya visión tradicional ve al Derecho como una ordenación impuesta por la autoridad, mediante un sistema racional de normas de conducta declaradas obligatorias por la autoridad competente, por considerarlas soluciones justas a los problemas surgidos de la realidad.
La EAE ve al Derecho como institución evolutiva, como un conjunto de comportamientos que se han ido formando a lo largo del tiempo, dentro de un proceso evolutivo que supone ajustes, adaptaciones y coordinación social, y donde el legislador tiene una participación limitada, siendo esta última una de las expresiones en el Derecho de la propuesta de un gobierno limitado.
Sunstein y Thaler hablan de un pequeño empujón, pero ¿quién impide a que el Estado se detenga en ese pequeño empujón y siga hasta el punto de llevarnos a una pendiente resbaladiza?
Otro problema que puede anticiparse en Sunstein y Thaler es en la centralización del arquitecto de decisiones, que al igual que todos, también tiene sesgos. Los austríacos se inclinan por la pluralidad de arquitectos que ofrece el mercado y nosotros como demanda podemos escoger las opciones que deseemos, no a las que se nos empuja. La Economía conductual ve a las personas como seres que necesitan guía porque fallan; los austríacos ven a las personas como agentes creativos que aprenden de sus errores.
Este artículo no es para referir una anécdota como profesora universitaria, sino para enfocar la atención hacia un debate que no es meramente académico; es una cuestión de supervivencia. Mientras la economía conductual nos propone un arquitecto de decisiones centralizado —un burócrata que presume saber qué nos conviene más que nosotros mismos—, la realidad venezolana nos ha enseñado el costo de la omnisciencia estatal.
Si el Estado se convierte en el arquitecto de cada uno de nuestros pasos bajo la excusa de un “pequeño empujón”, corremos el riesgo de olvidar cómo caminar por nuestra propia cuenta. La verdadera arquitectura de decisiones no se diseña en una oficina gubernamental en Washington o Caracas; se construye en la pluralidad del mercado, donde cada individuo tiene el derecho de elegir, de equivocarse y, sobre todo, de no ser empujado hacia ninguna dirección que no haya decidido por sí mismo.
A la pregunta que siempre me hacen en clase, ya sea pregrado o doctorado, ¿cómo corregimos las fallas del mercado? Respondo: Al final del día, prefiero un mercado lleno de seres humanos imperfectos pero libres, que un sistema de autómatas perfectamente “empujados” hacia una felicidad diseñada por decreto.

