En los últimos días he escrito tantas cosas serias que casi puedo oír cómo crujen las bisagras de mi propio cerebro. Temas densos, urgentes, necesarios… sí. Pero también agotadores. Y aquí estoy ahora, tarde de noche, con la luz tibia de la pantalla y el silencio de la casa convertido en cómplice, pensando en que yo —y quienes me leen— nos merecemos un respiro. Un pequeño oasis. Algo que no nos espachurre el alma.
Porque hay momentos en los que la solemnidad se vuelve un traje demasiado apretado. Uno siente que necesita aflojarse el cuello, descalzarse, dejar que el pensamiento se siente en el piso con las piernas cruzadas. No todo tiene que ser trascendental. A veces basta con recordar que seguimos vivos, que seguimos aquí, que todavía sabemos reírnos de lo cotidiano.
Y cuando por fin consigo robarle unos minutos al tiempo —ese ladrón profesional que siempre va un paso adelante— me descubro haciendo lo que últimamente me salva: escribir letras de canciones. No importa si son apenas dos versos torcidos o una melodía que todavía no existe; en ese instante siento que el mundo se acomoda un poco. Es como si la música, incluso antes de nacer, antes de que los versos que escribo se encuentren con acordes y voces, me dijera al oído que todavía hay belleza disponible, que todavía hay juego, que todavía hay espacio para inventar.
Escribir canciones en esos ratos clandestinos es mi manera de recordarme que no todo es gravedad. Que también puedo ser ligera, traviesa, melodiosa. Que puedo tomar una emoción que pesa como un ladrillo y convertirla en un estribillo que se deja tararear. Es un pequeño acto de resistencia contra el agotamiento: transformar lo que duele en algo que vibra, lo que cansa en algo que canta.
Así que hoy no vengo a explicar nada, ni a denunciar nada, ni a iluminar ninguna esquina oscura del mundo. Hoy vengo a regalarme —y regalarles— un instante de ligereza. Un paréntesis. Un suspiro largo. Una pausa que no pide permiso.
Porque también es urgente cuidarnos. También es de rebeldes descansar. También es valioso detenerse a mirar cómo la noche respira, cómo el café se enfría, cómo el cuerpo pide calma sin hacer escándalo.
Este artículo no pretende cambiar el mundo. Sólo quiere recordarte que no estás solo en el cansancio, que todos necesitamos un rincón donde la gravedad sea más amable. Y que, a veces, la mejor manera de seguir adelante es simplemente permitirnos un momento de ternura con nosotros mismos.
Mañana volverán los temas serios. Las batallas. Las palabras que pesan.
Pero hoy, por esta noche, quedémonos aquí. En este respiro. En este pequeño refugio donde nada nos espachurra el alma.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

