Aquí y ahora, Venezuela.
En Venezuela, la cultura suele ser sacada del clóset solo en fechas específicas. Carnaval, Semana Santa, San Juan, Navidad. Se le coloca el traje colorido, se le toma la foto oficial, se le aplaude unos días y luego se le devuelve al silencio institucional. Como si la cultura fuera únicamente celebración y no sustancia.
Pero la cultura no es un evento.
La cultura es todo.
Es la manera en que hablamos, en que cocinamos, en que velamos a nuestros muertos y celebramos a nuestros vivos. Es la música que suena en una casa humilde, el teatro comunitario, el saber del artesano, la tradición oral, la fiesta popular y también la forma en que resolvemos la vida cotidiana en un territorio.
Reducir la cultura a un calendario festivo es desconocer su verdadera dimensión: la cultura es una manifestación humana permanente, no un adorno estacional.
En tiempos de Carnaval esto se hace más evidente. Se exaltan comparsas, desfiles y disfraces —con justa razón—, pero rara vez se discute lo esencial: que detrás de cada expresión cultural hay economía, identidad, empleo, formación y desarrollo. O debería haberlo.
La gran deuda de los gobiernos, en todos sus niveles, ha sido la mezquindad con la que se ha tratado a la cultura como eje estratégico. Se le mira como gasto y no como inversión. Se le asignan presupuestos simbólicos, se le instrumentaliza políticamente y se le niega la posibilidad de convertirse en un verdadero epicentro económico.
Y sin embargo, allí está: resistiendo.
La cultura venezolana no se ha rendido porque vive en la gente. En los cultores que crean sin recursos, en las comunidades que organizan sus fiestas sin apoyo, en los músicos, bailarines, escritores y hacedores que sostienen la identidad a puro compromiso. Es una cultura que sobrevive a la indiferencia oficial.
Países que han entendido el valor de su cultura la han convertido en motor económico, en industria creativa, en marca país. Venezuela, con una riqueza cultural inmensa, sigue desaprovechando esa posibilidad por falta de visión, planificación y voluntad.
Aquí y ahora, Venezuela necesita comprender que no hay desarrollo sin cultura. Que no se puede hablar de futuro mientras se siga tratando la identidad como algo accesorio. La cultura no es solo lo que celebramos: es lo que somos, todos los días.
Y mientras no se asuma como política de Estado —no como evento, no como propaganda—, seguirá resistiendo desde abajo. Viva, creativa, poderosa… pero injustamente relegada.
Miembro de la Academia de la Lengua – Española Capitulo Anzoátegui – Periodista – Profesora de Literatura.

