Un país que busca futuro no puede darse el lujo de ignorar las advertencias que vienen de quienes leen sus fracturas con precisión y sin complacencias.
Desde Davos, Ricardo Hausmann no habla para complacer a nadie: habla para sacudir. Mientras muchos prefieren aferrarse a la ilusión de una Venezuela “más tranquila”, él desmonta esa comodidad con una frase que corta: la calma puede ser apenas un disfraz. Advierte que lo que algunos llaman estabilidad no es más que una forma de control, y que un país que ha perdido derechos, talento y horizonte no puede reconstruirse sobre silencios convenientes. Sus palabras no buscan polémica; buscan despertar a quienes, dentro y fuera del país, han dejado de mirar con atención.
Lo escucho y no puedo evitar recordar que Hausmann fue mi profesor hace un montón de años en el IESA. Ya entonces tenía esa mezcla rara de rigor y desparpajo intelectual que incomodaba a algunos y despertaba a otros. No enseñaba para que uno lo aplaudiera, sino para obligarlo a pensar, a cuestionar, a no aceptar explicaciones fáciles. Quizás por eso, cuando habla hoy, reconozco el mismo filo: no viene a tranquilizar a nadie, viene a decir lo que muchos prefieren no oír.
Su tono tiene algo de ese momento en que un oncólogo, después de revisar todos los exámenes, se planta frente a ti con una verdad que no admite maquillaje y dice: “Es grave… pero vamos a luchar”. No lo dice para asustarte, sino para que entiendas la magnitud del desafío y la urgencia de actuar. Así suena Hausmann en Davos: no suaviza el diagnóstico, pero tampoco renuncia a la posibilidad de un camino. Su franqueza no busca hundir; busca despertar.
Hausmann habla con la serenidad inquietante de quien ha visto este derrumbe desde adentro y desde afuera. No dramatiza; no lo necesita. Cada frase suya es una grieta que se abre. Dice que lo que muchos presentan como normalidad es, en realidad, una distorsión peligrosa. “Lo que hoy se presenta como estabilidad es más bien represión”, afirma, y la sala se tensa: no es una metáfora, es un diagnóstico.
Recuerda que, aunque algunos presos políticos han sido excarcelados, la libertad sigue siendo una ficción vigilada. “Han sido liberados con enormes restricciones en su libertad de hablar, en su libertad de moverse y en su libertad de actuar”, explica, dejando claro que la represión no retrocede: se adapta. Y en esa adaptación, dice sin decirlo, se juega la posibilidad misma de un país.
Insiste en que la recuperación económica no puede plantearse sin un giro político profundo. Lo dice con la contundencia de quien no está dispuesto a endulzar la realidad: “Yo sostendría que no puede haber recuperación sin derechos”. Ningún plan económico, por brillante que sea, puede prosperar en un país donde la ciudadanía vive bajo vigilancia, miedo y arbitrariedad.
Luego habla del éxodo, ese desgarro que ya forma parte de la identidad venezolana. “Ocho millones de personas han dejado el país, y especialmente los más talentosos”, recuerda, y la cifra cae como un golpe seco. Añade una frase que no admite consuelo: “Los venezolanos tienen que sentir que pueden volver. Y en este momento, no es momento de regresar a casa”.
Su mensaje, aunque sobrio, tiene la contundencia de una advertencia. Venezuela —dice sin decirlo— no está simplemente detenida: está atrapada en un sistema que impide cualquier horizonte de retorno, de crecimiento, de futuro. Davos, un foro que suele mirar hacia adelante, escucha en su voz la evidencia de un país que aún no puede hacerlo.
Y entonces queda flotando la reflexión que no necesita adornos: si Hausmann tiene razón o no no es el punto. El punto es que igual hay que escucharlo. A Hausmann hay que escucharlo, pero no con la respuesta ya preformateada, no con el “sí, pero…” listo en la punta de la lengua. Hay que oírlo sin la defensa automática, sin el reflejo de descalificar al mensajero para no enfrentar el mensaje. Porque si algo ha hundido a Venezuela no es solo la crisis, sino la costumbre de escuchar para refutar, no para comprender. Y cuando alguien advierte con datos, con memoria y con una claridad incómoda, lo mínimo —lo indispensable— es no llegar con el veredicto escrito de antemano.
Porque un país que se juega su futuro no puede seguir filtrando las voces incómodas ni premiando las narrativas que lo adormecen. Hay advertencias que no esperan consenso; esperan coraje. Y cuando alguien señala, con datos y sin anestesia, que la normalidad puede ser una trampa y que la estabilidad puede ser apenas el nombre elegante del miedo, lo mínimo es prestar atención.
Escucharlo no implica obedecerlo; implica asumir la responsabilidad de no repetir la ceguera que tantas veces nos ha costado generaciones enteras. En un país donde el silencio ha sido arma, refugio y coartada, negarse a oír es otra forma de rendición. Y Venezuela, precisamente ahora, no está en posición de rendirse.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

