¿Fin de la historia o choque de civilizaciones? Un año de mandato de Donald Trump.
Espero que los estimados lectores de esta revista no estén ya saturados de leer tantas reflexiones acerca de Trump. No es porque le tenga devoción, sino todo lo contrario. Es porque me preocupa profundamente la irracionalidad egoísta de este personaje narcisista que quiere pasar a la historia como sea, incluso por la fuerza y las armas. Ya ha conseguido el máximo poder, hace y deshace lo que quiere y como quiere, solo le falta la eternidad.
Con la caída del muro de Berlín en 1989, terminó el periodo de Guerra Fría y se inició un periodo de transición hacia un nuevo orden mundial. Durante medio siglo, la Guerra Fría había estructurado la política mundial en torno a dos superpotencias, enfrentando a las democracias liberales con las democracias populares, al capitalismo con el comunismo, en definitiva, a Washington con Moscú. ¿Cómo iba a ser el nuevo orden mundial después de la Guerra Fría?
En la década de los 90 se produjo uno de los debates intelectuales más apasionantes. El artículo “¿El fin de la Historia?” de Francis Fukuyama en 1998, meses antes de la caída del muro con una sorprendente clarividencia, y en 1993 apareció el artículo “¿Choque de civilizaciones” de Samuel P. Huntington.
En Fukuyama brillaba un optimismo de raíz ilustrada que auguraba una humanidad reconciliada en torno a los valores del liberalismo. En Huntington, con un tono escéptico, la validez de la democracia liberal quedaba restringida a un propio espacio de origen: el mundo occidental donde echa raíces históricas y culturales.
¿Habíamos llegado realmente al término de la Historia? El liberalismo ha tenido dos importantes desafíos: el fascismo y el comunismo. Y había vencido. A partir de ese momento, las democracias liberales occidentales habían triunfado y no tenían rival ideológico enfrente. Eso no significaba que no hubiera conflictos, sino que el mundo estaría dividido entre una parte que sería histórica y una parte que sería posthistórica. Podría incluso darse conflicto entre los Estados que permaneciesen todavía en la historia, o de estos con quienes están al final de la historia. Habría también violencia étnica, religiosa y nacionalista.
Frente a esa tesis, un jarro de pesimismo por parte de Huntington para quien la principal fuente de conflicto en un nuevo mundo no sería fundamentalmente ideológica ni económica. Sería cultural. Las naciones-estado seguirán siendo los agentes más poderosos pero el choque de civilizaciones dominará la política mundial. El conflicto entre civilizaciones sería la última fase de la evolución del conflicto en el mundo moderno. El resurgimiento de la religión ofrece una base de identidad y compromiso que trasciende las fronteras nacionales y une las civilizaciones. Al mismo tiempo que Occidente, en la cúspide del poder, provoca el “regreso a las raíces” de las no occidentales. En muchos países no occidentales se produce una “desoccidentalización” o “indigenización” de las élites en sus hábitos, culturas y estilos.
En conclusión, para Huntington, en el futuro no habrá civilización universal, sino un mundo de civilizaciones distintas, cada una de las cuales deberá aprender a convivir con las demás. Y las democracias liberales quedarán recluidas en Occidente: en Europa y EEUU que cada vez más estrecharán sus lazos de cooperación y defensa mutua.
¿Qué ha pasado para que el nuevo orden mundial se haya convertido en un desorden permanente donde nada es lo que parece ni nadie está en el sitio que le corresponde?
Sencillamente ha llegado Trump, quien ha dado un golpe al tablero, rompiendo las relaciones con sus socios europeos, amenazando, presionando, utilizando la fuerza bruta en vez del derecho internacional, imponiéndose a su propia ciudadanía estadounidense. Trump no entiende ni de extensión y profundización de la democracia liberal ni tampoco de diálogo entre civilizaciones. Solo reacciona ante la palabra dinero y poder.
Así, dice admirar a Putin, el eterno rival de EEUU tanto en sus principios ideológicos (como diría Fukuyama) como en sus fundamentos culturales (como afirmaría Huntington). No le importa negociar con fundamentalistas islámicos, aunque sean contrarios a las tesis estadounidenses. Desprecia a sus socios europeos. Intenta socavar la democracia interna de su país. Y se burla de la historia pasada y presente de EEUU, salvo aquella que tiene que ver con la invasión y las armas.
Lo que jamás hubieran imaginado las previsoras y lúcidas mentes de Fukuyama y Huntington es que el peligro real para las democracias liberales vendría justamente desde el interior del estómago de EEUU. ¿Cómo imaginar que la sociedad más próspera del mundo, con mayor poder y presencia internacional, constituida como la mayor referencia democrática, la nación soñada, el país de las oportunidades, el lugar donde todos querían vivir se iba a convertir en Saturno devorando a sus hijos?
Aquella posibilidad era tan descabellada e insólita como la posibilidad de una guerra civil en EEUU.
¿Han visto ustedes la película “Civil War” de Alex Garland de 2024? Una ciencia ficción realmente creíble sobre la futura guerra civil que podría producirse en EEUU.
En 2024 pensábamos que era completamente una ciencia ficción. Hoy, el titular de periódicos como “The New York Times” o aquí “La Vanguardia” abre su portada señalando: “El primer año de Trump en la Casa Blanca: la sombra de una guerra civil se cierne en EEUU”.
No es una exageración o un titular malintencionado, responde claramente a opiniones de estadounidenses como Reed Brody, abogado y fiscal especializado en la defensa de los derechos humanos, quien considera que el presidente Donald Trump “nos está llevando hacia una guerra civil en la que solo los suyos tienen armas”.
Sobre todo, porque Trump busca la manera de no realizar las elecciones de mitad de mandato y una posible, aunque incendiaria y descabellada, solución sería un enfrentamiento civil. Hay quien dirá que no hay razones, ni siquiera aplicando la controvertida Ley de Insurrección de 1807, pero, ¿quién puede pararle los pies a un autócrata como Trump?

