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Soledad Morillo Belloso: Sobre papel mojado

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La política —esa actriz veterana que nunca se jubila, que cambia de máscara pero no de oficio— vive de conveniencias que se evaporan con la misma facilidad con la que se anuncian. Nada es firme, nada es eterno, nada resiste el ácido del interés. Los acuerdos se firman sobre papel mojado, papel que ya llega húmedo a la mesa, como si alguien lo hubiera dejado caer en un balde de dudas. Se estampan firmas solemnes, se toman fotos con sonrisas de utilería, se pronuncian discursos que pretenden sonar a destino… pero todos saben que la tinta corre al primer aguacero. Y en política siempre llueve.

Los acuerdos no son cimientos: son toldos mal amarrados, levantados a la carrera para que no se moje el que manda. Se firman para ganar tiempo, para evitar un choque frontal, para simular que hay orden donde solo hay cansancio. Y cuando dejan de servir, se doblan, se guardan, se tiran. Sin duelo, sin nostalgia, sin siquiera un “gracias por los servicios prestados”. En ese teatro, gana quien tenga más poder para aguantar: más músculo, más paciencia, más cinismo, más capacidad de mirar al otro como si fuera prescindible. Porque lo es.

La historia ofrece ejemplos con la generosidad de quien reparte caramelos en un velorio. Hitler y Stalin, por ejemplo, se dieron la mano como dos compadres que se prometen favores eternos. La “amistad” duró exactamente lo que duró la conveniencia. Apenas uno sintió que podía comerse al otro, se acabó el teatro. No hubo sorpresa: así funciona el poder cuando se mira al espejo y se reconoce sin maquillaje.

En Venezuela, donde cada actor juega en varios tableros —el visible, el oculto, el internacional, el imaginario—, los acuerdos son criaturas aún más frágiles. Hay pactos que se anuncian, pactos que se niegan, pactos que se intuyen y pactos que se murmuran en pasillos donde la luz nunca entra. Quizás el llamado “gobierno temporal” haya firmado entendimientos con el “big brother”. Quizás hubo promesas, intercambios, silencios convenientes. Pero nada de eso es inoxidable. Aquí todo se oxida rápido: las alianzas, las lealtades, las narrativas, incluso las certezas.

La política venezolana es un terreno donde todo se sostiene con alfileres torcidos. Cada movimiento depende del viento, del miedo, del cálculo, del cansancio, del precio de romper o sostener. Es un ecosistema donde la estabilidad es un espejismo y la palabra “acuerdo” significa, en el mejor de los casos, “mientras tanto”.

Y en medio de ese teatro, aparecen las sonrisas, las condecoraciones y los apretones de mano: el atrezo del poder. Utilería brillante para una obra que nadie se cree, pero que todos fingen aplaudir. Quedan congelados en la foto, cuidadosamente iluminados, como si la imagen pudiera sostener lo que la realidad no aguanta. Son gestos diseñados para la posteridad… o para el engaño inmediato, que suele ser más urgente. Las sonrisas de porcelana, los pechos inflados de medallas que pesan menos que una mentira, los apretones de mano que duran lo que dura el flash. Después, cada quien se limpia la palma, guarda la medalla en un cajón y vuelve a su cálculo.

Las declaraciones, por supuesto, se archivan en el mismo álbum: frases solemnes que suenan a compromiso pero que nacen ya con fecha de vencimiento. Palabras que se pronuncian mirando a la cámara, no al interlocutor. Palabras que sirven para llenar el aire, no para sostener un acuerdo. La foto queda. El acuerdo, no.

Porque al final, cuando la tinta se escurre y la palabra se desgasta, lo único que permanece es la humedad del engaño. Y mientras la política siga escribiendo su historia sobre papel mojado, no habrá firma que valga más que el silencio futuro que la desmiente.

Así que antes de alegrarse o enojarse por lo que ve o por lo que le dicen que pasó, piense que todo está en veremos. Porque en este teatro, nada ocurre hasta que ocurre… y aun entonces, puede que tampoco.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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