Espacio de Juan Ramón Jiménez suma imaginarios proyectando una vida a partir de dos centrales referencias: el centro donde se ubica el poeta y el camino que evoca sus itinerarios. Centro y camino: morada y trayecto: espacios de vida, lugares construidos junto al tiempo, que va dándoles forma, escenarios que aferran al poeta a su presente.
Nietzsche habló alguna vez del centro como ese sitio personal e íntimo que los hombres construimos a lo largo de nuestra vida y termina por convertirse en una mezcla de morada y de prisión. Juan Ramón, por su parte, afirma que en el centro: “todo se ve a la luz de dentro, todo es dentro.”
Nuestros adentros, nuestro centro: compleja realidad donde residen pasado, presente y una voluntad de porvenir. Centro donde somos, a la vez, permanencia y cambio; donde interpretamos el mundo; hilvanamos recuerdos, a veces con amable parsimonia y a veces en medio de remordimientos y conflictos.
Sin centro permanecemos como a la deriva: frágiles ante el afuera y vulnerables frente a las circunstancias. Opuesto a lo céntrico está lo periférico, lo límite, lo ajeno. Uno de los mayores atributos de la escritura bien pudiese ser la configuración de nuestro centro. Y es que las palabras son, también, centro. Entre el ruido de la irracionalidad y el silencio de la ausencia de significados, nos centramos en nuestras voces. Con ellas nombramos nuesetra voluntad de metas y designios. Con ellas dibujamos la legitimidad de nuestro camino.
Si el centro es ese lugar donde “todo es dentro”, el camino sería el espacio de permanente comunicación con el afuera; travesía en la que, junto con avanzar, se trata de entender, de conquistar una armoniosa continuidad… El caminante adelanta sus pasos en un presente que lo envuelve. Una de sus satisfacciones será la potestad de comenzar, de aventurarse hacia nuevos horizontes. Protagonista de sus ahoras, el caminante se sabe eterno aprendiz obligado a extraer de cada logro y cada fracaso un mayor conocimiento de sí mismo. Entre la confianza y la sospecha, entre el optimismo y el desaliento, a veces alimentado por el coraje y en ocasiones debilitado por el temor, el caminante intuye que diseñar el camino, a imagen y semejanza de sus deseos, pudiera lucirle fácil; pero pusiera resultar muy difícil el transitarlo.
Fuerza del caminante capaz de extraer del camino cuanto pudiera enriquecerlo. Afortunado el caminante capaz de reunir arrojo y lucidez.
Opuesta a la imagen del caminante es la del transeúnte. Mientras aquél ha sabido otorgar un sentido a su tiempo y un significado a sus itinerarios, el transeúnte es un dilapidador de tiempo; un sumador de desplazamientos sin firmes secuelas. Para todo ser humano se tratará siempre de ser caminante y nunca transeúnte, fútil sumador de desmemorias…

