En la escena política venezolana, donde lo trágico se confunde con lo grotesco, dos nombres destacan con luz propia, aunque no necesariamente por sus virtudes: Delcy Rodríguez y María Corina Machado. A ambas, por extraños caminos, las une un mismo anhelo: la bendición de Donald Trump. Porque en esta tragicomedia que se escenifica entre ruinas institucionales y aplausos fingidos, la figura del expresidente estadounidense se ha convertido en una suerte de oráculo: quien logre que le guiñe un ojo, cree haber asegurado un lugar en el trono (o al menos en la foto).
Delcy, la dama de hierro tropical, ha hecho lo que pocos: llegar con su sonrisa de dentífrico a despachos donde hasta hace poco era persona non grata. Su paseo por Doha y su coqueteo con lobbies estadounidenses la muestran menos como una ideóloga del socialismo del siglo XXI y más como una pragmática a tiempo completo. Consciente de que el futuro chavista depende menos de Caracas que de Washington, Delcy se mueve como quien ofrece estabilidad al mejor postor. Y en esa oferta, Trump encarna una figura tan temida como deseada.
Por su parte, María Corina, desde el otro extremo del espectro ideológico, parece haber entendido que la ruta a Miraflores pasa por Mar-a-Lago. Su equipo busca acercamientos, sus voceros filtran simpatías, y su discurso, cada vez más enmarcado en valores republicanos clásicos, coquetea con los dogmas de la derecha trumpista. Ya no se trata de defender la democracia abstracta, sino de presentarse como el muro de contención frente al castro-comunismo, una narrativa que Trump entiende y celebra.
Lo irónico —o profundamente cínico— es que ambos polos del espectro político venezolano, supuestos enemigos irreconciliables, convergen en la necesidad de reconocimiento por parte del mismo actor externo. Es como si, tras años de enfrentamiento discursivo, hubieran descubierto que sus destinos dependen menos de la voluntad popular y más del humor de un expresidente norteamericano cuya relación con la verdad es tan flexible como la de ellos con la coherencia.
Trump, por su parte, disfruta del espectáculo. Sin mover un dedo, se sabe cortejado por ambos bandos. Si gana el chavismo con un barniz de apertura, será porque su influencia obligó a Maduro a cambiar. Si triunfa la oposición, será gracias a su supuesta presión y a la simpatía por María Corina. Cualquier desenlace lo tendrá como protagonista indirecto. Y eso, en política internacional, es oro puro.
Pero ¿Y Venezuela?
La pregunta, aunque incómoda, es necesaria. ¿Qué futuro le espera a un país cuya dirigencia —oficialista u opositora— gira en torno a la aprobación de un caudillo extranjero? ¿Qué clase de soberanía puede reivindicarse cuando las decisiones cruciales se diseñan no en función de los ciudadanos sino de la conveniencia geopolítica del momento?
El drama venezolano ha dejado de ser nacional. Se ha convertido en un tablero donde las fichas se mueven en función de intereses externos, y donde los actores locales compiten no por representar a sus compatriotas, sino por agradar a Washington. Trump, por ahora, no tiene que elegir: Delcy le garantiza orden; María Corina, capital ideológico. Y él —viejo zorro— no regalará su bendición sin arrancar antes un precio.
Así, entre besamanos diplomáticos y guiños de complicidad, Venezuela avanza, o más bien se arrastra, hacia unas elecciones cuyo resultado importa menos que el relato que lo acompañe. En ese teatro, Delcy y María Corina no son más que actrices principales de una tragicomedia escrita desde lejos.
Quizás lo más trágico no sea que ambas busquen el favor de Trump. Lo verdaderamente alarmante es que millones de venezolanos parezcan resignados a que ese sea su único horizonte político posible.
Maestría en Negociación y Conflicto – California State University – +1 (407) 221-4603

