Este artículo no es transparente: observa a Venezuela como a través de un vidrio empañado, deformando en sus contornos y confundiendo luces. Escribo desde emociones contradictorias —una alegría agria, una tristeza que baila, un dolor ebrio, una rabia sin rumbo—, una celebración encogida en medio del pantano. Venezuela no permite emociones limpias ni victorias puras. Incluso cuando algo se parece a un triunfo, llega manchado, traicionando aquel ideal fundante de la vieja cultura europea: la promesa de una sociedad de seres humanos libres e iguales.
La referencia al imperialismo romano no es un recurso literario: es una necesidad histórica. Hace más de dos mil años, Pompeyo Magno sometió Judea sin anexarla formalmente. Roma dejó gobernar a un rey local, Herodes, designado por el Senado, cuya función era clara y limitada: garantizar el orden interno, recaudar tributos y transferirlos al imperio. Judea tenía rey, pero no soberanía. Ese modelo de dominación tutelada —poder delegado sin autodeterminación— es el que hoy se reproduce en Venezuela. Roma expandía su poder apropiándose de territorios y capturando el excedente extraordinario generado por ellos. Hoy, ese excedente tiene nombre preciso: el petróleo venezolano, convertido en botín estratégico para Estados Unidos.
La verdadera sorpresa no vino de la derecha tradicional ni de los pitiyanquis declarados, sino del chavismo en estado puro. Delcy Rodríguez no actúa como una dirigente autónoma, sino como una figura tutelada por Estados Unidos: garantiza el orden interno, asegura la entrega de tributos —petróleo, contratos, compras— y administra la recuperación económica bajo supervisión externa. ¿Cómo no sentir alegría? Nuestras familias, golpeadas hasta el límite, mejorarán su condición material. Siempre me resultó paradójica la alegría del pueblo chino en medio de un sistema político totalitario; hoy esa paradoja se nos impone como espejo incómodo.
Gracias a Trump y a un chavismo comandado por Delcy —si no hay fisuras internas y si Diosdado acata la línea— entraremos en una transición de duración incierta, con prosperidad económica relativa, dirigida por la delegada de Trump. La lacaya no tiene margen de maniobra: o cumple el rol asignado o le han trazado un final peor que el de Maduro. La llamada resistencia tampoco parece tener alternativa; su destino es dejarse arrastrar, como un fragmento de anime a la deriva, por la corriente de los hechos. En paralelo, la narrativa épica del chavismo es tan ridícula y vergonzosa como la pretensión de la dirigencia de la resistencia de atribuirse una estrategia exitosa. Ambos relatos son farsas destinadas al consumo interno.
Padrino López y los hermanos Rodríguez, avanzando sobre una cuerda floja, capitularon, entregaron a Maduro y cerraron una negociación que no se improvisa. Que el acuerdo haya resistido los momentos iniciales —los más violentos e inestables— revela un largo y cuidadoso proceso de cocción. En 1983, Granada —una isla de 344 km², con menos de dos mil efectivos entre fuerzas locales y cubanas— fue sometida por Estados Unidos en ocho días. Que en Venezuela todo ocurriera en cuestión de horas solo se explica por una realidad escandalosa: la mayoría de los militares estaba en casa, de vacaciones, en pleno período festivo. ¿Qué general responsable deja a su ejército disperso mientras existe una amenaza creíble de invasión? Entre el 20 de diciembre y el 5 de enero, Padrino garantizó las condiciones ideales para una operación quirúrgica y exitosa.
Padrino robó la soberanía popular el 28 de julio al designar a Maduro antes de que se pronunciara el CNE. Repitió el gesto al nombrar a la presidenta antes del Tribunal Supremo de Justicia y de la Asamblea Nacional. Ese acto de usurpación tuvo recompensa: la Fiscalía norteamericana eliminó de la acusación contra Maduro todo lo relacionado con el Cartel de los Soles. Las declaraciones de los generales Carvajal y Clíver Alcalá sobre la responsabilidad directa de la estructura militar fueron descartadas. Maduro no será interrogado por los militares ni deberá rendir cuentas por ellos. La acusación quedó cuidadosamente reducida a sus vínculos con carteles de la droga colombianos y mexicanos y a su relación con las FARC. Justicia selectiva, impunidad pactada.
Quienes dirigen la transición en Venezuela —Trump y Marco Rubio— han anunciado que este proceso podría durar entre dieciocho meses y dos años. La pregunta es inevitable: ¿qué será de la Constitución? Esa misma que fue pisoteada por Chávez, violada por Maduro y que ahora vuelve a ser ignorada por quienes dicen conducir el cambio. El panorama se vuelve aún más oscuro si ampliamos el foco: ¿qué harán los otros amos del país, aquellos que mantienen fuerzas de ocupación en nuestro territorio y que cargan con el resentimiento de treinta y dos bajas? ¿Cómo jugará China, ese imperio pragmático al que poco le importa el sistema político mientras sus negocios estén garantizados? ¿Seremos moneda de cambio con Rusia en ese viejo y cínico reparto imperial de zonas de influencia?
Dentro de todo, sonrío como quien ríe en un velorio. Lo más degradado de la izquierda —su bagazo putrefacto— se alía, bajo dirección ajena, con la derecha más reaccionaria e imperial de nuestro tiempo. Tal vez sea hora de que quienes hace tiempo nos deslastramos de esa religiosidad ideológica que ha marcado a Occidente apostemos por una filosofía política latinoamericana, capaz de pensarse más allá de la dicotomía izquierda-derecha.
Seré impopular, pero coherente con lo que he sostenido durante más de treinta años en la academia: como diría Kant, una acción solo es correcta si puede universalizarse sin destruir el orden común. Si cualquier país puede derrocar gobernantes, imponer políticas económicas y apropiarse de recursos, no habría ley ni soberanía, solo fuerza; eso es injusto e ilegítimo. La cooperación entre Estados no puede fundarse en que el más poderoso exija materias primas y controle los modos de producción. Y aquí está mi contradicción: me sentí feliz al ver a Maduro apresado. No tengo dudas: había otras formas. Pero la realidad se impuso.
Frente a esta realidad obscena que nos ha tocado vivir, sigo creyendo —sin ingenuidad, pero sin renuncia— que, en algún momento de la historia, no sé si ahora, en cincuenta o en doscientos años, algo distinto será posible. Creo en la resurrección de los poderes creadores de nuestro pueblo caribeño; en la unidad construida desde la diferencia; en la recuperación de la razón y en el resurgir de las ideas. Y cierro con las palabras finales de la novela La piedra que era Cristo, de Miguel Otero Silva: Aunque nuevos herodianos pretenderán valerse de su nombre para hacer más lacerante el yugo que doblega la nuca de los prisioneros, no lograrán matarlo. Aunque nuevos fariseos se esforzarán en trocar sus enseñanzas en mordazas de fanatismo y en acallar el pensamiento libre de los hombres, no lograrán matarlo. Aunque izando su insignia como bandera se desatarán guerras inicuas, y se harán llamear hogueras de tortura, y se humillará a las mujeres, y se esclavizarán razas y naciones, no lograrán matarlo. Él ha resucitado y vivirá por siempre en la música del agua, en los colores de las rosas, en la risa del niño, en la savia profunda de la humanidad, en la paz de los pueblos, en la rebelión de los oprimidos, sí, en la rebelión de los oprimidos, en el amor sin lágrimas.
Profesor universitario

