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Rafael Fauquié: Concluido el proceso de la escritura II

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Ningún escritor podría predecir el juicio que la posteridad reserve a sus libros; para él, sólo cuenta el tiempo de su escritura. No tiene otra opción que su presente compromiso con las voces y su potestad para decirlas.

Alrededor del libro publicado suele moverse todo un proceso de socialización literaria que, al menos inicialmente, interviene muy directamente en el itinerario del libro recién concluido. Alguna vez dijo Juan Goytisolo amar la vida y amar la literatura pero detestar cordialmente la reunión de ambas: la vida literaria: ese proceso de sumados ritos y multiplicados protocolos, ese pulular de grupos y agrupaciones alrededor de la nueva creación del ser de palabras afamado o en camino de serlo.

Cambian los tiempos y, junto con ellos, cambian también las herramientas de la escritura así como los mecanismos de su recepción. Nuestra época de desasosiegos y prisas, ha conocido la llegada de la Internet: comunicación virtual dentro de los ilimitados lugares del ciberespacio. Para un creciente número de escritores, la Red se convierte en una morada posible para sus voces; sitio donde ubicarse o poder desplazarse; territorio donde permanecer y ser percibidos. Dentro de la Red, las palabras existen para ser leídas por todos. Ella funciona, de un lado, como una colosal imprenta virtual capaz de permitir a cada autor publicar inmediatamente todo cuanto escriba; del otro, como una infinita biblioteca donde leer todas las voces y escuchar todas las ideas. La Red permite que una parte de la Humanidad contemple eso que dice la otra. En medio de esa desmesurada abundancia existirá de todo: lo bueno y lo malo. Desgraciadamente, es el precio a pagar. Siempre habrá un precio a pagar. Pero, a la larga, el costo será menor que los beneficios. ¿El principal? Un mundo más fluido y cercano, más fructífero en la libertad de las palabras.

En el terreno literario, la Internet ha significado la libertad de una escritura que se mueve hacia todos los lugares; más independiente del juego editorial de los mercados y de la promoción de libros, más capaz de darse a conocer por sí misma… Y, a fin de cuentas, ¿no fue ése, no debió haber sido siempre ése el propósito esencial de la escritura literaria, la razón de ser de las voces escritas?

Desde luego, libros e Internet conviven y seguirán haciéndolo por mucho tiempo; pero es innegable que se han abierto las puertas hacia nuevas posibilidades en la comunicación y la creación. Cuando en el siglo XV apareció ese nuevo descubrimiento que fue la imprenta, muchos escépticos descreyeron de él y se lamentaron de la llegada del artefacto de Gutenberg. Dijeron de él que trivializaría el conocimiento porque todos tendrían acceso a las palabras escritas. De la misma forma, existen hoy muchos recelosos del alcance y las significaciones de la Internet que descreen de su eficacia y la consideran como incapaz de sustituir al libro impreso. Pero es un hecho que la Internet permite a cientos de millones de seres humanos, a lo largo y ancho del planeta, permanecer cerca de las voces que otros escriben; acaso una manera de contrarrestar, aún sea virtualmente, la densa viscosidad de tantas soledades como la que caracteriza a nuestros días. La Internet conjura, de alguna manera, el aislamiento o la desolación sin fin de la intemperie. Es un nuevo lugar: sin demarcaciones ni fronteras. Gracias a ella, nuestro mundo, tan atiborrado de desorientación, puede hacerse lugar de reunión de todas las voces: apertura a diálogos, informaciones, conocimientos. A fin de cuentas, la Internet es una de las secuelas, otra más de tantas, de ese invento que transformó para siempre la faz del mundo humano: la computadora, extraordinaria máquina con la cual los hombres rehicimos por entero nuestros actos y comprensiones; y, claro, también nuestras voces.

 

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