Es arduo y complicado entender que en el momento cuando toca escoger un camino, un sendero, frecuentemente nos equivoquemos a un costo incalculable. Esto viene al caso cuando analizamos la realidad latinoamericana e intentamos calcular el costo derivado de los errores políticos. Precipitarnos por abismos en cuyo fondo solo hay desgracias y destrucción, a pesar de que podríamos habernos colgado, emparentado con otras ideas, a mundos distintos donde la probabilidad de encontrar una mejor vida, siempre ha sido histórica e indudablemente superior.
Esta reflexión surge cuando nos adentramos en la historia de un país, Noruega y lo comparamos con la suerte de los países que anduvieron por otras sendas, inclinados a formar parte de la URSS, andar detrás de ellos, como Cuba y algunos países latinoamericanos. Veamos solo un gran ejemplo, el caso del impacto de ser un país petrolero en dos escenarios: Noruega y Venezuela.
Hoy, la nación escandinava de 4,9 millones de personas, es la mayor productora de petróleo en Europa Occidental y, con la mayoría de su producción costa afuera en el Mar del Norte, ha sido el mayor exportador de gas natural en el mundo, después de Rusia. Solamente Arabia Saudita y Rusia exportan más petróleo que Noruega, mientras que, en gas, el país tiene exportaciones a 12 países vía gasoducto y transporte marítimo en forma de gas natural licuado. Ambos productos contabilizan cerca del 50% del total de exportaciones. A pesar de que la industria petrolera Noruega nació después de la venezolana, en condiciones tecnológicas y humanas muy difíciles, en el mar el Norte; distinto al caso venezolano donde el petróleo estaba dentro de su territorio y constituía la más grande reserva de petróleo del mundo.
La pregunta es ¿qué hicieron distinto los noruegos con los enormes beneficios del petróleo a diferencia de Venezuela?
En Venezuela se optó por el camino rentista, su principal recurso, el petróleo, generaba un ingreso derivado de la condición de propietario de la tierra que ejerce el Estado en nombre de la nación.
La renta petrolera no se produce, se captura, se identifica como una transferencia unilateral de recursos desde el mercado internacional de hidrocarburos hacia la economía nacional. Políticamente se deshecha la posibilidad de invertir en el crecimiento industrial, agrícola y comercial del país. La única opción adoptada era el camino rentista, el mismo que ha transitado desde las primeras décadas del siglo XX hasta hoy.
El petróleo se concibe solo como dispensador de renta. El camino rentístico fue trazándose a partir del diseño de un aparato jurídico sobre el cual se edificó un entramado institucional originado en el derecho regaliano heredado de la Corona, el Estado es el amo de las minas que yacen en el subsuelo.
Mientras en Noruega los responsables políticos vigilaban que los beneficios petroleros no destruyeran otras actividades económicas, por el contrario, las favorecieran, en Venezuela el concepto rentista fue avasallante, debilitando el resto de sectores económicos y convirtiéndose en un país importador, abandonando prácticamente el crecimiento industrial y el desarrollo de un potente sector agro alimentario para lo cual contaba con recursos naturales y humanos de gran calidad.
Noruega no asume el concepto rentista, considera el petróleo un beneficio que potencia otros sectores económicos, agiliza la modernización, la inversión en ciencia y tecnología y una política fuerte de capacitación de recursos humanos.
Para asegurarse que futuras generaciones pudieran beneficiarse de las grandes reservas de petróleo, inicialmente descubiertas en 1969 y que eventualmente se agotarán, Noruega ahorra parte de los ingresos en un fondo avaluado en 550 billones de dólares. Existe la regla del 4%, la cual limita los vaivenes de esta economía; bajo esta, el gobierno no puede gastar más del 4% de este fondo anualmente. Según Snorre Evjen, cabeza del Fokus Bank, Noruega no tiene deuda neta, por lo que los noruegos tienen poco de qué preocuparse.
La pregunta que debemos formulamos con toda claridad es cómo dos industrias de propiedad del Estado pueden ser manejadas de forma tan diferente. Nuestra hipótesis se funda en la idea de que el camino depende del carácter de las instituciones políticas existentes en cada sociedad. Partiendo del concepto de que, si el marco institucional es democrático e inclusivo, la tendencia puede ser abierta a la participación, beneficio y rendición de cuentas a la sociedad. Por el contrario, si las instituciones son excluyentes, la propiedad se convertirá en un instrumento de control político por parte del sector que acapara el poder.
La hipótesis que asumimos plantea que la diferencia en el impacto de las industrias petroleras en Noruega y Venezuela, a pesar de ser en ambos casos propiedad del Estado -aunque la Noruega tiene un porcentaje en la Bolsa- no es resultado de problemas técnicos, ni ambientales. En nuestro criterio, el efecto está vinculado a problemas ligados con la formulación estratégica del país. En Venezuela se ha tratado de avanzar en la construcción de un país socialista, con un Estado propietario de las principales fuentes de generación de riqueza y una total concentración de poder en manos de quien ejerza como presidente de la república, aunado a una notable ausencia de equilibrio de poderes.
Mientras en Noruega el Congreso, como legitima representación ciudadana, decide sobre la asignación de los beneficios petroleros, en Venezuela quien ejerza el cargo de presidente es el gran decisor, basado en su concentración de poder y en el desequilibrio entre los poderes. Las decisiones se concentran en el poder ejecutivo y en la estructura de control, al igual que la valorización de los recursos humanos y la redistribución de los beneficios, elementos que prefiguran una dirección política que han definido la vinculación o separación de esta industria como empresa pública con su sociedad.
Veamos la labor de V-Dem, la institución noruega dedicada al estudio de la democracia cuyos objetivos son proveer un multidimensional y desagregado conjunto de datos que reflejan la complejidad del concepto de democracia, como un sistema de gobierno que va más allá de la simple presencia de elecciones. V-Dem distingue cinco niveles o principios de democracia: electoral, liberal, participativa, deliberativa e igualitaria y colecta datos en este campo amplio y profundo.
Atrevámonos a comparar el resultado de estos dos caminos divergentes de Noruega y Venezuela y hagamos el esfuerzo de tratar de aprender de un país como Noruega que garantiza a sus ciudadanos prosperidad y felicidad. En Noruega jamás podría considerarse el petróleo como excremento del diablo.
Las expectativas de un ciudadano noruego giran en torno a la igualdad, la naturaleza, la honestidad y un fuerte estado de bienestar, valorando la modestia, la transparencia, la seguridad social (salud, educación gratuita) y una alta calidad de vida, donde se espera un trato directo y una fuerte conexión con actividades al aire libre.

