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Rodolfo Izaguirre: Rodeado de misterios

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Vivimos rodeados de misterios porque, en primer lugar, también somos misteriosos como los gatos y a eso se refirió a su manera Vicente Gerbasi: jamás sabremos de dónde venimos ni hacia dónde vamos. Pero no se trata de mis enigmas, sino de los miedos que me acechan, me envuelven y me atosigan porque no acierto a despejar sus espinosos secretos. Son misterios que surgen de nuestros propios actos y a veces me pregunto si sigue siendo inocente la bala que acabó con Ezequiel Zamora en San Carlos, porque si recordamos, en esa misma cabeza estuvieron dando vueltas el reparto de las tierras y la liquidación de los godos y se dice que los godos son muchos, tienen sicarios y acostumbran andar armados. Con la muerte de Ezequiel se pierde un extraordinario líder popular, pero su muerte debió alegrar a alguien.

Nuestra Historia está plagada de ”misterios”. Las pruebas que acusaban al general José María Obando del asesinato del Mariscal desaparecieron “misteriosamente” y diez años más tarde el único de aquel grupo de conjurados que resultó fusilado en la Plaza Mayor de Bogotá fue el coronel Apolinar Morillo.

Después de Jesucristo, el único ser que ha resucitado es Lázaro, pero en mi imaginación dos centuriones lo vieron caminando por la calle y le preguntaron: ¿tú no eres Lázaro, uno que resucitó? Lázaro dice que sí y los centuriones lo ultiman con una lanza diciéndole: !Entonces, vuélvete a morir!

Sigue siendo un misterio la  presunta participación de Marcos Pérez Jiménez en la muerte de Delgado Chalbaud y la Policía Técnica Judicial llama “Cangrejo” aquellos casos difíciles de resolver. El de un sacerdote en Ciudad Bolívar, por ejemplo, acusado de asesinar a su hermana, pero luego se determinó que fue la madre quien mató a la chica. En otro caso se presumió que fue un diputado del partido de gobierno quien asesinó a su mujer, pero el oficialismo político aceleró el paso y condenó de inmediato a los comunistas porque adoramos los misterios, y nos fascinan las muertes violentas, pero de inmediato culpamos a uno o a varios inocentes. En la muerte por accidente de Renny Ottolina surgieron varios nombres culpables de inevitable atentado, pero luego se supo que el piloto de la avioneta, amigo personal de Ottolina, sabía manejar la avioneta, pero no sabía navegar y en lugar de coger el camino del mar para ir hacia la isla de Margarita, eligió el camino de la montaña y se estrelló al no más alzar vuelo y el “misterio” político de aquella muerte se desvaneció también al no más alzar vuelo.

¡Pero estos misterios ya son historia! ¡Son Cangrejos!

Me refiero a los que en el momento en que escribo golpean duro las puertas de las casa y gritan desde la calle porque son misterios que algún día descubrirán sus secretos o por el contrario, se negarán a hacerlo, y preferirán permanecer sembrados en el silencio de las balas que acabaron con el Mariscal, el único ser que conoció tres muertes: la muerte física en las selvas de Berruecos, la muerte social porque toda la familia murió durante la guerra de independencia y la muerte política porque estaba llamado a ser el Delfín. Es otra la bala que eliminó de la guerra federal al yerno de Juan Crisóstomo Falcón.

Hablo de los nuevos misterios: el que rodea la Operación Guacamaya que sacó de la Embajada de Argentina a quienes allí se encontraban refugiados; el que envuelve la desaparición de Milnovecientos para aparecer heroica y radiante (para gloria de todos nosotros) después de una peripecia, igualmente misteriosa, en un distante Oslo noruego.

Algún día lo sabremos, pero lo que jamás lograremos saber es por qué Margot Benacerraf no hizo la película por la que recorrió el mundo buscando incesantemente a una gorda como protagonista de una estupenda historia inventada por Gabriel García Márquez.

 

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