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Rafael Fauquié: Esperanzada inconformidad II

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Sobrevivimos a la realidad apoyados en dos actitudes complementarias: la inconformidad y la esperanza. La inconformidad es la humana consecuencia de una manera de mirar y entender. Imposible no manifestar nuestro inconformismo ante mucho de cuanto sucede a nuestro alrededor. Imposible no abrigar cierta inconformidad ante lo ilógico, lo injusto, lo negativo, lo insuficiente, lo cruel. Imposible no interrogarnos críticamente sobre nosotros mismos, ante mucho de eso que nosotros mismos somos. Inconformidad con lo que desearíamos haber hecho de manera diferente, haber vivido de manera diferente, haber actuado de manera diferente… Inconformidad colocada al origen de frecuentes desacuerdos con nosotros mismos y con la realidad.

Frente a la inconformidad se erige la esperanza. Una esperanza alentada por esa misma inconformidad que obliga a entender, a cuestionar, a buscar respuestas. La esperanza otorgará siempre un sentido a la acción rebelde, a sus visiones, sus proyectos, sus convicciones…

El inconformismo forma parte de lo más auténticamente libre de la condición humana. De muchas maneras, todo ser humano genuinamente libre está obligado a ser rebelde; a decidir por sí mismo, a apostar por su personal plenitud, a elegir su manera de enfrentar la realidad, a definir su comunicación con los otros. Pero para ser legitimador, el inconformismo habrá de ser racional, estrechamente próximo a una ética que no cesa de establecer balances, una lógica, un sentido. En modo alguno la rebeldía tiene por qué ser destructiva o egoísta. Por el contrario, ella pudiera conducir al rebelde hacia la conciencia de una personal legitimidad en su relación consigo y en su manera de ir más allá de sí mismo.

Al vasto y complicado mundo del afuera el inconforme se concibe residente de una realidad que apela a la prestidigitación de algún impostergable sueño. Sabe que nunca alcanzará a convertirse en absoluta certeza para sí mismo. Entiende su tiempo como apuesta, posibilidad, legitimación… Precisa haber vivido y haber aprendido a vivir para entender que su rebeldía o es fecunda, o no es nada; que, o bien ella le conduce hacia la aceptación de sí mismo y al reconocimiento del carácter de su relación con los otros, o podría llegar a destinarlo a una estéril y mortecina soledad.

¿Uno de los mayores desafíos para el inconforme? Distinguir en la precaución y el sentido común la más certera actitud ante sus cuestionamientos. Tal vez se proponga convertir su rebeldía en voz, en escritura. Definitivamente, se niega al silencio; vive para decir, para expresarse. Escribe y se describe. Se interroga. Se interpreta. Se explica. Distingue contradicciones en sus pasos y en sus actos. Con sus voces dibuja alusiones que, a menudo, no alcanza a comprender sino a la distancia. Quizá el más claro sentido de su escritura sea el propósito de reunir esos mensajes que pudieran ilustrar los muchos aprendizajes surgidos de su tiempo. Todo forma parte de una personal decisión por habitar junto a esas voces que, entre mucha expresada inconformidad, le permiten, también, escuchar las entonaciones de su esperanza. Jamás su rebeldía podría dejar de relacionarse con expectativas proyectadas sobre las cosas nombradas con palabras  convertidas en interrogantes, respuestas, adivinanzas, desciframientos, y, acaso sobre todo, en admoniciones alusivas a los entrevistos panoramas de sus travesías…

 

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