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Aglaia Berlutti: El Nuremberg de James Vanderbilt

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Un repaso crítico a la memoria histórica.

Nuremberg de James Vanderbilt analiza el histórico juicio a los jerarcas y funcionarios nazis desde la perspectiva de una cruel lección para el futuro. A la vez, explorando en la tenebrosa posibilidad de que todo error a la escala de una tragedia semejante puede volverse a repetir en el presente al menor descuido del poder. Por lo que se enfoca en las lecciones más duras que los controvertidos eventos dejaron a su paso. 

Nuremberg, dirigida y escrita por James Vanderbilt, no es un drama histórico o, al menos, no uno típico. En realidad, la película, que reconstruye los sucesos alrededor de los tristemente célebres juicios a los jerarcas y líderes nazis que se llevaron a cabo entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946, tiene la intención de explorar en su significado como evento que marcó a Occidente de una manera indeleble. Por lo que, aunque muestra un paisaje histórico, lo que explora es un retrato indignante del ahora.

De modo que la película comienza detallando a un mundo que cree haber aprendido las lecciones más oscuras de la historia, y aun así cae en los mismos agujeros. No hace falta buscar demasiado para ver el paralelismo: basta pensar en detenciones arbitrarias, violencia estatal normalizada y burocracias que devoran individuos como si fueran una mala estadística. El filme sabe lo que está evocando y lo hace sin gritar, pero con una firmeza incómoda. La premisa parece trascendental —la búsqueda de justicia—, aunque el enfoque de Vanderbilt es menos complaciente y más incómodo: se pregunta si realmente hemos entendido algo sobre la rendición de cuentas o si seguimos encantados con fabricar monstruos y luego fingir que nos sorprenden.

A medida que avanza la trama, el espectador se encuentra ante un discurso que no solo revisa el contexto bélico y jurídico, sino que disecciona cómo los Estados pueden fabricar enemigos internos con una facilidad aterradora. El filme no se limita a describir crímenes, sino que muestra la escalada progresiva de decisiones que conducen a tragedias masivas. Lo interesante es cómo lo hace sin sermones largos ni subrayados innecesarios: simplemente muestra engranajes funcionando, gente justificando lo injustificable y un clima social que normaliza demasiado rápido lo intolerable. Esa ambigüedad es una de sus armas narrativas más efectivas.Un libro, dos hombres y un juego psicológico.

Para eso Nuremberg (que adapta el libro de Jack El-Hai de 2014) narra la extraña dinámica entre Hermann Göring (Russell Crowe) y el psiquiatra estadounidense Jack Kelley (Rami Malek). Pero en lugar de la reflexión filosófica del texto, la cinta convierte la relación en un ring mental donde ninguno quiere admitir que está perdiendo. Crowe encarna a Göring desde una calma perturbadora, casi doméstica, como si estuviera interpretando a un vecino simpático que, casualmente, cometió atrocidades.

Malek, como Kelley, explora en una energía más nerviosa pero igual de magnética. Lo curioso es cómo la película muestra que ambos están interpretándose mutuamente: uno juega con su propia imagen para manipular la narrativa, mientras el otro se debate entre su vocación científica y la oportunidad de capitalizar su experiencia.

Kelley no aparece idealizado. Más bien lo contrario. El filme subraya que, además de su deseo de entender la mente criminal, también quería un libro exitoso y reconocimiento. Ese equilibrio ético dudoso hace que su personaje sea más interesante: un hombre atrapado entre la historia, su ego y sus ganas de creer que está haciendo lo correcto.

Sus dudas se muestran sin dramatismos excesivos; son gestos, silencios, pequeñas traiciones a sí mismo. La película lo construye desde un realismo incómodo, a veces incluso gracioso, como si señalara lo fácil que es fallar cuando se cree estar del lado correcto.

El juicio, la prisión y los engranajes del poder

El filme revela detalles de la prisión, los preparativos del tribunal y la tensión política entre los aliados. También coloca en primer plano la tarea del juez Robert H. Jackson (Michael Shannon), que lucha para que el proceso sea legítimo, ordenado y útil para el futuro. Shannon aporta esa energía suya tan característica: parece que su personaje lleva años sin dormir, pero aun así consigue articular discursos impecables.

Su trabajo no intenta convertir a Jackson en un héroe trágico, sino en un funcionario obstinado que cree en la importancia del precedente legal. Curiosamente, esa convicción lo hace más humano: un tipo que cree que la justicia puede resistir incluso cuando todo alrededor está oxidado.

Sin embargo, el corazón narrativo está en el intercambio entre Göring y Kelley, un giro que brinda a la película un estudio sobre cómo opera la manipulación. Crowe construye un Göring carismático, cercano, casi paternal, que solo de vez en cuando deja asomar la violencia latente. Esos momentos fugaces son los más inquietantes, porque recuerdan lo fácil que es confundir encanto con humanidad. El filme sugiere que la retórica del poder funciona precisamente así: desliza afecto para esconder crueldad. Y cuando Kelley empieza a creerse especial por “entender” al criminal, se abre una grieta ética que el espectador percibe con claridad. La película hace que esa incomodidad sea parte del atractivo.

 Vanidad, poder y manipulación

La historia avanza mostrando cómo Kelley, incluso sin querer, se convierte en pieza útil para Göring. No importa que el psiquiatra piense que lleva el control; la película deja claro que el nazi entiende el juego mejor que cualquiera. Un gesto, una frase calculada, una supuesta torpeza lingüística… todo parece diseñado para instalar la ilusión de que Kelley está viendo más de lo que realmente ve. Es un retrato elegante sobre cómo los victimarios manipulan a observadores inteligentes que creen ser inmunes. Y el filme lo maneja con ironía fina, casi cruel, como si nos recordara que los monstruos rara vez actúan como monstruos. A veces son los mejores actores de la habitación.

Vanderbilt combina humor seco con un tono sobrio que recuerda a películas históricas de gran presupuesto, pero con un toque más mordaz. Ese humor evita que la historia se hunda en solemnidad absoluta; ayuda a que la narración avance sin volverse un sermón. Cuando Göring observa a Kelley como quien estudia ingredientes antes de cocinar algo, la imagen resulta tan precisa como terrible. Y funciona porque la película no lo explota de forma morbosa, sino como recordatorio de que los líderes criminales solían — y suelen — ganar influencia porque saben leer a la gente mejor que la gente se lee a sí misma.

Una película clásica en tiempos que ya no lo son

En conjunto, Nuremberg se siente como un tipo de cine que ya casi no se produce: serio pero accesible, ambicioso sin pretensiones de genialidad, pensado para un público amplio y dispuesto a reflexionar. La película combina didactismo, dramatización y observación crítica de manera equilibrada, sin caer en sentimentalismo barato ni en grandilocuencia heroica.

Lo más interesante es cómo logra insertar ideas incómodas dentro de un relato que, en apariencia, solo pretende reconstruir un momento histórico. Esa habilidad convierte al filme en un caballo de Troya narrativo: entra por la puerta grande del cine histórico y sale susurrando comentarios ácidos sobre la política contemporánea.

De modo que la conclusión deja un mensaje claro sin caer en discursos explícitos: los horrores no nacen de la nada, sino de sociedades que miran hacia otro lado demasiado tiempo. La película usa esa reflexión como punto final, recordándonos que el peligro nunca es solamente el dictador, sino la multitud silenciosa que le abre paso. Y ahí, en ese eco, está el recordatorio más perturbador: lo que ocurrió allí puede repetirse en cualquier lugar que prefiera la comodidad al pensamiento crítico.

 

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