Estimada María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz:
Lo primero que deseo expresarle es mi reconocimiento por la valentía que demostró durante la campaña electoral de 2024, recorriendo el país y asumiendo, con entrega excepcional, la responsabilidad de acompañar al candidato elegido por quien organizó las primarias. primarias organizadas por la Plataforma Unitaria, el embajador Edmundo González Urrutia. Celebro el proceso de recolección de las actas, posible gracias a su liderazgo y a una estructura que logró articular a todos los partidos políticos de la oposición, incluyendo —como usted misma ha reconocido— a militares comprometidos con la restitución de la legalidad republicana. Cuando recibió el Premio Nobel de la Paz, escribí un artículo explicando las razones que justificaban la decisión del Comité y celebré la distinción como un reconocimiento a la resistencia democrática del pueblo venezolano.
He sostenido de manera constante que Venezuela no vive una polarización en sentido estricto, porque para que exista tal fenómeno deben existir polos con legitimidad equivalente. En una dictadura solo hay dos lugares posibles: quienes detentan el poder arbitrariamente y quienes resisten. También he defendido que la comunidad venezolana necesita del acompañamiento internacional para alcanzar la liberación; igualmente comparto que confrontar una tiranía no es un asunto ideológico. Las ideologías solo florecen en condiciones democráticas, allí donde el pensamiento es libre porque la acción es posible.
Sin embargo, deseo manifestarle mi profunda tristeza por el “Manifiesto de la Libertad” que usted publicó en sus redes sociales. Ese sentimiento no se debe al contenido de las ideas —todas ellas, como cualquier conjunto de enunciados, son susceptibles de ser compartidas o discutidas—. Cada lector subraya aquello con lo que coincide y debate lo que le resulta problemático; esa es la dinámica propia de la hermenéutica, del ejercicio de leer y confrontar. Pero esa dinámica no constituye, por sí misma, el acto político.
Permítame recordar una frase que escribí recientemente en el artículo “El país desgarrado”: Arendt señala que la acción política solo existe cuando la palabra se convierte en acto concertado, cuando una pluralidad se levanta con un propósito común. En ese sentido, el “Manifiesto de la Libertad” no fue un acto político: fue la expresión respetable, legítima, de su pensamiento. Pero la diferencia entre pensamiento y acción política —entre reflexión y aparición pública en sentido político— no es trivial; es sustancial, como diría Aristóteles.
Los manifiestos políticos de la disidencia o resistencia se llaman así porque sintetizan los acuerdos de una comunidad, ya sea institucionalizada —como un partido político o varios— o articulada coyunturalmente a través de un consenso ciudadano. El documento que usted publicó no está firmado por Vente Venezuela, la organización que dirige, ni por los partidos de la alianza que lidera, tampoco por el presidente electo por los venezolanos, Edmundo González Urrutia. La única firma es la suya. Y cuando un texto está suscrito por una sola persona expresa, estrictamente, una opinión individual.
La cuestión central que deseo señalar —en el marco de los procedimientos democráticos— es que en ese documento usted asume la representación de todos los venezolanos que resistimos al régimen. Si respetamos la democracia, es decir, los mecanismos acordados por la comunidad para adoptar decisiones, debemos recordar que quien fue electo por el país es Edmundo González Urrutia. Usted misma aceptó esa regla cuando el régimen le impidió arbitrariamente postularse y, con inteligencia política, acordó junto a todos los partidos de la Plataforma Unitaria un método alternativo para resguardar la voluntad popular. De ese acuerdo se desprende que la representación formal recae en el presidente electo.
Lo anterior se refiere exclusivamente a la forma, al plano procedimental que hace posible la vida democrática. Me referiré en el siguiente punto a un asunto de fondo.
Distintas voces —analistas, historiadores, intelectuales, artistas y periodistas— han insistido en que uno de los problemas constitutivos de la experiencia venezolana ha sido el caudillismo, desde José Antonio Páez hasta buena parte del siglo XX, fenómeno que mutó en la etapa democrática en nuevas expresiones de cogollocracia. También han coincidido en que la dificultad en el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez no radicó en su programa —el Gran Viraje que fue, en muchos sentidos, un proyecto necesario—, sino en la excesiva confianza en su propio liderazgo, lo que debilitó el tejido político en el sentido arendtiano del término, transformándose, en el ingrediente del inicio del derrumbe democrático. Chávez, por su parte, reactivó un ethos caudillista-militarista heredado del siglo XIX, al que añadió un componente mesiánico que disolvió por completo la noción de ciudadanía.
Mi reflexión no alude únicamente a su documento, sino a la Venezuela que aspiramos construir. La democracia exige instituciones sólidas, prácticas deliberativas, direcciones colegiadas, límites claros al poder personal y un sentido profundo de responsabilidad pública. La política democrática —como ya indicaba Arendt— no es la obra de un héroe solitario, sino de una pluralidad que actúa concertadamente.
Usted firma el documento. Nada más. Ojalá pronto se conozca un texto respaldado por todas las personalidades y partidos que integran la alianza democrática, explicando si hubo una deliberación colectiva que sustente ese manifiesto. Mientras eso no ocurra, el documento expresa exclusivamente su posición personal, no un acuerdo político de la coalición.
Quiero dejar algo con absoluta claridad: estoy en sintonía con algunos puntos de su reflexión. Pero me mantengo radicalmente en contra de cualquier forma de personalismo o caudillismo y apuesto, sin reservas, por una dirección colectiva. No en el futuro, sino ahora mismo, en el marco de la resistencia. Porque solo una conducción plural educa en la convicción —indispensable para la reconstrucción nacional— de que las instituciones y los proyectos comunes son más importantes que las personas.
Por eso le escribo esta carta con franqueza republicana. No para desmerecer su liderazgo, sino para recordarnos —a todos— que Venezuela no será reconstruida por la voz de una sola persona, por ilustre que sea, sino por la inteligencia colectiva que emerge cuando cada ciudadano se sabe responsable del destino común. La grandeza política no consiste en dirigir la esperanza hacia un rostro, sino en hacer posible que la esperanza se distribuya entre muchos. Ese es el desafío civilizatorio que tenemos delante: abandonar para siempre el hábito histórico del salvador providencial y abrazar, con rigor democrático, la tarea más ardua y hermosa de todas, que es gobernarnos juntos. Solo así la libertad dejará de ser una palabra herida y podrá convertirse, finalmente, en una forma de vida.
Profesor universitario

