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Soledad Morillo Belloso: Milcolores, el camaleón que temblaba

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En Pampatar, las tardes huelen a salitre y a mango maduro. Allí vivía un camaleón con nombre de carnaval: Milcolores. No era un camaleón cualquiera. Tenía la piel como paleta de pintor distraído y los ojos como dos faroles que miraban en direcciones opuestas, como si buscaran siempre una salida y una entrada al mundo. Lo curioso de Milcolores no era su andar pausado ni su habilidad para confundirse con los muros de coral viejo. Lo curioso era su miedo. Un miedo hondo, casi humano, que lo paralizaba cada vez que el cielo decidía relampaguear.

Los viejos del pueblo decían que Milcolores había nacido en una noche de tormenta, cuando el mar se revolvía como si tuviera pesadillas. Que su primer respiro fue justo después de un trueno que hizo temblar las ventanas de la iglesia. Desde entonces, cada vez que el cielo se encendía con esos látigos de luz, Milcolores se encogía, se apagaba, se volvía sombra.

Vivía en el muro del solar de la señora Carmen, una mujer de voz ronca y manos dulces, que barría la acera con escoba de palma y cantaba boleros como quien conjura fantasmas. Carmen lo había adoptado sin decirlo. Le dejaba hojas de lechuga en una tapita de mantequilla y le hablaba como se le habla a los niños que no saben que tienen miedo. “Tranquilo, Milcolores, que el trueno grita, pero no muerde”, le decía, mientras el cielo rugía como león viejo.

Una tarde de octubre, cuando el calor se volvía espeso y los pájaros callaban como si supieran lo que venía, el cielo se partió en dos. Un relámpago cayó cerca del castillo San Carlos de Borromeo, y el estruendo fue tan fuerte que hasta los perros y los gatos se metieron debajo de las camas. Milcolores, que estaba trepado en una mata de uva playera, se desmayó. Cayó como hoja seca, sin color, sin pulso.

Carmen lo encontró al rato, tieso, con los ojos cerrados y la piel gris como ceniza. Lo recogió con cuidado, lo envolvió en un pañuelo de lino y lo puso sobre su mesa, al lado de la radio que siempre tenía encendida. Sonaba un bolero de Daniel Santos, “Esperanza inútil”. Carmen le cantó bajito y le puso una gota de agua en la boca. Milcolores tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, lo primero que cambió fue su color: del gris al verde, del verde al azul, del azul al naranja. Como si volviera a la vida por capas, por recuerdos.

Desde entonces, cada vez que el cielo amenaza con tormenta, Milcolores corre —con esa lentitud suya que parece urgencia— hasta la ventana de Carmen. Ella ya sabe. Le abre, le pone su hojita de lechuga, su poquita de agua y le canta. A veces le cuenta historias de su infancia, de cuando creía que los relámpagos eran señales de dioses mitológicos —como lo había leído en la enciclopedia Lo sé todo—, o de cuando su madre le decía que el trueno era solo el cielo hablando fuerte porque alguien no lo escuchaba.

Milcolores escucha. No entiende, pero escucha. Y aunque el miedo no se le ha ido, ya no se desmaya. Se queda quieto, temblando, pero acompañado. Porque hay miedos que no se vencen, pero se abrazan. Y hay relámpagos que no matan, pero enseñan.

Los niños del pueblo ya no se burlan. Le han hecho canciones, lo han pintado en las paredes, y cuando llueve, lo buscan con la mirada. “¿Dónde estará Milcolores?”, preguntan. Y Carmen, desde su ventana, responde: “Aquí está, como siempre, esperando que el cielo se calme”.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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