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Soledad Morillo Belloso: Esto lo escribió Manuela

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En la esquina de la calle El Sol, justo donde el viento se arremolina con olor a papel viejo y café recién colado, y las paraulatas cantan desde temprano, vivía Manuela. No era poeta ni monja ni secretaria. Era escribidora. De cartas. De esas que los demás necesitaban, pero no sabían cómo empezar. Manuela tenía una caligrafía que parecía bordada con hilo de agua: curva, delicada, con ese temblor justo que hace que el amor parezca sincero.

No firmaba las cartas. Las entregaba en sobres de papel manteca, con una flor prensada dentro, si el encargo lo pedía. “Para que huela a verdad”, decía. Y vaya que olían. A jazmín, a mango maduro, a domingo sin prisa.

La gente llegaba a su puerta con el corazón enredado y la lengua muda. “Manuela, ayúdame. Es que la quiero, pero no sé decirlo sin que se ría.” O “Manuela, dile que me perdone, pero sin que parezca que me arrastro.” Y ella escuchaba, asentía, tomaba nota en su libreta de tapas rojas, y luego, como quien prepara un conjuro, se sentaba a escribir.

Las cartas de Manuela tenían ritmo de bolero y gramática de suspiro. Sabía cuándo usar “te extraño” y cuándo era mejor decir “me haces falta”. Sabía que “con cariño” no es lo mismo que “con amor”, y que “tuya” puede ser promesa o amenaza, según el tono. A veces escribía en plural, como si el amor fuera cosa de dos desde el principio. O usaba diminutivos para que el perdón entrara sin dolor.

Nunca cobró por sus cartas. Le dejaban cambures, arepas, jaboncitos de olor, y una vez, un gallo que cantaba a destiempo. “El amor no se vende”, decía, “pero se puede afinar.”

Dicen que una vez escribió una carta tan y tan hermosa que el destinatario se enamoró de quien la escribió, no de quien la encargó. Hubo lío, hubo llanto, pero también hubo boda. Manuela no fue. Mandó una nota breve: “Que les dure el encanto.”

Hoy, cuando alguien encuentra una carta vieja en una caja de zapatos, con letra que parece bailada y palabras que aún calientan el pecho, se dice en voz baja: “Esto lo escribió Manuela.” Y el silencio que sigue es como un aplauso.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

 

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