pancarta sol scaled

Sergio Monsalve: La neutralización de Bad Bunny

Compartir

 

Bad Bunny aseguró que había “muchas razones” por las que decidió no ir a Estados Unidos.

Antes Bad Bunny era incómodo, políticamente incorrecto, un cantante menor de la periferia, infravalorado por la academia.

Fue su tiempo de emerger como símbolo de la cultura juvenil de su país, logrando un impacto casi inmediato sobre la audiencia del milenio.

Con el paso del tiempo, su imagen y música sufrieron un proceso de inevitable domesticación, hacia su actual estado de potabilidad mainstream, en un parque temático caribeño e infantilizado, sobre el folklore y las raíces del encanto boricua.

Es una historia típica de la masificación y neutralización de la vanguardia. A todos conviene el juego, desde el siglo XX. Lo hemos visto en el punk, el metal, el rap y el hip hop.

Tocaba el momento de sucederle al reguetón y sus figuras molestas de otrora, cuando tus papás lo odiaban y lo consideraban una mala influencia.

Hoy Benito es trendy, es de todos y se acabó como fenómeno disruptivo, a no ser para quien lo descubre tarde, con el entusiasmo de un periodismo rococó, cuya capacidad crítica se esfumó para no desentonar con las tendencias.

Los productores y manejadores de Bad Bunny lo entendieron y así explotan su marca ante el reinado del vacío analítico de las redes, donde priva el sentido de la tribu, del estás conmigo o contra mí.

De tal modo, nadie osa decir: “El rey Ocasio está desnudo” en su residencia del Choli, es venta de humo, la paradójica prueba de su doble estándar y moral, al gentrificar todo lo que toca, la salsa, el merengue, la bachata, obviamente el trap duro y ponzoñoso.

Atrás quedó la era del Conejo Malo al servicio de DJ Luian, Hear this Music y Mambo Kingz, quienes arreglan, componen y perfilan el estilo de los primeros éxitos del cantante, como “Soy peor” y su videoclip inconfundible.

Entonces, recuerdo, corría el año 2016, los chicos escuchaban sus temas a escondidas de sus progenitores, y nadie imaginaba el futuro de la gallina de los huevos de oro, recién descubierta.

Con Benito Ocasio Martínez, el reguetón encontró una imagen perfecta para comercializar las rimas duras y explícitas del género, a cargo de Arcángel, quien por cierto colabora con Benito en otro de sus videos desatados, para el tema “Tú no vive así”.

En pocas palabras, Bad Bunny cumplía con el estándar de un Elvis, de un Eminem, para la música reguetón. Es decir, blanquear un género surgido desde las orillas para un nicho de clase baja y popular.

Bad Bunny no tenía la fuerza vocal de un Julio Voltio, tampoco la ocurrencia de un Tego Calderón, menos la vibración de Don Omar, nada de la filosofía de Vico C, incluso carecía de la presunción progresista de su antecesor directo, Calle 13.

Pero la máquina de Bad Bunny robará algo de todos ellos, para terminar de decantar su fórmula, haciéndolos ahora sus hijos en la escala del poder de Billboard.

De Residente, Benito toma un compromiso político, una simbología de identidad y autonomía de Puerto Rico, capaz de sumarle votos en su agenda de explotación de los sentimientos y emociones de su target en América Latina, así como en el resto del mundo.

Benito sería la reencarnación de los mitos de la Nueva Trova, se mercantiliza como el resumen de un pasado de lucha por la afirmación latina en tiempos de asedio y deportación masiva.

Pero el compromiso de Bad Bunny es solo una fachada, porque sus intereses reales están en Norteamérica, sus múltiples negocios, su dinero en el banco, su pareja, sus contratos en Hollywood.

Por eso, nadie quiere ver la contradicción de una Residencia que es un resumen de cómo se gentrifica el reguetón. La última fase es hacerse pasar por moda, un desafío, una ruptura con el consenso, un símbolo de emprendimiento nacionalista.

La verdad es que la gira cuesta caro y se transmite por Amazon.

Sin embargo, el humo de Benito da para todo y ya se transmitió, como virus, en el organismo de su fanaticada y de sus apóstoles en la prensa, cada vez más exultantes frente a las mentadas victorias de Benito.

En lo personal, tengo escuchándolo desde 2016, y he pasado por todas las fases, la de amarlo, la de odiarlo, la del crítico que lo estudia condescendientemente, la del hastiado -hasta la coronilla- de sus discos y sus temas sacados con escaso trabajo.

Pero en rigor, me ha gustado el relato, el storytelling, el empaque y el trasfondo de Debí tirar más fotos, una de sus mejores placas, sin duda, bien aceitada en las letras, las mezclas y las melodías.

Una joyita para su colección, una pieza cumbre en la historia del género. Poco más.

Lo que no me cierra tanto es que el Bad Bunny de hoy, más versero y populista que un candidato en campaña, no tenga la gracia y el desparpajo, de cuando cantaba “Chambea” y “Tú no metes Cabra, Salamanbiche”.

Me gustaba y mucho, el Bad Bunny de los videos hechos con monedas, en un solo plano como “Amor Foda”.

Pero el dinero y el altar de nuevo mesías del pop, en modo Michael Jackson, le robó el ángel a Benito, convirtiéndolo en el Taylor Swift del reguetón.

Pronto cantará solo en el intermedio del Supertazón.

Y ahí sí culminará su ciclo de irrupción y normalización mercadotécnica.

Hoy no es auténtico, sino víctima de su éxito, un cautivo de su fama.

Una estrella endeble, propia de una época de involución, sin resistencia y oposición.

 

Traducción »