The Smashing Machine es el vehículo diseñado para conseguirle un Oscar a La Roca, pero es un telefilme para el domingo, como mucho, inflado por la campaña de publicidad que la rodea, desde su lanzamiento en Venecia.
La película sigue la tradición de otras obras maestras del género de boxeo, artes marciales mixtas y peleas que rindieron fruto en la taquilla y la temporada de premios, como Rocky, Toro Salvaje y El luchador.
La cinta narra la historia real de Mark Kerr, a finales de los noventa, cuando impuso su fuerza bruta en el circuito emergente de las peleas de vale todo.
En aquella época los luchadores se dejaban la piel en el ring y ganaban monedas por su trabajo. Hoy facturan millones y se benefician de pioneros como el protagonista de The Smashing Machine.
La película tiene un ángulo documental que ciertamente cautiva y genera credibilidad, de acuerdo con los criterios de la academia.
Pero el método de La Roca es muy obvio y trillado, uno que instrumenta implantes y relatos de perdedores visionarios, para darle un segundo aire a su carrera por los predios de las entregas de estatuillas.
Lo mismo ocurrió con Vin Diesel tras su paso por la acción, en busca de una redención como artista, ser respetado por su comunidad de intérpretes, más allá de su estereotipo de hombre fuerte, frío e implacable.
Lo mejor que se puede decir de Dwayne Jhonson es que apostó por evolucionar y que de seguir por el camino de sus colegas serios, obtendrá algún resultado en el futuro.
En la actualidad, su primer impacto se ha ido diluyendo en las casas de apuestas, conforme pasa el tiempo y las críticas llegan, demoliendo una película que es la más floja en la carrera de su director, uno de los hermanos Safdie, que ya vemos que es el menos esmerado del binomio, pues el otro va rumbo a conseguir nominaciones por su trabajo con Timothee Chalamet.
De modo que su sociedad explosiva, que le imprimió nueva sangre y vida al naturalismo, al realismo del cine indie, pues ha sufrido una factura y se ha escindido, con consecuencias para los dos.
No es The Smashing Machine una película malograda, pero sí que es un largometraje de venta de humo, donde las estrellas personifican a gente del gueto y white trash, para darse un baño de humildad y mostrarse como almas sensibles ante los dolores de los demás.
Una operación que se siente calculada en la película, en la interpretación de los actores y que perjudica la performance de Emily Blunt en el que sea su peor interpretación en la pantalla, como la mujer jarrón y víctima del abuso emocional del personaje principal.
Hay varias buenas ideas que quedan en el camino de la escritura del guion, como el problema de salud mental, el abuso de sustancias, el sacrificio del hombre pobre por conseguir la fama y la riqueza, la explotación de los cuerpos, la locura y la alienación, así como un cierto campo de atracción homoerótica entre los luchadores.
Pero el libreto profundiza poco en todo ello y la dirección tampoco sabe dotar de dimensión a una historia endeble, mil veces vista y oída.
En resumen, una película que se desinfla hacia la mitad, que en manos de los dos hermanos se pudo haber trabajado mejor, por las virtudes de ambos.
Extrañamos la contundencia que le notamos a ellos en Uncut Gems y Good Times.
De repente se trata de un filme de transición, de un encargo que la propia Roca moldeó y que frenó, para que fuera lo que debió ser, un clásico instantáneo que no aconteció.

