En algún momento de su obra dice Nietzsche: “Solo existe la noción de responsabilidad, de compromiso en las individualidades. No hay tal cosa en las masas, en las multitudes”. Un maestro, un verdadero maestro, no forma colectividades ni enseña responsabilidades éticas a homogéneas muchedumbres sin rostro. No: educa a personas. Al hacerlo, no solo contribuye a definir la personalidad de éstas sino que participa, también, en la construcción de una sociedad mejor.
El significado de la persona, la dignidad del individuo es algo que muy frecuentemente ignoran Estados, gobiernos y sistemas muy dispuestos a sacrificar al ser humano en beneficio de sus propios intereses. ¿Cómo enfrentar la anulación de lo individual? ¿Cómo conjurar la inhumanidad de poderes demasiado fuertes, demasiado soberbios, demasiado indiferentes, demasiado incapaces, demasiado crueles?
Como educador, pienso en una esencial respuesta: la educación; una educación que privilegie, junto a la formación personal de cada individuo, su relación con el entorno, una educación capaz de formar individualidades conscientes de su propia singularidad pero jamás indiferentes al tiempo que las rodea.
La idea de singularidad individual no contradice la imposible independencia de lo colectivo. Educar para el desarrollo de la autonomía de la persona será, también, educar para la responsabilidad de ésta hacia su entorno, moldear su condición de ser social. ¿Cuál es el sentido del conocimiento? Ayudarnos a los hombres a alcanzar una mejor vida, permitirnos definir valores que nos interpretan y definen; vivir mejor como individuos, pero, también, vivir mejor dentro de ese espacio social que, como seres humanos, precisamos y merecemos. Ése que existe por y para las personas que la conforman y donde sus miembros no se vean obligados a regirse por dogmas ideológicos o el capricho de algún gobernante.
La democracia, mucho más que un sistema político, es una visión de mundo, una forma de entender la vida. En lo individual, ella se alimenta de la autonomía de cada persona; en lo colectivo, en la protección a la vida de todos y en el respeto a la dignidad de todos. La democracia es un antiquísimo proyecto de convivencia sustentado en la razón y el sentido común.
Acaso nunca haya sido mejor definido el credo democrático que en las palabras del gran estadista ateniense Pericles, cuando, en su célebre Oración fúnebre afirma: “Nuestra administración favorece a la mayoría y no a la minoría: es por eso por lo que la llamamos democracia. Nuestras leyes ofrecen una justicia equitativa a todos los hombres por igual, en sus querellas privadas, pero esto no significa que sean pasados por alto los derechos del mérito … La única actitud ante la libertad consiste en considerarnos a nosotros mismos responsables de ella y, a la vez, merecedores de ella. Merecedores y responsables en igual sentido al destino que damos a nuestra vida…”
Si algo traducen estas palabras es la visión de la democracia como una responsabilidad compartida entre todos los miembros de una colectividad. Una responsabilidad que ha de ser educada para una convivencia donde sean valores esenciales la libertad, la justicia, la solidaridad, la inclusión y el respeto a la dignidad.
Temporalidad del poder: la potestad de deponer a los gobernantes cuando no lo hacen bien o cuando comienzan a hacerlo francamente mal es el signo natural de toda democracia. Ésta se asienta sobre el principio de que el poder nunca es absoluto y que siempre será preciso dudar de él. La visión de que es posible deshacerse de los malos gobiernos a través de elecciones periódicas hace de toda democracia -sin importar que tan imperfecta pueda llegar a ser- un sistema mil veces preferible a cualquier otra forma de gobierno.
La democracia no ofrece la felicidad pero nos proporciona la posibilidad de construir un proyecto de felicidad. No se rige por dogmas ni fórmulas sino por principios. Se fundamenta en la tolerancia y en la aceptación de la diversidad. Acepta las diferencias entre los grupos humanos pero hace de la inclusión una estrategia necesaria para sobrellevarlas. Fundamenta sus principios en la convivencia de todos en medio de ideales de libertad, de dignidad individual y de justicia.

