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Rosalía Moros de Borregales: La ruta de la plegaria poética V

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La oración íntima del alma.

Hoy quisiera traer a ustedes la plegaria poética del fin de la Edad Media, un anticipo al renacimiento cristiano, una fe expresada de una manera más personal e interiorizada, en la cual la relación con Cristo supera la estructura eclesiástica y se expresa en una oración íntima. El alma ya no se dirige sólo al Altísimo, al Dios trascendente de los Cielos, sino al Cristo que habita dentro por medio de la gracia; el Espíritu Santo que arde como llama en el corazón y transforma la vida cotidiana en adoración.

Santa Catalina de Siena (1347-1380)

 Nacida en la ciudad italiana de Siena, en el seno de una familia numerosa, Catalina Benincasa fue una joven analfabeta que cuenta la historia aprendió a leer por inspiración divina. A los siete años consagró su vida a Cristo y vivió su fe con pasión y con una gran vocación misionera. En una época caracterizada por guerras, pestes y divisiones de la iglesia, Catalina fue una voz profética. Su oración revela su profundo amor por Cristo crucificado, de quien solía expresarse como “el puente que une el Cielo con la Tierra”.

 

Oración al amor de Cristo crucificado 

Oh amor inefable, ¿quién te obligó a padecer?

No fueron los clavos, sino el amor.

No fueron los verdugos, sino tu deseo de redimirnos.

Oh fuego de caridad,

¿por qué no me consumes toda?

¿Por qué no me transformas en ti,

para que no quede en mí otra voluntad que la tuya?

En esta oración poética Catalina expresa su conocimiento del amor de Dios manifestado en la Cruz. Cristo no se entrega al padecimiento por sus verdugos, es su deseo de redimirnos que hace superar su lucha humana ante la demanda divina: “Padre, si es posible, pasa de mi esta copa, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Lucas 22:42. La oración de Catalina es una ofrenda del yo, un deseo firme y profundo de ser consumida para que no quede en ella más voluntad que la de Cristo. Su voz es la primera voz poética femenina de rendición al amor divino; el amor de quien murió por todos nos hace desear vivir solo para Él. Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”.  II Corintios 5:14-15. Los últimos versos de su plegaria Mi naturaleza es fuego describen de una manera hermosa el intenso amor que ardía en su corazón por Cristo.

 

Mi naturaleza es fuego

¡Oh fuego eterno!

Tu eres el horno ardiente

donde el alma se inflama

Hasta volverse una contigo.

 

Nada puede saciarme fuera de Ti,

Pues mi alma fue hecha

del fuego de tu amor.

 

La obra principal de Catalina, El Diálogo de la Divina Providencia (1378) fue dictado en un estado de éxtasis continuo; ella misma la describió como una conversación entre el alma y Dios Padre. Representa una de las cumbres de la mística cristiana, comparable en profundidad al Cántico espiritual de San Juan de La Cruz y a las Moradas de Santa Teresa.

 

Fragmento del Diálogo de la Divina Providencia (Cap. LXXXVIII, versión adaptada)

Oh dulcísimo y amorosísimo Padre eterno,

¿Quién te obligó a iluminar mi alma?

El fuego de tu amor que te movió a crearme a tu imagen y semejanza.

 

¿Quién te empujó a redimirme cuando te había ofendido?

Solo el amor, porque el amor no soporta dejar de amar;

Y Tú me amaste antes que yo existiera,

Y cuando fui creada, me diste la vida en el amor de tu Hijo Unigénito.

 

¡Oh abismo de caridad insondable!

El amor te hizo loco de tu criatura y esa locura te llevó a la cruz.

 

Tomás de Kempis (1379-1471)

Nacido como Thomas Hemerken en Kempen, una pequeña ciudad cerca de Colonia, Alemania, fue un monje agustino. Su vida fue sencilla, casi anónima; dedicó más de setenta años a la oración y la búsqueda de dirección espiritual, mientras copiaba manuscritos. No obstante, su vida de poca visibilidad pública, de su pluma salió una de las obras más leídas, después de la Biblia, en la historia del cristianismo, escrita entre 1418 y 1427. Perteneció al Movimiento Devocional conocido como La Devoto Moderna que surgió en los Países Bajos y Alemania en el siglo XIV. Este movimiento buscaba una vida interior humilde y sincera, lejos del lujo y la vanidad del clero medieval tardío. La Devoto Moderna fue una reforma silenciosa del corazón, anterior a Lutero, centrada en la imitación de Cristo, la oración personal y el amor fraterno. Kempis fue su voz más pura; su prosa tiene la cadencia de una plegaria poética, la sencillez de un salmo y la hondura de una confesión.

 

Fragmento esencial de La imitación de Cristo (Libro I, cap. 11, versión poética adaptada)

Bienaventurado aquel que entiende

Lo que es amar a Jesús y

Despreciarse a sí mismo por amor de Él.

 

Debe dejar todos los amores del mundo,

Por amor al Amado.

Jesús quiere ser amado sobre todas las cosas.

 

El amor del hombre es inconstante y engañoso;

El amor de Jesús es fiel y duradero.

 

El que se abraza a Jesús,

Se mantiene firme para siempre.

 

Ama y guarda a Jesús como amigo fiel;

cuando todos te abandonen, El no te dejará.

 

Escoge más bien sufrir con Jesús que gozar sin Él.

En Él hallarás paz verdadera,

Porque solo el que ma en verdad,

Descansa en Dios y en nadie más.

 

Kempis nos muestra en sus escritos que el alma que busca a Dios lo único que necesita es una relación personal con Jesús, más íntima que cualquier vínculo humano. Kempis transforma la oración en un diálogo interior, su lenguaje es una prosa poética del recogimiento espiritual. No hay metáforas deslumbrantes, sino claridad, serenidad y ternura.  En su mundo Dios habita en el silencio del alma obediente. Sus palabras parecen escritas en un susurro; son como el sonido de la ola cuando rompe en la orilla una y otra vez y produce una profunda tranquilidad en quien la escucha. Por esa razón, su obra ha acompañado a santos, poetas y creyentes por más de seis siglos.

Si Cristo está contigo, nada te podrá dañar; si Cristo no está contigo, todo te será pesado y duro. Aprende a confiar en Dios en todo, y hallarás la verdadera libertad.

La imitación de Cristo, Libro II, cap. 8. Tomás Kempis.

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