Fue mi hijo Boris quien me dijo que todos cumplimos 18 años; en cambio, son pocos los que celebran 94 y ciertamente llegar a 18 es algo, si se quiere, banal.
Considerando mi vida como un inventado edificio, me veo subiendo las peligrosas escaleras sin barandas y desiguales peldaños que llevan al décimo piso si agrupamos en cada piso diez años de pesadumbres e ilusiones.
¡Hay escasa luz en el país! El Sol, ese Zeus despiadado y de eterno fuego, es sabio a su manera: ilumina la serenidad del mundo, pero en países como el mío, en Cuba, Nicaragua, en Corea del Norte y en algunos países del Oriente y de América en los que se manifiesta abiertamente una violencia política, hay lugares sombríos.
Pensaba que el piso diez sería un lugar privado de aire. En algunos países como los mencionados, no lo hay; pero en otros, persiste un aire que mueve las ramas de los árboles y al ver el suave y dulce movimiento que las hace danzar advierto que a medida que me acerco al final de mi vida es como si estuviera naciendo de nuevo y la realidad que observo y tocan mis manos me asombra y desconcierta. Es semejante a la que veía antes, cuando me esforzaba inútilmente por comprender a la gente y valorar sus comportamientos, apreciar los objetos sencillos o complicados y sofisticados, al propio aire, a las atmósferas desiguales y diferenciar a los animales dañinos de los ansiosos de afecto. ¡Sigo en lo mismo!
Miro nuevamente el cielo y veo las nubes que se mueven hacia el oeste y pienso en Azorín, que murió hace años a los 94, abúlico y cerebral, y sostenía que vivir es ver pasar las nubes y como él adoro el vuelo de los pájaros que cruzan el cielo azul y al par de guacamayas monógamas y de amazónicos colores que surgen de pronto en el abierto espacio y se alejan graznando con estruendo.
Vuelvo a nacer y escucho no con los oídos sino con los ojos, tal como me pedía en su momento sor Juana Inés de la Cruz y comienzo a ser otro, un ser menos intolerante, más sincero y de más amable trato y conversación, equilibrado y sereno, lector más constante y perspicaz. Más compenetrado y emparentado con la naturaleza que me rodea y me ha hecho mejor persona porque cuido mis helechos y los convierto en la imagen misma del país que anhelo y creo haber perdido.
Y desde el décimo piso en el que a destiempo comienzo a instalarme miro al mundo a través de la ventana y lo veo grande, misterioso e inalcanzable; y al mismo tiempo tan pequeño e imperfecto como yo. Entonces me digo que Dios o la Providencia, o como se le quiera llamar, creyó haber hecho al mundo en siete inconmensurables días. ¡No lo hizo, lo sigue haciendo y continúa creyendo que me perfecciona!
¡Pero es un mundo que aún no alcanzo a comprender! Los judíos que fueron criminal y abominablemente exterminados por los nazis le hacen hoy lo mismo, o peor, a los palestinos. Es una vieja rivalidad que campea entre ellos, pero cuando hay enfrentamientos o conflictos viscerales no hay razón, ni izquierdas ni derechas que valgan, solo hay odios y recriminaciones que comienzan con agresiones verbales, luego bélicas, hasta que aparece la prepotencia de uno de los ejércitos y se desata un furioso genocidio.
Los rusos, víctimas de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, desean ahora aplastar a Ucrania, que buena parte de ella se siente rusa.
Yo mismo, en el país que amo, soy un ser sin patria y desahuciado. Los mandatarios bolivarianos y los de Estados Unidos se maldicen unos a otros sin percatarse de que siempre han sido estupendos socios comerciales. Es más, durante años odié a la Agencia Central de Inteligencia sin darme cuenta de que ella me protegía del comunismo, hasta que advertí que era más nefasta que el comunismo que estuve soportando con dudoso afecto mientras viví en los primeros pisos de mi accidentada vida.
El régimen militar venezolano tendrá que perdonarme por lo que digo, pero me desilusiona encontrar deshecho y sin rumbo al país que una vez me vio nacer, hundido en una crisis moral, política y financiera nunca vista antes; un país que intentó ser y buscó ansioso la democracia sin alcanzarla, sin entenderla ni disfrutarla plenamente.
¡Esta fue una vez Tierra de Gracia, pero hoy, bolivariana, está vapuleada por una insólita mediocridad!
El país que vislumbré con júbilo cuando apenas entraba al edificio donde me refugio es hoy un lugar vigilado y perseguido; se señala como malhechor a su más encumbrada presencia política y se pone alto precio a su cabeza. Entonces, sostengo mi cara con las dos manos para evitar que se caiga de vergüenza.
Asisto con frecuencia a presentaciones de libros en El Buscón o en Kalathos, acudo a las exposiciones, escucho con atención charlas y conferencias porque encuentro oxígeno en ello, aires de libertad y pureza de lenguaje; mantengo entrañables amistades y veo con agrado un horizonte en apariencia inmóvil, que avanza hacia mí cada vez que se encuentra conmigo.
Instalado en el décimo piso me asomo a la ventana que da a la calle y grito: “A la vieja guardia le puede pasar cualquier vaina, ¡pero no se rinde!”. Es una manera de expresar mi inconformidad con el sistema de gobierno que me azota. Hay un ars poético de Juan Calzadilla: “Poeta, ¡no pulas tanto que solo te va a quedar el brillo!”. Sin embargo, aceito cuidadosamente y doy brillo a la temeraria ilusión de que el volcán que ruge en silencio dentro de mí suelte una ardiente lava que arrastre lejos los desperdicios del país venezolano, termine para siempre con los despropósitos y volvamos a ser quienes fuimos, pero renovados y enriquecidos por la dura experiencia política que hemos sufrido durante años.
Son muchos los venezolanos obligados a regresar, pero retornarán voluntariamente las familias que se vieron forzadas a buscar refugio y residencia en otros países y los jóvenes que aprendieron a formarse en otras culturas contribuirán a afirmarnos. Se enderezarán algunas instituciones; otras, volverán a crearse; regresará la ciencia, se extenderá el arte, se inventará nuevamente la educación y hablaremos de Primaria, Secundaria y renacerán las Universidades, así como he vuelto a nacer yo alcanzando a duras penas el décimo piso de este desvencijado edificio que me permite vivir sin rendirme.
Cuando recorría indómito y feliz los primeros pisos podía viajar varias veces al año y conocer países y recrearme en ciudades de encanto. Hoy, arrinconado, no tengo dinero para viajar y sobrevivo porque mis hijos se (pre)ocupan por mí y gracias a ellos leo y escribo, que es lo único que sé hacer.
No obstante la estrechez del décimo piso que es hoy mi vida siento, afortunadamente, que estoy naciendo de nuevo, que soy mejor persona, más considerado, más humano. ¡No me envanece reiterarlo!
¡Y tengo la certeza de que el Sol, es decir, mi amigo Zeus, dios del fuego y de la luz, iluminará a todo el país!

