En su libro Historia y utopía, Cioran se formula una pregunta: “¿Quién habló jamás de una sola verdad alegre que fuera válida?” ¿A qué verdad se refería Cioran? Creo que su interrogante aludiría, sobre todo, a esas verdades colectivas que repiten las miradas y las comprensiones de muchos en algún momento. Verdades que suelen terminar por formar parte de las referencias colectivas más comunes; repetidas constantemente en el tiempo: acaso más que tristes, abrumadoras, desalentadoras, pesadas, irremediables…
Con su descarnada ironía, Cioran supo aludir a ese signo, frecuentemente áspero, amargo, con el que las épocas diseñan itinerarios colectivos; lo que, a fin de cuentas, vendría a indicar que las verdades que definen el tiempo construido por los hombres, serían, a menudo y paradójicamente, inhumanas.
Nuestro presente repite constantemente, por ejemplo, esa verdad enunciada por Darwin: la de la supervivencia del más apto. Desde los protozoarios hasta los seres humanos, y desde éstos hasta las más desarrolladas civilizaciones, nuestra comprensión colectiva repite lo mismo sin cesar: los mejores, los más fuertes, los más despiadados, los más afortunados se imponen sobre los otros: los más débiles, los menos voluntariosos, los nunca predestinados.
La conclusión de la supervivencia del más apto -anunció Darwin- señala una metamorfosis constructora de un cada vez más perfecto diseño universal. ¿Podría concebirse una verdad menos “alegre” o más despiadada que ésta?
Ante tantas y tantas “verdades” que en nuestro tiempo hablan de superficialidad, azar, fugacidad, consumo… el ser humano está obligado a buscar verdades con las que responder por sí mismo a demasiadas incertidumbres, a demasiado desasosiego; obligado a tratar de alcanzar una sabiduría relacionada con verdades “alegres” y válidas, asociadas a principios humanos, valores morales, convicciones de solidaridad, redención de muy viejos errores con nosotros mismos y con nuestro entorno…

