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Pedro Benítez: La revolución de Queipa de Vicente Lecuna

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Aunque más conocido por su monumental trabajo como conservador del Archivo del Libertador Simón Bolívar, uno de sus principales biógrafos, y presidente del Banco de Venezuela, en su juventud Don Vicente Lecuna (1870-1954) fue testigo directo y copartícipe de uno de los acontecimientos políticos más decisivos de la historia venezolana.

Por un tiempo dejó de lado su labor como ingeniero para unirse, en 1897, a la causa de José Manuel “El Mocho” Hernández y lo acompañó en el levantamiento armado que organizó como respuesta al fraude electoral perpetrado en su contra por el entonces presidente Joaquín Crespo, para asegurar la victoria del candidato oficialista Ignacio Andrade.

Décadas más tarde, Lecuna, convertido en un destacado historiador, dejó por escrito el testimonio de aquella experiencia en La Revolución de Queipa.

Lecuna arranca su relato haciendo un recuento de la solapada disputa por el supremo poder político que protagonizaron los generales Antonio Guzmán Blanco y Joaquín Crespo, los últimos grandes caudillos surgidos de esa matazón entre venezolanos que fue la Guerra Federal (1859-1863).

Aspiraba el primero que el sistema de alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia del país entre los distintos jefes regionales del Gran Partido Liberal Amarillo le permitiera seguir ejerciendo su hegemonía desde París. Crespo, en cambio, sin desafiar nunca abiertamente a su “jefe, compadre y amigo”, se le resistía.

La falta de acuerdo entre los dos los llevó a abandonar Venezuela (en el caso de Guzmán definitivamente) y permitió unos breves pero excepcionales años de libertades públicas para el país, acompañados de una modesta prosperidad material, bajo los gobiernos de dos civiles (por cierto), Juan Pablo Rojas Paúl (1888-1890) y Raimundo Andueza Palacio (1890-1892).

Un gobierno contradictorio

La fatal decisión del último de modificar la constitución a fin de extender su mandato (error recurrente que ha sido motivo de infinidad de males en la historia nacional) provocó un levantamiento nacional y una nueva guerra civil: la Revolución Legalista que acaudilló Crespo en 1892.

La incapacidad del gobierno de dominar la rebelión lo llevó a su colapso el 6 de octubre de ese año. Ese día, bandas de saqueadores invadieron las residencias de los más connotados dirigentes del régimen vencido, incidentes que se repetirían en diciembre de 1935 a la muerte de Juan Vicente Gómez, y luego con los derrocamientos de Isaías Medina y Marcos Pérez Jiménez en 1945 y 1958 respectivamente.

Joaquín Crespo entró en Caracas esa noche a la cabeza de un ejército de 10.000 hombres y se encargó del Poder Ejecutivo.

Cuenta Vicente Lecuna que el gobierno de este fue contradictorio. Por un lado, pretendió, como jefe supremo del Partido Liberal Amarillo, suplantar la autoridad que desde 1870 había ejercido Guzmán Blanco, reemplazó la Constitución por la cual se había alzado en armas a fin de quedarse un rato en la silla presidencial (1893-1898), aunque se prohibió la reelección indefinida y fue muy tolerante con la crítica hacia su gobierno. Al parecer a nadie lo metieron en La Rotunda por hablar mal o protestar contra el presidente.

Gobierno desafortunado

Otro hecho notable, nos dice, fue haber permitido una campaña electoral para elegir a su sucesor “…con plenas garantías (…) Este era un hecho que no se había visto en Venezuela desde los tiempos de la presidencia del honorable general Soublette”.

A continuación, hace un esbozo de la vida de El Mocho Hernández, de sus orígenes humildes, de su limitada educación, carácter rebelde y la serie de situaciones que le dieron cierta fama y prestigio “de hombre honrado (…) una esperanza para los que aspiran a un gobierno de ley”.

Además, pese a la culminación de obras públicas importantes, como el Gran Ferrocarril de Venezuela (o Ferrocarril Alemán) en 1894, que comunicaba a Caracas y Valencia, el de Crespo resultó ser un gobierno desafortunado debido a la crisis económica mundial de 1893 que hundió los precios del café, principal producto de exportación del país.

Esas circunstancias las aprovechó Hernández para presentar su candidatura con el respaldo del Partido Liberal Nacionalista. No ofrecía programa de gobierno alguno; sencillamente prometía poner fin al peculado y a los contratos del gobierno en favor de intereses particulares.

Rebelión y represión

Sin embargo, su aspiración despertó gran entusiasmo popular gracias al dinámico proselitismo que desplegó, divulgando comunicados y organizando entusiastas manifestaciones de calle. Según nos cuenta Lecuna, El Mocho recorrió en pocas semanas las principales poblaciones del país, desde Maracaibo hasta Ciudad Bolívar, pasando por Barinas y Apure (Ediciones Garrido. Caracas, 1954, página 51).

Tiempo después, prosigue el relato, diría Hernández: “…que sus partidarios sumaban las nueve décimas partes de la población; mas un inteligente liberal histórico, el Dr. Carlos Tamayo, en una reunión de nacionalistas amigos suyos personales, replicó: ‘y nosotros somos la décima parte, pero con bayonetas’”.

Efectivamente, el 1º de septiembre de 1897 hombres armados encabezados por los jefes civiles tomaron las plazas públicas del país a fin de torcer por las malas la voluntad de los electores. La arbitrariedad de los machetes y las balas se impuso. No fue la primera y tampoco la última ocasión en que el gobernante de turno perpetró un fraude electoral en Venezuela.

En febrero de 1898 el Congreso proclamó a Ignacio Andrade como el presidente electo con casi la totalidad de los sufragios. El humor caraqueño de la época resumió el asunto afirmando que El Mocho había sido el candidato de las masas, pero Andrade el de las mesas.

Como no podía ser de otra manera, “los mochistas” se pusieron a conspirar. El país, fatalmente, se dirigía a una nueva espiral de rebelión y represión. Sin embargo, el general Crespo, un sujeto muy curioso, no quería entregar el gobierno con presos políticos. Así que el mismo día del traspaso presidencial ordenó una amnistía general.

El relato de Vicente Lecuna

Pero el 2 de marzo, luego de una serie de peripecias personales, de las cuales Lecuna fue parte, según nos cuenta en tercera persona, El Mocho Hernández se alzó en armas en una hacienda denominada Queipa, en la sierra de Carabobo. En pocos días reunió 500 hombres armados de viejos fusiles.

Por su parte, el general Crespo, el verdadero hombre fuerte de la situación, se había preparado para esa eventualidad; así que se movilizó para sofocar la rebelión. Si bien le había entregado el comando del gobierno a Andrade, se reservó la jefatura militar del centro del país desde donde controlaba al grueso de la tropa y la casi totalidad del parque de armas disponible de la república. Una táctica similar que el general Juan Vicente Gómez repetiría unos años después.

A continuación, Vicente Lecuna hace un relato detallado de la campaña militar comprendida entre el alzamiento en Queipa y el choque culminante en El Carmelero; nos describe movimientos de columnas, escaramuzas, nombramientos de jefes, logística y episodios puntuales en poblaciones como Barquisimeto, Tinaco y Puerto Cabello. El libro combina descripción, con fechas, rutas y unidades, con pasajes narrativos sobre los líderes y la atmósfera política del momento.

A lo largo de una serie de avances, retrocesos y escaramuzas en Los Llanos, El Mocho evitaba caer en el cerco con que el ejército del gobierno intentaba acorralarlo, mientras iba incorporando seguidores regionales como Luis Loreto Lima.

El cierre de una etapa histórica

El momento clave de este relato ocurrió en una de esas escaramuzas. El 16 de abril de 1898, en el sitio conocido como La Mata Carmelera, al oeste del hoy estado Cojedes, una bala perdida mató a Joaquín Crespo, quien se había adelantado con un piquete de caballería a reconocer la posición.

La muerte de Crespo causó consternación en las tropas del gobierno que suspendieron el combate. Pero los alzados no supieron esto sino varios días después. Sigilosamente, el cuerpo del general y expresidente fue retirado en una hamaca del campo de batalla rumbo a Acarigua.

El último gran caudillo de la Federación desaparecía. Una etapa de la historia venezolana estaba por cerrarse, pero los actores de aquel episodio aún no lo sabían.

El Mocho, sin embargo, no supo aprovechar la oportunidad. Tal como había hecho Juan Crisóstomo Falcón luego de la muerte de Ezequiel Zamora el 10 de enero de 1860, en circunstancias similares, resolvió dirigirse hacia Yaracuy y Lara, dándole así tiempo al gobierno de reorganizar sus fuerzas, esta vez bajo el mando del general Ramón Guerra. Desde Carora se internó en la serranía falconiana.

Finalmente, el 11 de junio en Churuguara, ocurrió el encuentro definitivo; derrotado y diezmadas sus fuerzas, El Mocho fue capturado y conducido a la prisión del castillo de San Carlos del estado Zulia. La Revolución de Queipa dejó un saldo de cerca de 800 muertos.

Sin su jefe natural, el Partido Liberal Amarillo quedó muy debilitado, y con esto el gobierno de Andrade. En pocas semanas comenzaron a tejerse las desconfianzas hacia el general Ramón Guerra, que terminaría alzándose en armas. Él también resultaría derrotado, pero al llegar el año 1899, Andrade no tendría quien lo defendiera.

Esa fue la oportunidad que, del lado colombiano del río Táchira, apreció claramente Cipriano Castro. A diferencia de El Mocho Hernández, él sí la aprovecharía. En mayo de ese año se lanzó a la aventura, pero su objetivo lo tenía muy claro: tomar el poder en Caracas. En octubre de ese año su gente amarró sus caballos frente a la Casa Amarilla.

La reflexión de Vicente Lecuna

Lecuna reflexiona sobre el significado, más allá de lo militar, de la Revolución de Queipa. Intenta explicar la razón de su fracaso que atribuye a la falta de cohesión entre sus filas, a las limitaciones de recursos, a errores tácticos o al insuficiente soporte popular. No obstante, hay una afirmación interesante desde su perspectiva de bolivariano auténtico: “A Hernández le faltó la mirada de águila de Bolívar para darse cuenta exacta de la situación psicológica respectiva de las fuerzas de lucha”.

Para él la muerte de Crespo es un hito dentro de la Revolución de Queipa, que acelera el desenlace político posterior al privar al gobierno de su jefe militar más experimentado y carismático. Sin embargo, se enfoca más en la dimensión militar inmediata: el golpe a las tropas gubernamentales, la desorganización inicial, y cómo, pese a ello, el movimiento mochista no capitalizó la situación. Su interés es más narrativo-documental que de interpretación de larga duración.

En cambio, Ramón J. Velásquez, en su clásica obra La caída del liberalismo amarillo, no tiene ninguna duda en concluir que la muerte de Crespo fue el “acto final” del ciclo iniciado con Antonio Guzmán Blanco treinta años antes. Su desaparición dejó al régimen de Ignacio Andrade sin sostén militar ni autoridad carismática y abrió la puerta a la inestabilidad, a la erosión del poder central y, a la larga, al ascenso de Cipriano Castro (Revolución Liberal Restauradora de 1899).

Una costosa «picardía»

Por debajo de toda esa historia de disputas políticas y ambiciones no satisfechas, subyacía el problema político de fondo que Lecuna describe, precisamente, al inicio de su libro: ni Guzmán Blanco ni Joaquín Crespo lograron darle a Venezuela un régimen político que asegurara la alternabilidad pacífica en el gobierno y con ello la estabilidad política que la nación requería.

El fraude electoral de 1897, una “picardía” de Crespo, le terminó saliendo muy caro a él y todavía más al país. Eso desencadenó una serie de acontecimientos que llevaron a la subida al poder de otro caudillo, a su vez a la guerra civil de 1901-1903 (La Revolución Libertadora), al bloqueo naval de 1902, y a dos dictaduras personales de 36 años en conjunto. Tal como había ocurrido durante la Independencia y Guerra Federal, el paso de un régimen político a otro fue enormemente traumático y costoso para el país.

Los venezolanos no volvieron a ser testigos de una campaña electoral como la que protagonizó El Mocho hasta 1941, y no participarían en unas elecciones generales libres hasta diciembre de 1947, 50 años después, cuando fue elegido Rómulo Gallegos. Como sabemos, el gobierno de este duraría apenas nueve meses al ser derrocado por un golpe militar (más o menos la misma historia de José María Vargas en 1835). De lejos nos viene la tradición autoritaria.

Fracaso y prisión

Luego del fracaso de la Revolución de Queipa, Vicente Lecuna estuvo preso un tiempo y, una vez libre, no se volvió a meter en política (partidista al menos). En su fecunda vida se dedicó a actividades mercantiles, llegó a ser presidente de la Cámara de Comercio de Caracas y el banquero más respetado del país, pero su gran pasión fue estudiar y difundir la vida del Libertador.

Como vivió bastante, vio pasar los regímenes de Guzmán Blanco, Crespo, Castro, Gómez, el post gomecismo, el 18 de octubre de 1945, la caída de los adecos en 1948 y la primera etapa del régimen militar.

Como se podrá apreciar, los tiempos políticos e históricos son muy distintos a los biológicos.

Por esas razones, este libro que comentamos aquí es un documento clave para el estudio de la historia política venezolana de finales del siglo XIX… y quizás un poco más allá.

En las palabras acuñadas por Ramón Díaz Sánchez en el prólogo que para la edición de 1954 le hizo a la obra, aquel episodio que relata fue: “Un hecho insólito, obscuro, desorbitado, aquel acto del drama venezolano (que) abrió un nuevo capítulo en la historia de Venezuela”.

@PedroBenitezF.

 

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