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Rafael Fauquié: Escritura como espectáculo

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En su libro La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa se refiere a cierta moda muy francesa (con algunos de sus principales protagonistas: Foucault, Derrida, Baudrillard…) que establece que el ser humano no existe sino a partir de esa realidad que son las palabras; visión de un universo verbal que niega la presencia de los afantasmados creadores, definitivamente reemplazados por las muy reales lecturas de los lectores.

Frente a esa mojiganga de ingenios e ingeniosidades -por demás, fenómeno muy francés- se yergue la realidad del verdadero creador, del genuino intelectual, del ser de carne y hueso, poseedor de una voz con la cual expresa sus sentimientos y convicciones ante una realidad a la cual responde humanamente desde sus experiencias y aprendizajes.

Las palabras existen; pero jamás alejadas de la vida, nunca al margen de la realidad y de las experiencias vividas por sus autores. Postular lo contrario, desde una postura destinada a dar fe de que se ha entrado, de que todos hemos entrado, en esa nueva irreal realidad que no se sabe muy bien que es y ha pasado a ser rotulada de “postmoderna”, no pasa de ser una manera un tanto perturbadora de anunciar originalidad de pensamiento y cierta apuesta por ideas convertidas en juegos de la imaginación e invención de tópicos moviéndose en torno a ingeniosidades y muy sofisticados escepticismos.

Repito aquí algo que escribí hace poco: Extraordinario legado de la escritura: Comprometernos con nuestra humanidad. Si existe absoluta honestidad en el acto de escribir, entonces hay en él un genuino compromiso con eso que somos.Tras cada página escrita, tras cada libro hay una apuesta moral, una filosofía de vida, una convicción. Y en todo eso ha de existir simetría. Escribimos: vislumbramos esa simetría relacionada con cierto propósito de vida, con una justificación de nuestro tiempo.

 

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