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Isabel Pereira Pizani: Nuestras asociaciones civiles

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Cada día, cada instante, nos acercamos más a la comprensión de las causas de nuestras turbulencias históricas recientes. Tenemos plena conciencia de que vivimos una realidad extraordinaria, plena de sobresaltos, la violencia e incertidumbre pueblan nuestro acontecer diario. Hoy estamos vivos, no sabemos mañana.

A diferencia de otros momentos históricos, comenzamos a intuir que el sobresalto no se debe a las variaciones del precio del petróleo en el mercado mundial, lo cual siempre fue una condena que nos hacía más pobres y a la vez más ricos. Hoy sabemos que este mineral no es más que una sustancia inerte, cuya suerte la deciden los que la controlan y se han apropiado de este recurso. También avanzamos en el camino de aprender que nuestros problemas no se derivan de ser un país categorizado como rentista, porque usa los recursos derivados de la industria petrolera no como un beneficio para invertir en crecimiento y desarrollo sino como ingresos propiedad de un Estado con el poder sin límites de decidir cómo distribuirlos, no necesariamente tras la meta de generar más riquezas a los ciudadanos, sino en muchas oportunidades como mecanismo para mantener el control del Estado propietario de esa riqueza natural.

La estatización de la industria petrolera ha generado una suerte de impronta cultural que ha marcado a los venezolanos, que perciben al Estado como un gran proveedor, suplidor, responsable de su destino económico. Esta huella en nuestra existencia ha generado una ética, o manera de decidir, de vivir en cuasi total dependencia de las decisiones del Estado propietario del petróleo y por ende responsable único de la distribución de este recurso, dando lugar al advenimiento de un factor determinante en nuestras vidas, una ética rentista que explica muchas de nuestras decisiones y acciones en el transcurso de nuestra existencia como nación. En pocas palabras, el legado de la era petrolera estatizada ha sido la instauración cultural de lo que podríamos llamar una ética rentista. Esto significa que vivimos una realidad donde el dueño de la riqueza es el Estado como propietario de la entidad o materia que genera la renta que hasta ahora ha sido el petróleo, hoy desconocemos su fuente. En todo caso la impronta cultural de la renta está presente en la conciencia ciudadana.

Si quisiéramos definir la ética rentista en un sentido laxo podríamos creer que son aquellas decisiones y elecciones sobre cómo vivir que realizamos cotidianamente determinadas por una fuente de riqueza que no se deriva directamente del trabajo, del esfuerzo sino de la existencia de una entidad o condición impuesta, que puede ser la existencia de un recurso minero o cualquier otra cosa que no sea producto del trabajo.

La ética rentista surge como adaptación a una realidad dominante poblada de mitos, ideas y creencias. Nuestros mitos son versiones de la realidad nacidas de ideologías que ofrecen una interpretación del mundo, de las relaciones entre las personas, del poder, la economía y del ser humano. Nociones que logran adquirir una apariencia lógica de la realidad “Somos pueblos víctimas de grandes asaltos perpetrados por países, grupos, empresas poderosas o imperios o el capitalismo se enriquece con la extracción de la plusvalía generada por el trabajador”. Cualquier rastreo histórico que realicemos demuestra que los venezolanos y los latinoamericanos tienen una carga mítica, o conjunto de ideas de las cuales se derivan sus actuaciones, decisiones y gran parte de la conducta individual y colectiva. Estos mitos pueden convertirse en ideas fuerza, capaces de desencadenar movimientos sociales que legitiman aspiraciones, que al final se expresan en las decisiones de los pueblos cuando eligen quién y cómo deben ser gobernados.

A través de la historia hemos visto las innumerables iniciativas que han tomado los pueblos latinoamericanos cuando se implantan modelos económicos basados en la lógica de la productividad, la apertura a mercados con libertades, el respeto a la propiedad privada, la valoración del empresario como generador de oportunidades de crecimiento económico y el impulso a las capacidades de los individuos para realizar acciones de valor para ellos y la sociedad. Las vemos, nos asombramos, pero no damos los pasos para alcanzar esos niveles.  Principios de una economía liberal, donde la decisión la imponen los individuos, sus instituciones y no el dominio opresivo de un Estado totalitario o una figura dictatorial derivada de su carácter de propietario de las principales fuentes de generación de riqueza o cualquier otra actividad que posibilite el control del país.

En Latinoamérica y en Venezuela en particular, asistimos a un ir y venir al intentar caminos de mayor libertad para luego devolvernos a soluciones populistas, cuando se exige disciplina, mayor esfuerzo, más deberes, como fundamentos de los derechos. Las excusas para estos regresos al fracaso están amparadas por un conjunto de mitos que funcionan como una tecnología dura, que programa la inutilidad del esfuerzo individual y exalta el poder del Estado, concentrado en una oferta engañosa de mejorar la calidad de vida de los individuos y resolver el drama de la pobreza con un mínimo esfuerzo o con una cesión de su voluntad política. Resulta difícil entender por qué el pueblo desecha la construcción de una economía basada en el esfuerzo, en la ética del trabajo y en la libertad económica. Es imprescindible detenerse y mirar cuáles son los mitos que se albergan en su conciencia colectiva, y qué les impulsa a tomar caminos históricamente derrotados en todas partes del mundo. Tales son los acontecimientos en México, con la elección de un liderazgo cuya propuesta de enganche fue aumentar salarios y pensiones, sin aludir a la productividad, la competitividad, la garantía de la propiedad privada y la expansión empresarial, amparándose en el comodín del ensanchamiento del poder del Estado. En Argentina, hasta hace poco tiempo y con el mismo impulso decidieron instalar el régimen peronista, un particular modelo de dictadura populista apoyada por el pueblo. Como consuelo hay que recordar que el estalinismo duró más de setenta años, y era mucho más fuerte que el peronismo. El PRI en México, una especie de peronismo suave también duró más de setenta años. En estos casos se incuba la modelación ideológica de la educación, la estrategia comunicacional formadora de conciencias, los líderes izquierdistas y gobernantes que actúan como metabolizadores de los acontecimientos, mienten, convirtiendo cada fracaso de sus políticas en un producto de la obstrucción de los liberales y de la conspiración de los países democráticos, “los imperios”. Este entorno genera una condición de imbatibilidad de los mitos antiliberales, que en general no tienen quien los defienda. Quienes se atreven a refutarlos son agredidos, coaccionados, acusados de explotadores, especuladores, oligarcas o traidores a la patria.

Hoy en Venezuela hemos logrado tejer una amplia gama de asociaciones civiles que representan los diferentes escenarios de nuestra sociedad, asociaciones que unen a los ciudadanos para apoyarlos en su proceso productivo, en el ingreso de sus productos a los mercados en  representaciones de sectores económicos de los ciudadanos, en sus distintas dimensiones: grandes, medianos y pequeños, al igual que otras organizaciones  que luchan y protegen a la infancia y a la población en estado de vulnerabilidad. Un extendido tejido social que no vive de la renta sino del aporte voluntario de sus miembros, este tejido representa la sociedad no-rentista que somos, aquella que cree en el esfuerzo y en el espíritu constructivo de los ciudadanos. Hoy estas organizaciones están enfrentando un proceso quirúrgico de parte de instituciones estatales que intentan encontrar causas para exterminarlas. Estemos atentos en su defensa porque constituyen el mejor ejemplo de la sociedad no-rentista que cree en la posibilidad de tener una sociedad civil que nos represente.

Esta avanzada contra las asociaciones civiles está vinculada a los mitos que nos modelan en la política, la economía y en nuestra existencia, que no la explican el petróleo ni la renta, sino nuestra fisonomía cultural dominada por la ética rentista. Es obligante asimilar verdades que nos muestran la falsedad de creencias en las cuales nos hemos refugiado la mayor parte de nuestras vidas. Bien decía Antonio Gramsci que para imponer el comunismo no era necesario ir a la guerra, basta con capturar sentimientos, emociones y generar una gran sombra de culpa en los que combaten las ideas colectivistas anuladoras de la responsabilidad individual y la libertad. Es un tema de responsabilidad ética conocer la reciente ley de fiscalización de las organizaciones civiles que es aplicada sin tapujos sobre todas nuestras asociaciones ciudadanas, las “registran” exhaustivamente buscando no sabemos cuáles pruebas.

Es el momento de aliarse con las asociaciones de ciudadanos que realizan labores de protección a los más vulnerables, que defienden una mejor educación,  la libertad de trabajar y producir, proteger la existencia de parques frente a la voracidad constructora, organizaciones protectoras de la libertad ciudadana que hoy son refugio de talentos y concepciones que privilegian la dimensión ética del ser humano, lo cual significa trascender el legado cultural de la ética rentista que otorga el poder a los dueños de la renta y desvalija al ciudadano de la posibilidad de elegir sus condiciones de vida en libertad.

Recordemos la advertencia de Edgard Morín aplicable a la ética rentista Mito que devora realidades y domestica individuos.

 

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