De muchas maneras, el imaginario de nuestros días dice que se está cerrando un ciclo, que nos adentramos en edades donde habremos de inventar nuevas respuestas ante el tiempo; que se está repitiendo el imaginario de una inmensa Babel, en el cual, ahora, las voces están forzadas a entenderse unas con otras.
En el mito de Babel -alegoría del no diálogo, de la incomunicación absoluta- encarnan las diferencias, las aproximaciones imposibles entre colectividades y culturas, la exclusión de muchos o de casi todos.
Colectivamente, el mundo vive hoy una suerte de exilio traducido en temor al porvenir. El exilio condena el presente a desconfiar de su porvenir. Frente al exilio, contra él, se yergue la esperanza. Exilio y esperanza: opuestas opciones humanas. El exilio se emparenta a la devastación y al hartazgo, al egoísmo y a la violencia, a la prepotencia y a la incomunicación. La esperanza se relaciona con el diálogo y la fraternidad en un mundo donde todas las tradiciones y todos los rostros culturales están forzados a comunicarse.
No es fácil distinguir la faz del mañana en medio de tanta confusión como la que ahora nos rodea. Sin embargo, sí es posible conjeturar la historia necesaria para la Humanidad; como un camino necesario hacia la erradicación del exilio y la conquista de sociedades más justas, más solidarias y definitivamente menos inhumanas.

