Entre los muchos criterios de distinción entre los valores me referiré a uno en particular por lo que deseo significar en este artículo y es el que distingue los valores intrínsecos, es decir, configurados como fines en sí mismos de los valores instrumentales, que entiendo siguiendo a Mario Bunge, como medios para la realización de otros valores. Así, la democracia se define en relación a intentar alcanzar valores intrínsecos, que en la teoría constitucional llamamos valores superiores, sobre los cuales existe un básico consenso en que son: la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. El debate ideológico que inevitablemente se desarrolla en los procesos constituyentes puede atreverse a incorporar otros valores, aunque resultaría perturbador que negara el valor primigenio de los valores superiores arriba citados, con la excepción cada vez más presente de la fuerte diatriba sobre la jerarquía del pluralismo político, una conquista de la tradición democrática de Occidente, frente a la tradición autoritaria que se remonta al socialismo marxista del siglo XIX, y que ha recobrado en la actualidad amenazadora fuerza ideológica y política bajo el liderazgo de China.
No es el objeto de estas líneas detenerme en este debate, que exige una próxima reflexión de mi parte, sino el de insistir en los valores instrumentales de la tradición occidental, pues con su vigor fortalecen los valores superiores, y con su debilidad los disminuyen, poniendo en peligro las experiencias democráticas que tanto ha costado construir. Para graficar el asunto me imagino una pirámide humana, donde los valores instrumentales se representan por los hombros de los gimnastas que sostienen a los que se encuentran en la cúpula, cuyos integrantes serían los valores superiores. Un error de los primeros rompe la unidad de la columna y se derrumba la pirámide. Bajo esa forma simbólica entendemos la degeneración y la muerte, lenta o súbita, de los regímenes democráticos, tan frecuente en estos años duros que nos ha tocado vivir.
Terminan los valores instrumentales siendo olvidados, sin percibir la sociedad, salvo algunos pocos, que llamamos en son de burla “profetas del desastre”, los peligros para la democracia que ello comporta. ¿Cuáles son, a todas estas, esos valores instrumentales a los que me refiero en estas notas? No pretendo rigorizar esos valores, que por lo demás pueden acentuar su relevancia, a tenor de cada experiencia democrática en particular, su cultura política y también las lecciones que nos ofrece la historia, lo cual no es óbice para señalar algunos, para mí, de indudable relevancia:
1. En primer lugar señalaría el protagonismo ciudadano. Una democracia es, desde la Grecia Clásica hasta nuestros días, el gobierno de los ciudadanos. Sea bajo formas representativas o participativas, son los ciudadanos el sujeto y el objeto de la democracia. Y la cruda realidad es que las democracias de hoy han abandonado a sus ciudadanos, cada vez más desligados de sus deberes para con la polis. La formación ciudadana para vivir en democracia deja mucho que desear, no se cultiva su relevancia, y las élites que controlan el poder terminan gobernando para sí mismas, en muchos casos enriqueciéndose en el disfrute del poder.
2. Unido a la ciudadanía emerge la relevancia del gobierno constitucional. La Constitución debe ser concebida como un escudo de nuestras libertades, pináculo del Estado de derecho y eje de la institucionalidad republicana. Sin patriotismo constitucional la democracia siempre tendrá una pata coja.
3. La efectividad de la democracia es un valor instrumental de la mayor significación. En palabras del maestro Juan Linz, la efectividad es “la capacidad para poner realmente en práctica las medidas políticas formuladas, con el resultado deseado.” Se torna inclemente la erosión de los regímenes democráticos cuando los gobernantes no cumplen con las promesas asumidas con sus ciudadanos. El cáncer populista se une a la efectividad para destruir la democracia, y de manera particular cuando se desampara a sectores mayoritarios de la población. Una sociedad desigual, con muchos pobres y pocos ricos, es la antítesis de la democracia. Así como la democracia política es la condición para el desarrollo de la democracia social, la democracia social es el soporte de la fuerza y estabilidad de la democracia política.
4. Por último, en esta breve síntesis de valores instrumentales, señalaría la convivencia pacífica que debe estimular la democracia. La deliberación es un componente esencial de las modernas democracias. La decisión democrática debe promover la participación de todos en el debate, convirtiendo a los excluidos en incluidos. Así la decisión final termine en el triunfo de la mayoría, ello no debe nunca significar la destrucción de la minoría, que siempre debe conservar la posibilidad de ser en un futuro próximo mayoría. El odio, la intransigencia, la intolerancia, la alevosía, la trampa, la exclusión, la mentira, son conceptos reñidos con una sana democracia. En suma, cuando peligra la convivencia pacífica peligra la democracia.

