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Rafael Fauquié: Horas menguadas, tiempos oscuros

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Tiempos oscuros, horas menguadas: imaginarios de decadencia, épocas en las que sombríos desvanecimientos de valores y referencias aluden a una condición temporal de debilidad y miseria. Lo oscuro, lo menguado ante eso que alguna vez existió y terminó perdiéndose; referencias, por ejemplo, al desvanecimiento de un pasado que no se supo defender; y, por ello, se  transformó en un presente de debilidad, desasosiego, quiebre… Situación posible tanto en el ámbito de lo anecdóticamente familiar como en la historia de culturas y naciones.

Recuerdo un cuento de nuestro gran maestro Rómulo Gallegos: “La hora menguada”, en él, dos hermanas ven como el porvenir de la familia se desvanece para siempre a causa del error y el engaño. La conclusión del relato es contundente: a causa de una serie de equivocaciones y mentiras, el destino de las hermanas será su desesperante soledad y el repudio del único miembro de la familia -el hijo de una de ellas- que se aleja para siempre del ámbito familiar condenándolo a su consunción.

Esta anécdota podría perfectamente trasladarse a lo colectivamente histórico:  sociedades que vivieron épocas mejores, y súbitamente, a causa de muchos engaños, mentiras y errores, conocen la oscuridad y mengua de un presente carente de porvenir, sumido en una continua perversión de incompetencias e injusticias. En uno y en otro caso, la realidad es la misma: el arrepentimiento ante lo que no debió suceder y la dolorosa expiación por los errores que no se debieron cometer.

Todo tiempo humano es una construcción dependiente de quienes lo habitan. La forma de esa construcción será la consecuencia de las acciones y las decisiones que fueron dándole forma en una continuidad de sentidos o sinsentidos, de errores o aciertos, de intenciones justas o de intenciones fraudulentas. Al final, lo acertado o equivocado de actos y propósitos significará la conquista del tiempo o su decadencia, la firmeza del presente y el porvenir, o la miseria proyectándose sobre ambos.

En el caso de los errores familiares, tal como lo plantea el relato de don Rómulo Gallegos, es evidente que la enmienda resulta tan imposible como imposible es el mismo regreso del tiempo. En el caso de la historia de una nación, acaso la realidad sea diferente en la medida en que esa nación puede proponerse reconquistar un pasado que nunca debió perderse, y protegerlo de los errores que significaron su destrucción. Dicha nación, consciente de no haber valorado aquello que daba por sentado, está obligada a hacer cuanto esté en sus manos para defender lo que ella y solo ella fue la culpable -por corruptelas, inoperancia y una tolerancia mal entendida- de no haber sabido conservar.

 

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