pancarta sol scaled

Ángel Oropeza: Un vínculo clave, capital social y vulnerabilidad psicológica

Compartir

 

El desarrollo integral de una nación es un concepto complejo y multivariable que comprende una serie de factores de índole económica (como por ejemplo el crecimiento económico y la distribución de la riqueza), social (como los niveles de índice de desarrollo humano, los grados de pobreza y los niveles de confianza interpersonal) y político (como el grado de estabilidad política, la fortaleza o debilidad relativa del marco institucional y el grado de democratización del país).

La necesaria y urgente construcción de un sistema democrático en Venezuela (uno de los elementos políticos centrales en ese proceso de desarrollo integral) no depende sólo de factores como la actuación de los actores del gobierno y de la oposición.  De hecho, la literatura politológica universal ha enfatizado extensamente la importancia de factores de índole cultural y psicosocial y han logrado demostrar la importancia explicativa de las llamadas “condiciones subjetivas” de la población de un país.

Estas “condiciones subjetivas” abarcan desde los valores, actitudes, creencias y comportamientos particulares de los habitantes de un país, hasta el grado de desarrollo de su capital social y los niveles relativos de vulnerabilidad psicosocial de su población.

Para autores como Inglehart, Fukuyama, Putnam y otros, el capital social es un factor clave para la construcción y mantenimiento de una democracia estable. Para estos y otros autores, niveles adecuados de capital social, junto con la existencia de una eficiente burocracia política y la participación de las masas en los asuntos públicos, son tres factores cruciales para el desarrollo de una democracia moderna.

Recordemos que capital social se refiere a las características presentes en un momento dado en las estructuras y dinámica de las relaciones interpersonales e intersectoriales de una sociedad. Un alto grado de capital social facilita la cooperación, la coordinación de acciones conjuntas en beneficio mutuo y para desarrollar acuerdos de manera equilibrada, continua y sostenida en el tiempo en una población. Es por eso que bajos niveles de capital social se convierten no sólo en un obstáculo para la necesaria organización ciudadana, sino en un serio limitante para la construcción de un sistema democrático estable y para el desarrollo de un país.

Uno de los principales y más serios factores que atentan contra el desarrollo de niveles adecuados de Capital Social en una población, es lo que se conoce como “vulnerabilidad psicosocial”. La misma ha sido definida, de manera muy genérica, como el conjunto de factores de índole individual y del sistema de relaciones de la persona que modulan sus reacciones conductuales ante el entorno, especialmente ante entornos hostiles o difíciles. También puede entenderse como la susceptibilidad a trastornos emocionales y psicológicos ante el estrés generado por condiciones derivadas del entorno. Altos grados de vulnerabilidad psicosocial en una población se correlacionan así con bajos niveles de capital social.

El vínculo entre capital social y vulnerabilidad psicológica es sistémico, bidireccional, en el sentido que ambos se influyen mutuamente. Además, es una relación que cobra cada vez más atención tanto entre investigadores como en personas e instituciones preocupadas por el tema de la salud mental y sus implicaciones políticas, sociales y para el bienestar integral de las personas.

Así, por ejemplo, según la Organización Mundial de la Salud, las personas con bajo capital social tienen hasta 3 veces más riesgo de desarrollar trastornos depresivos graves. Para esta organización internacional, el apoyo comunitario y el capital social actúan como un factor protector clave de la salud mental en entornos de crisis humanitaria. En Iztapalapa, México, donde la violencia y la pobreza deterioran seriamente la salud mental de sus habitantes, vecinos que organizan ollas comunes, cuidadores colectivos de niños o grupos de apoyo emocional muestran menores índices de depresión y ansiedad que quienes enfrentan la adversidad sin mayores redes de apoyo. En 2023, un estudio en favelas de Río de Janeiro descubrió que adolescentes con fuertes lazos comunitarios mostraron 40% menos conductas autolesivas pese a vivir en entornos violentos. En España, el proyecto “Barrios que Cuidan” redujo un 30% las recaídas en pacientes con esquizofrenia mediante redes vecinales y de apoyo social. Medellín, en Colombia, transformó algunas de sus zonas más violentas con bibliotecas-parque y presupuestos participativos, como forma de generar tejido social. Los resultados: caída del 65% en homicidios y mejora en bienestar mental reportado. Investigaciones adicionales en Colombia (Uniandes, 2021) y México (UNAM, 2020) confirman que el capital social disminuye la ideación suicida en entornos violentos.

En nuestro país, la organización Caritas de Venezuela reportó en 2023 que comunidades con alta organización social mostraron 55% menos desnutrición infantil y mejor salud mental. Para esta organización de la Iglesia Católica, las respuestas colectivas (ollas comunes, grupos de apoyo, organizaciones comunitarias de diverso tipo) son la primera línea de contención psicológica en zonas vulnerables.  De manera similar, Provea ((Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos) ha documentado que iniciativas vecinales y de organización comunitaria mitigan el impacto psicológico de la crisis humanitaria.

En 2022 un estudio de la UCAB en barrios de Caracas encontró que los adultos con participación activa en redes comunitarias (iglesias, asociaciones vecinales) presentaban un riesgo 42% menor de depresión grave, incluso controlando variables socioeconómicas como ingreso económico, nivel educativo y exposición a violencia. En otro estudio de la misma UCAB, se halló cómo las personas con alta integración comunitaria mostraron 38% menos prevalencia de diagnósticos de depresión que aquellos con baja integración, e igualmente reportaron un 53% más de uso de estrategias adaptativas para manejar el estrés.

A pesar de su importancia clave y del creciente interés en el tema, todavía el crucial vínculo entre capital social y vulnerabilidad psicológica permanece desconocido para muchos. De allí la importancia de discutir y profundizar aún más nuevos hallazgos como, por ejemplo, el del último estudio nacional sobre características psicosociales actuales de la población venezolana desarrollado por la UCAB (PsicoData 2024). Como se mencionó en otro artículo, el estudio identificó –dentro de la alta complejidad que caracteriza el perfil psicosocial de los venezolanos y la presencia de elementos positivos y negativos aparentemente contradictorios en su seno- un conjunto de factores que conforman una condición de vulnerabilidad psicosocial importante. Entre ellos resaltan una hipertrofia de lo económico como fuente de estrés cotidiano, elevado malestar psicológico, altos niveles de duelo por la pérdida de familiares y amigos cercanos producto de la migración, dificultades de identificación y expresión de emociones, y una muy baja confianza interpersonal, la cual es un serio obstáculo para la organización ciudadana, pues es difícil articularse socialmente con otros cuando no se confía en ellos.

La vulnerabilidad psicológica no es sólo un drama personal o una patología individual, es un termómetro del estado del tejido social. Y su superación o cura comienza reconectando a los fragmentados. Porque ya que se ha demostrado que bajos niveles de capital social se asocian con altos niveles de vulnerabilidad psicológica, construir redes de apoyo y fortalecer las diferentes modalidades de organización y participación social es una prioridad terapéutica. Al fin y al cabo, la salud mental de una población requiere, al lado de la insustituible atención psicológica, de intervenciones sociales y políticas para abarcarla en su inherente complejidad.

@angeloropeza182

 

Traducción »