En este último artículo de la terna sobre Olimpia y los Juegos Olímpicos, procuraré dar unas pinceladas sobre el resurgir del interés por estos y la actuación del barón De Coubertin para relanzar al mundo una actualización de estas competencias.
Para llegar a la etapa actual de las Olimpíadas, después de la larga suspensión que duró 1.500 años, hubo que despertar el interés sobre estas ancestrales competencias.
Las excavaciones en Olimpia comenzaron en 1875, bajo la dirección de Ernest Curtius. Este ambicioso proyecto no solo permitió descubrir las antiguas construcciones, sino que también revitalizó la idea de los Juegos Olímpicos. Antes de esta fecha, ya existían intentos por recuperar el espíritu olímpico. Por ejemplo, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) menciona los Juegos Olímpicos en su obra pedagógica Emilio, publicada en 1762, al hablar de la importancia de la educación física. Asimismo, en Alemania, el reformador pedagógico Johann Bernhard Basedow (1724-1790) y los miembros de la Hermandad Herrnhut en Niesky plantearon la idea de revivir estos emblemáticos juegos.
El interés por los Juegos Olímpicos no solo surgió en esas regiones, sino también en Grecia, donde la idea despertaba un fervor especial debido al esplendor de su pasado, a pesar de encontrarse en aquel momento inmersa en una situación política inestable. En Atenas, en el año 1859, pocos años después del relevante discurso de Ernest Curtius en Berlín, y gracias a la iniciativa del comandante Evangelos Zappas, se celebraron los primeros Juegos Panhelénicos de los tiempos modernos, con la presencia del rey Otón I. Estos eventos admitieron exclusivamente atletas griegos y, al igual que las cuatro ediciones siguientes organizadas hasta 1889, tuvieron un valor deportivo limitado. Sin embargo, representaron un claro indicio de que la idea olímpica había comenzado a arraigarse.
El gran logro de concretar plenamente esta visión corresponde, como hemos afirmado, al barón francés Pierre de Coubertin (1863-1937), quien actualmente es reconocido como el fundador de los Juegos Olímpicos modernos. Su trabajo fue primordial para modelar el evento tal como lo conocemos en la actualidad.
Desde sus inicios, ya fueran las antiguas o las que conocemos hoy, las Olimpíadas han representado mucho más que simples competiciones; se han erigido como una fiesta mundial dedicada al deporte, un escenario donde brilla el talento de los atletas y un emblema de la fraternidad entre naciones.
Aunque comparten objetivos y valores fundamentales, estos eventos difieren significativamente en aspectos históricos, culturales, organizativos y sociales, lo que demuestra cómo han evolucionado a lo largo del tiempo. Aquí intento explicar algunas de las similitudes y diferencias más relevantes entre ambas tradiciones.
La periodicidad constituye uno de los rasgos más destacados en común. Desde sus inicios, ambos tipos de Juegos se celebran cada cuatro años, siguiendo un ciclo conocido como Olimpíada. Este intervalo regular concede consistencia y continuidad a la tradición olímpica.
En cuanto al carácter internacional, aunque en la antigüedad los Juegos estaban limitados exclusivamente a los griegos, el espíritu de cautivar participantes de diversos orígenes prevalece en ambas versiones. Hoy en día, los Juegos modernos cuentan con atletas que representan países de todos los continentes.
El énfasis en la excelencia deportiva y la promoción de la competencia sigue siendo una piedra angular para ambos. La diversidad de competiciones presentes busca resaltar las capacidades físicas y el esfuerzo humano, con los mejores atletas alcanzando metas excepcionales.
Otro elemento compartido son las ceremonias especiales. Tanto los antiguos como los modernos incluyen vistosas ceremonias de apertura y clausura que simbolizan, por un lado, el inicio solemne y grandioso del evento, y por otro, la culminación de este acompañada de celebraciones y nostalgia.
Además, uno y otro buscan fomentar ideales más allá del deporte. El espíritu de paz y unión destaca como uno de los objetivos más importantes. Desde sus raíces religiosas hasta el propósito secular moderno, los Juegos Olímpicos buscan construir lazos de colaboración entre naciones.
Si bien las similitudes son numerosas, las divergencias son profundas. Un punto clave que debemos considerar es la contraposición entre lo religioso y lo secular. Los Juegos Olímpicos de la Antigüedad se celebraban como parte de ritos religiosos en honor a Zeus, a diferencia de los de hoy en día, donde se ha optado por un enfoque totalmente secular.
El número de competiciones también demuestra un contraste notable. Mientras que los Juegos antiguos tenían tan solo 6 disciplinas deportivas bien definidas, los modernos han ampliado dicha oferta a una inmensa variedad con 28 deportes practicados durante los Juegos de verano y otros 15 en los Juegos de invierno.
Si hablamos de participación, los griegos limitaban el acceso solamente a varones con ciudadanía griega, dejando fuera a foráneos y al género femenino. En cambio, la edición contemporánea recibe con los brazos abiertos la pluralidad mundial, abriendo la puerta a atletas de cualquier rincón del planeta, aparte de haber alcanzado una inclusión total entre ambos géneros en las diferentes disciplinas.
Otro aspecto diferente es dónde se lleva a cabo la competición. En la antigüedad, los juegos siempre tenían como epicentro la ciudad de Olimpia, vista como algo sagrado y origen del ideal olímpico. Los actuales prefirieron hacer más equitativa esta función, cambiando de sede en cada entrega, dando la oportunidad a varias naciones de ser protagonistas directas del evento.
La presencia de mujeres crea una brecha histórica importante. En Olimpia a las mujeres se les vetaba rigurosamente competir e incluso estar presentes como público.
Actualmente, las mujeres no solo pueden participar activamente, sino que compiten en igualdad de condiciones que sus contrapartes masculinas.
Los criterios para elegir a los atletas han cambiado radicalmente. En el contexto antiguo bastaba con las habilidades excepcionales y un alto nivel de mérito personal para ser incluido entre los competidores. Sin embargo, actualmente, el proceso es mucho más estructurado debido a la introducción de sistemas de clasificación internacionales que determinan con precisión quién puede competir en cada disciplina.
De esta forma, vemos cómo aquellos Juegos originarios sentaron las bases para una perspectiva más global, que se afianzó con la versión moderna, compartiendo la idea de celebrar el espíritu deportivo y juntar al mundo bajo un mismo sueño.
Los Juegos Olímpicos representan mucho más que una simple competencia deportiva; son una rica metáfora de las tendencias mundiales. Si miramos desde 1896 hasta este año, 2025, hemos sido testigos de 33 versiones de los Juegos Olímpicos estivales y 24 de los invernales. No obstante, las justas de 1916, 1940 y 1944 no pudieron realizarse por las guerras mundiales. La inauguración de la era olímpica moderna se dio en Atenas en 1896, y la más reciente tuvo lugar en París en 2024. A lo largo de todas estas lides, surgieron sucesos ajenos al deporte que dejaron una marca indeleble en la trayectoria de los Juegos, algunos dichosos y otros, por desgracia, tristemente nefastos.
Un ejemplo importante se dio en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Aunque esta edición fue aprovechada como herramienta propagandística por el régimen nazi de Adolf Hitler, también introdujo el uso de técnicas avanzadas de cobertura y animación deportiva. La tradición de encender la llama en Olimpia, Grecia, y trasladarla mediante relevos hasta el lugar donde se celebran los Juegos Olímpicos tuvo su origen en esta Olimpíada de Berlín de 1936.
Durante un acontecimiento clave de aquel año, Henri de Baillet-Latour, el entonces presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), notó una gran cantidad de letreros con contenido antisemita mientras se dirigía en coche a Garmisch-Partenkirchen, donde se celebrarían los Juegos Olímpicos de Invierno. En consecuencia, le solicitó al mandatario alemán que removiera esos carteles, advirtiéndole que de lo contrario cancelaría los Juegos Olímpicos de Berlín. Esta insistencia provocó que se eliminara momentáneamente la propaganda antisemita en el territorio alemán, y además incentivó una iniciativa en todo el país para mejorar la percepción de Alemania entre los turistas de otras naciones. Incluso, el diario nazi Der Angriff animó a los ciudadanos berlineses a mostrar una acogedora bienvenida a los deportistas y a los espectadores que venían del extranjero. Además, se ejecutaron proyectos importantes con el fin de consolidar la nueva imagen que Alemania quería proyectar. Entre ellos sobresalen la construcción del Olympiastadion, diseñado por Albert Speer y Werner March, con capacidad para albergar hasta 110.000 espectadores, y la producción del documental Olympia, dirigido por Leni Riefenstahl, el primero en representar unos Juegos Olímpicos.
Las Olimpíadas también fueron escenario de tragedias. Uno de los sucesos más sombríos se desarrolló en Múnich, durante aquellos Juegos de 1972. Esa edición quedó tristemente grabada a fuego por el atentado que se conoció como «Septiembre Negro», donde un grupo terrorista llevó a cabo un ataque brutal que causó fallecimientos y dejó al mundo en shock.
Las naciones del mundo despliegan a sus mejores atletas para participar en una confrontación marcada por esfuerzo, pasión y un intenso afán de superación. Este espectacular evento internacional no solo sirve como plataforma para mostrar habilidades deportivas, tanto individuales como en equipo, sino que también se erige como un símbolo del peso económico y político de los países que intervienen. Además de destacar el talento y la preparación de los competidores, los Juegos funcionan como un catalizador para fomentar principios universales como la unión, la perseverancia y la búsqueda constante de la excelencia, demostrando que, incluso en contextos tan competitivos, es posible promover colaboración y cohesión en aras de un propósito común que trasciende fronteras.
@yorisvillasana

