El Nobel de la Paz es un premio controvertido, a diferencia de los otros cinco Nobel (Física, Química, Medicina, Literatura y Economía) que han podido generar alguna controversia en su momento, pero sin mayor consecuencia para su prestigio. Si lo ha sido el de la Paz por su propia concepción, su naturaleza, como también por sus repercusiones políticas. Alfred Nobel en su testamento destacó su orientación: el premio debe ser concebido para los que “hayan trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y para la celebración o promoción de procesos de paz.” Evidentemente, a primera vista se trata de una orientación vasta, proclive a la ambigüedad, en todo caso objeto de interpretación.
De entrada soy de la opinión que el presidente Trump no reúne las condiciones para optar al premio, pero no ha sido el único, pues antes algunos premiados tampoco reunían los atributos para alcanzarlo, así en definitiva lo hayan logrado. No es mi intención en este escrito citar nombres, primero pues no es mi pretensión, pues a todo evento puede ser discutida, sino el de señalar algunos aspectos del premio que han generado la inevitable controversia desde su creación.
Lo primero que asalta mi asombro es que el líder moral y político indiscutiblemente más relevante del siglo XX y de cualquier época pasada, que no es otro que el Mahatma Gandhi, no recibiera el apetecido premio, pese a que en varias oportunidades fue propuesto. Gandhi fue sinónimo de paz, y su método de la no violencia ha inspirado, refrendado por un testimonio de vida irreprochable y muy difícil de alcanzar en un ser humano, multitud de ensayos de desobediencia civil que estimulan la fraternidad humana y rechazan la violencia. Ese solo hecho de que Gandhi no haya recibido el Nobel de la Paz constituye un baldón que ha marcado como un tatuaje imborrable el premio. Me pregunto, solo me pregunto, si su piel oscura incidió en la infausta decisión, o su lucha antiimperialista ante la “pérfida albión”, o pertenecer al sur global.
Otro hecho que me ha llamado la atención es el origen nacional de los premiados, al constatar que una abrumadora mayoría de los galardonados proceden del norte, de la hoy decadente civilización occidental. Uno cándidamente se pregunta sobre quiénes desencadenaron dos guerras mundiales, quiénes patrocinaron el colonialismo y el neocolonialismo en el mundo, quiénes fijaron arbitrariamente fronteras de división entre los pueblos, un legado lacerante que promueve el conflicto y dificulta la paz. No voy a discutir aquí los méritos de los premiados, muchos de los cuales respeto y a algunos admiro por su esfuerzo por la paz, pero también en el sur global florecen valiosos hombres y mujeres de paz que merecen el reconocimiento universal. Sí acoto, en mi intento de ser imparcial, que en los últimos decenios se ha producido en los decisores del Nobel de la Paz un loable propósito de equilibrar en su premiación el origen de los galardonados.
Otro dato digno de citar es que frente a 93 hombres solo 18 mujeres han recibido el codiciado premio, algo a todas luces injusto. Cierto es también que en los últimos tiempos se ha ido lentamente reconociendo el inmenso valor de las mujeres del mundo en la promoción de la paz.
La paz es mucho más que la ausencia de guerra, y decir que se hace la guerra para obtener la paz es una falacia inaceptable, pues tarde o temprano resurge el conflicto que quedó larvado. La paz verdadera significa fraternidad, significa cambio de estructuras mentales para promoverla, es el triunfo del amor sobre el odio, es el respeto a los vencidos, es reconocer la sagrada dignidad del ser humano por encima de nuestras naturales diferencias . La verdadera paz no es la paz de los sepulcros, es el mensaje del Sermón de la Montaña, es la “paz perpetua” de Kant, el Satyagraha de Gandhi, la “nueva tierra” de Teilhard de Chardin, es la reconciliación consigo misma de la humanidad en la superación de la guerra. Todo hombre o mujer que promueva y dé testimonio de estos valores y principios merece el Premio Nobel de la Paz.

