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Javier García Fernández: El servilismo de algunos gobiernos ante Donald Trump

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La cumbre de la OTAN en La Haya los pasados 24 y 25 de junio nos proporciona riquísima información sobre el nuevo paradigma de las relaciones internacionales desde el retorno de Trump a la Presidencia de Estados Unidos. La primera información valiosa es el tema central de la cumbre, la exigencia de Estados Unidos de que todos los Estados de la Alianza incrementen en pocos años el gasto en Defensa hasta alcanzar el 5% del PIB. Es una exigencia imposible de cumplir, pero Trump la ha impuesto por diversos motivos: por alcanzar mayores cuotas de mercado para su industria armamentística; por demostrar quién impone las decisiones dentro de la OTAN; y para debilitar el Estado social que sería imposible de mantener con un gasto del 5%. Además de imposible cumplimiento, la petición es tanto más discutible cuanto que, como se ha visto desde enero, no busca detener a Rusia en su política agresiva en Urania y, quizá más adelante, en otros países de su glacis.

Ante esta exigencia desmesurada, todos los Estados de la OTAN, salvo España, se han plegado sin resistencia. A ese gesto de servilismo ha contribuido el Secretario General de la Alianza, el holandés Mark Rutte, que ha actuado en todo momento como el mayordomo de Trump, sin autonomía y, peor aún, sin dignidad.

El hecho da para muchas reflexiones. En primer lugar, el comportamiento servil y atemorizado de los Gobiernos democráticos ante los líderes autoritarios no es nuevo. Recordemos cómo los Gobiernos británico y francés se plegaron ante Hitler y Mussolini pactando una paz falsa en Múnich y cerrando los ojos ante las anexiones de Austria y de Checoslovaquia. En segundo lugar, no ha de extrañar que países medianos y pequeños se presten a la maniobra cuando el primer Estado que se ha arrodillado ante Trump es el Reino Unido de Starmer, quien, en la senda de Blair, prefiere ser el primer subordinado de Estados Unidos antes que una de las cabezas de una política europea de Defensa.

Pero lo más preocupante, más allá de la cobardía y la comodidad de algunos gobernantes, es que en casi todos los países de la OTAN (con pocas excepciones como España, Canadá y en parte Francia) el hilo conductor es el alineamiento ideológico con un Gobierno autoritario que expresa la cara más dura y agresiva del capitalismo. Con una mayoría de Gobiernos socialdemócratas en Europa hubiera sido más difícil que Trump impusiera sus delirantes objetivos, pero con Gobiernos conservadores en Italia, en Alemania y en Austria (donde los socialdemócratas son los socios minoritarios y débiles), en Bélgica, en Países Bajos, en Suecia, en Finlandia, en Grecia y en Portugal, la cumbre de La Haya estaba decidida antes de comenzar, sobre todo, como acabamos de señalar, cuando el primer Gobierno socialdemócrata europeo, el británico, ha mantenido su tradicional política exterior de apoyo a las derechas que nunca ha abandonado desde Atlee. Y aquí es donde debemos reflexionar.

Las derechas europeas nunca han estado a gusto con el Estado social y con el pacto político-económico que comportaba. Después de 1945 aceptaron pactar con la socialdemocracia tanto por temor al comunismo como por limpiar su pasividad (por no decir complicidad) con el fascismo, pero en cuanto olieron la crisis del comunismo soviético lanzaron el neoliberalismo para revertir los avances sociales que tuvieron que aceptar en los años cuarenta y cincuenta. Ese es el fundamento ideológico y estratégico de las derechas europeas, siempre bien relacionadas con la derecha estadounidense. Con ese punto de partida, los Gobiernos conservadores de Europa no hacen ascos a Trump, con el que se sienten más próximos e identificados que con la socialdemocracia. Y cuando digo Gobiernos europeos no me refiero sólo a Gobiernos de extrema derecha de Italia o de Hungría, sino a los Gobiernos de las derechas tradicionales de Bélgica, Países Bajos (ya sin la presencia de Geert Wilders) o Portugal.

Al final, las derechas europeas ven en Trump uno de los suyos. Algo exagerado e histriónico, pero situado en el mismo bando. Quizá ello ayude a entender la excesiva prudencia que la Comisión Europea está aplicando a su negociación arancelaria con Estados Unidos. Por eso está creciendo la extrema derecha en todo el continente, porque la derecha tradicional no se atreve a mantener con firmeza el cerco contra las diversas modalidades fascistas y populistas, como vemos en España donde el Partido Popular difícilmente puede enfrentarse a sus socios en tantas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos.

Por eso, el futuro de la democracia empieza a ser preocupante en Europa. Con una socialdemocracia debilitada en tantos países y con una derecha dispuesta a ser servicial (y si hace falta servil) con Trump y con su Weltanschauung, da más importancia a las afinidades con la extrema derecha (repudio del Estado social, rechazo de los inmigrantes, moral tradicional, relaciones exteriores basadas en la fuerza y no en el Derecho) que a las que puede tener con la socialdemocracia, que giraban en torno a la aceptación del Estado democrático. Veremos más actos serviles como el que se produjo con Trump.

 

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