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Hilde Sánchez Morales. Conflictividad y violencia en un mundo hiperconectado

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Para la Real Academia Española la violencia y, por ende, lo violento es la acción que “implica el uso de la fuerza, física o moral” y “que está fuera de su natural estado, situación o modo”, asimilándola a lo brutal, lo salvaje, lo feroz, lo cruel…

En las sociedades de la tercera década del siglo XXI está integrada en nuestra cotidianidad, en sus diversas formas, hasta el punto de normalizarla quienes no empatizan con el sufrimiento de tantos y tantos seres humanos que la viven en primera persona.

Los dos mundos en los que transitamos (el del “cara a cara” presencial y el “embozado” virtual) descubren que sus formas más agresivas están a la orden del día. Los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales presentes en INTERNET nos informan al segundo de actuaciones brutales que acontecen en todo el planeta. La diferencia con etapas anteriores es que todos y cada uno de nosotros, con nuestros pequeños artilugios inteligentes en el bolsillo, podemos hacer partícipes al resto de ciudadanos de lamentables episodios que alertan sobre lo que somos capaces de hacer tanto individual, como colectivamente.

El poder de la imagen frente al de la palabra de antaño no tiene parangón. Para mal, en lo que aquí nos ocupa, observamos cómo gira el mundo, las tropelías e injusticias que se comenten mientras resguardados en la atalaya de nuestros hogares contemplamos lo que en ésta nuestra aldea global acontece. Recuerdo de niña cuando a la hora del “parte” de televisión española, con el mayor dolor, veíamos a pequeños con sus tripillas hipertrofiadas a resultas de la gravísima desnutrición que padecían. Si no estoy mal informada, en aquel momento, dejaron de retransmitirse por herir la sensibilidad de los televidentes: ¡La estrategia del avestruz más descarada!  Décadas después, a pesar de los significativos avances acontecidos, según Naciones Unidas, en 2024 unos 16,3 millones de niños sufrieron desnutrición aguda tan sólo en el continente africano, cinco millones de ellos en su forma más grave.

Qué decir sobre la violencia que observamos a nuestro derredor que empezamos a valorar, en mayor grado, por lo que a nuestras vidas afecta. La situación internacional actual no puede por menos que preocuparnos e instalarnos en la idea de si la violencia nos es consustancial. Evolucionistas como Charles Darwin, Konrad Lorenz, y Robert Ardrey se posicionaron en esta perspectiva. Plantearon que es un instinto, tanto individual como grupal, que posibilitó nuestra supervivencia. Las teorías psicosociales consideran que es el resultado de condicionamientos ambientales (la frustración como causa de la agresión) y socioafectivos (el deseo de destrucción como motivante de la ferocidad). Las teorías socio-dinámicas sojuzgan el conflicto fruto de un fracaso intergrupal o de desequilibrios en el poder. Por último, las teorías estructurales lo asocian al funcionamiento de los sistemas políticos y económicos.

Desde estas líneas, estimamos es un hecho social histórico, instalado en nuestro ser, que se aprehende y reproduce en la interacción social. De tal forma que debe regularse formal y reglamentariamente para garantizar el adecuado funcionamiento de la sociedad.  Se conocen algunos pueblos/culturas que, a lo largo de la historia, desaparecieron a consecuencia, entre otros condicionantes, de las guerras internas: entre otros, los Anasazi americanos o los micénicos de la Grecia clásica.

Frent a la violencia y el conflicto: la cooperación y la solidaridad.  La Real Academia Española define la cooperación como el “obrar juntamente con otro u otros para la consecución de un fin común” y la solidaridad como la “adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”

Junto a la selección natural, tanto la cooperación como la solidaridad han sido determinantes en la evolución del Homo desde hace 2,5 millones de años. No son rasgos privativos de nuestra especie, en el reino animal se constatan entre nuestros más cercanos en la escala evolutiva: los primates, si bien también se presentan entre los delfines, las aves, las hormigas…

En nuestro caso ambas han sido fundamentales como mecanismos cohesionadores, permitiendo nuestra supervivencia y adaptación al medio. En yacimientos descubiertos en África que datan entre 2,5 y 1,8 millones de años se encontraron los primeros fósiles del Homo habilis y Homo rudolfensis. Comprobándose, por las herramientas de piedra localizadas, que despiezaban e ingerían animales de gran tamaño (elefantes, rinocerontes, hipopótamos…). Se advierte como la primera evidencia de cooperación en la humanidad.

En Europa, particularmente en Atapuerca, los restos humanos allí descubiertos, evidenciaron la relevancia de la cooperación y la solidaridad en la evolución humana, demostrándose que los más jóvenes y sanos cuidaban de los ancianos, los enfermos y los más vulnerables. Consecuentemente, la violencia era un recurso extremo de defensa frente a las agresiones.

Desde mi punto de vista ya no es un recurso extremo de defensa. Es un modelo de comportamiento en todos los ámbitos de lo social: las relaciones familiares, sociales y amorosas, a la hora de resolver asuntos cotidianos, en las esferas institucionales y políticas, tanto nacionales como internacionales (guerras, terrorismo, hechos delictivos, violencia de género y vicaria, aporofobia, homofobia, racismo…).

A la luz de las líneas precedentes juzgo complejo acometer una problemática tan arraigada en nuestro momento histórico, si bien es un tema de ética social acometerlo en todas sus dimensiones. Consecuentemente, la cooperación, la solidaridad, la justicia, y la paz deberían regir este mundo de intereses creados (emulando a don Jacinto Benavente), pues el bienestar de todos y todas debería ser prioridad absoluta.

 

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