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Carlos Cuerpo y Joseph Stiglitz: Cómo volver a encarrilar la financiación del desarrollo

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En un mundo tan dividido, la conferencia de Sevilla debe verse como una oportunidad para renovar el multilateralismo en aras del bien común.

En la cuarta Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo que se celebra esta semana, los delegados piden medidas urgentes para enmendar un sistema que ha dejado de funcionar. Antes de la tercera reunión de este tipo, celebrada hace una década en Etiopía, habíamos sido testigos de avances sin precedentes en cuanto a la reducción de la pobreza, el aumento de la escolarización y el suministro de agua potable en todo el mundo. Hoy, sin embargo, los avances no solo se están desacelerando, sino que podrían estancarse o, peor aún, revertirse.

Se espera que este año el crecimiento global se ralentice hasta alcanzar su tasa más baja (fuera de una crisis) desde 2008. Las perspectivas son especialmente problemáticas para los países en desarrollo que ya están creciendo muy por debajo de sus promedios históricos, y para los 35 países, en su mayoría africanos, que ya están endeudados o corren un alto riesgo de estarlo. Uno de cada tres países gasta ahora más en pagarles a sus acreedores que en sanidad o educación.

A medida que los pagos de la deuda desplazan los fondos necesarios para el desarrollo, el futuro de estos países está en peligro. Mientras tanto, la brecha global entre los más ricos y los más pobres sigue creciendo, y Oxfam estima que la nueva riqueza del 1% más rico aumentó en más de 33,9 billones de dólares desde 2015, suficiente para erradicar la pobreza 22 veces.

La situación no cambiará a menos que haya mayores flujos de financiación hacia los países en desarrollo. Asimismo, la calidad importa tanto como la cantidad: ha habido demasiada financiación del tipo que conduce a dificultades financieras, y muy poca del tipo que promueve el crecimiento sostenido.

Creemos que la financiación para el desarrollo es demasiado importante como para que no estén involucradas todas las partes interesadas. Como subrayó el difunto Papa Francisco, hacerlo es una obligación moral. Ese es el mensaje del nuevo Informe Jubilar del Vaticano sobre la deuda, que refleja el trabajo de una comisión global de expertos, presidida por uno de nosotros [Stiglitz].

Pero enmendar la financiación del desarrollo es también una cuestión de interés propio para la mayoría de las economías avanzadas. Al fin y al cabo, la pobreza y la desigualdad generan tensiones sociales, enfermedades y conflictos, con repercusiones que no respetan las fronteras nacionales. Por otra parte, la falta de financiación en los países en desarrollo implica una falta de inversión en la mitigación del cambio climático, un bien público global necesario para la prosperidad futura de todos.

Con un mundo tan dividido y tan afectado por el ejercicio del poder desmesurado y el pensamiento cortoplacista, la conferencia de Sevilla debería verse como una oportunidad para renovar el multilateralismo en aras del bien común. Pero tendrá que ser algo más que un ejercicio de discursos sobre la esperanza de un futuro mejor. Esa retórica debe traducirse en avances tangibles, y hay algunos indicios de que esto podría ocurrir.

El documento final, el Compromiso de Sevilla, forjado en las Naciones Unidas en Nueva York, nos hace confiar en que esta reunión sentará las bases de una nueva arquitectura financiera y de la deuda. En concreto, España ha puesto en marcha la Plataforma de Acción de Sevilla, que proporciona un marco integral para que las coaliciones de voluntarios impulsen iniciativas ambiciosas, pero factibles, que promuevan el progreso material a la hora de abordar los desafíos relacionados con el desarrollo sostenible.

Por ejemplo, deberíamos ver el lanzamiento de un Centro Global para Canjes de Deuda para generar más espacio fiscal para la inversión en crecimiento sostenible; una Alianza para la Cláusula de Pausa de la Deuda, para aliviar la presión sobre los presupuestos de los países vulnerables cuando se ven presionados por acontecimientos extraordinarios; un amplio impulso para reorientar los derechos especiales de giro (DEG) del Fondo Monetario Internacional -el activo de reserva global del FMI, en poder principalmente de los países ricos- hacia usos más eficaces; medidas para reforzar las voces de los países deudores a través de una plataforma de países prestatarios; y el inicio de un proceso intergubernamental sobre reestructuración de la deuda en las Naciones Unidas, siguiendo los principios ya acordados por una abrumadora mayoría de estados miembro hace diez años.

Estos pasos son solo el principio. Con el tiempo, la conferencia de Sevilla podría ser recordada no como una zona de aterrizaje, sino como una plataforma de lanzamiento para nuevas acciones. Pero para que eso ocurra, debemos seguir impulsando soluciones más ambiciosas, aunque factibles. Por ejemplo, la creación de un Fondo Jubilar con 100.000 millones de dólares de DEG no utilizados para la recompra de deuda proporcionaría a los países más vulnerables los recursos que necesitan desesperadamente para promover un crecimiento sostenible. Del mismo modo, cabe imaginar marcos más amplios para los canjes de deuda por naturaleza y deuda por desarrollo, así como nuevos acuerdos de comercio e inversión ecológicos, más justos, que potencien los recursos nacionales y faciliten la participación de los países en desarrollo en el esfuerzo global para hacer frente al cambio climático.

Sevilla representa una oportunidad para considerar la financiación de forma integral y enviar un mensaje firme de compromiso y confianza en el multilateralismo. Seguimos siendo optimistas, porque creemos en el poder del pragmatismo. Si nos centramos en soluciones viables que vayan más allá del texto de cualquier acuerdo que surja, podremos por fin volver a encarrilar el desarrollo

Carlos Cuerpo, ministro de Economía, Comercio y Empresa

Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de Columbia.

 

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