Los dioses son la respuesta a las perplejidades del hombre: hechura de sus anhelos, moraleja de su existencia, sentencia de su destino. Mantienen la confianza del hombre en el mundo. Mueven los hilos del tiempo. Los instantes que dejan huella imborrable en el recuerdo de la historia son aquéllos en que los hombres hicieron posible sus sueños identificándolos a alguna particular deificación. En el rostro de los dioses se reflejan las ilusiones de los hombres. También el temor humano es artífice de los dioses. Muchas veces fue el terror quien les dio vida. Nuestros dioses seguirán siéndolo en la medida en que formen parte de nuestras íntimas veneraciones. Someterlos a la humillación de la propaganda es vejarlos, rebajarlos a una triste condición de contraseña. Vociferar nuestros sueños, chillar nuestras creencias, aturdir con nuestra fe, abrumar con nuestra verdad, es hacer demagogia de lo más auténtico de nosotros mismos. Es convertir nuestras devociones en discurso y recurso de burdas retóricas…

